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¡Viva la Pepa!

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
domingo 18 de marzo de 2012, 20:48h
El 200 Aniversario de la primera constitución española, la de Cádiz de 1812, se ha regionalizado: “La Pepa” se ha convertido más en un acontecimiento andaluz que en un hito nacional. ¿Se imaginan que la Constitución norteamericana fuese conmemorada sólo en Filadelfia? ¿O que la Revolución Francesa se festejase como un hecho parisino, a cargo, fundamentalmente, del distrito municipal donde se ubica la plaza de la Bastilla? Nosotros tenemos otras muestras parecidas: los Comuneros también dejaron de ser símbolos de la libertad de los españoles –así lo sintió el liberalismo hispánico hasta 1939- para pasar a significar un proyecto político en Castilla y León (y eso con reticencias ideológicas y también provinciales: reticencias provincianas, en suma).

La Constitución de 1812 fue un documento político trascendental para España. Supuso la creación de la Nación española. Contenía la Soberanía: hasta entonces, atributo de los reyes; con la Constitución, pasó a las manos del pueblo: ¡pero atención!, el pueblo no se declaró titular de esa soberanía, sino que ésta fue atribuida completamente a la Nación.

¿Qué era la Nación? La Constitución respondió (por primera vez en la Historia): la suma de los individuos libres, aquéllos que la Constitución llamaba “españoles” (de ambos hemisferios), pero que significaba mucho más que su simple suma: la Nación aparecía como un ente ideal, de la misma sustancia que las leyes de la Naturaleza, o las leyes astronómicas: la Nación representaba a los españoles vivos, pero también a los muertos y a los todavía no nacidos. Es el “ius naturalismo” de Locke, Rousseau o Sièyes. El poder ya no procedía de Dios.

Los constituyentes de Cádiz, subidos en una poderosa corriente revolucionaria y bélica, dieron una respuesta parecida a la de los constituyentes norteamericanos y franceses de aquellos años. Inventaron un término que se haría universal: el liberalismo. Significaba lo opuesto a los “serviles” o realistas, partidarios de mantener el antiguo despotismo del Antiguo Régimen. Evocaba un sentido de generosidad, pero sobre todo, los liberales, al defender la Nación, estaban pulverizando un orden político, social y económico que ellos llamaron “Feudal”. La Nación exigía la libertad de los ciudadanos (la Constitución de 1812 utilizó la palabra “españoles” con el mismo sentido) para organizar un Estado sin privilegios: sin “leyes privadas” para los nobles y el clero.

Los liberales podían creer que se volvía a los ideales de la Roma clásica en toda Europa: “el ius naturalismo” sostuvo que los hombres tenían iguales derechos en todas partes. La Constitución de Cádiz, a diferencia de la norteamericana de 1787 y de la francesa de 1791 (el modelo para la gaditana de 1812), no contó con los Derechos de los españoles ordenados en un capítulo; no obstante, a lo largo de sus 384 artículos, se recogieron casi todos los Derechos fundamentales. ¿Qué faltó? La libertad religiosa.

En Cádiz se estableció que el catolicismo, como religión “única y verdadera”, fuese la confesión oficial del nuevo Estado constitucional español. Las explicaciones a esta singularidad se encuentran, según todos los estudiosos de la época, en la coyuntura del momento. La confesionalidad fue la consecuencia de tres factores: en la lucha contra Napoleón, el catolicismo daba cobertura a la movilización patriótica; los constituyentes gaditanos quisieron apartarse del laicismo que era una característica francesa (Napoleón hizo lo mismo en su Constitución de Bayona para España); y finalmente, una tercera parte de los diputados gaditanos, algunos liberales radicales, fueron clérigos católicos.

El anticlericalismo liberal apareció cuando Fernando VII dio un golpe de Estado (fue el deporte favorito de ese rey nefasto), declarando la Constitución de 1812 ilegitima, anulando todas las leyes derivadas de la misma, y persiguiendo como a delincuentes a cualquiera que tuviera que ver con el liberalismo. Una de las primeras medidas que Fernando VII adoptó fue la restauración de la Inquisición. Durante el debate constitucional, apenas fue importante la defensa de esa temible institución. Desde el siglo anterior, los reyes ilustrados, como Carlos III, la fueron dejando sin tanto poder. La religión católica se convirtió en la enemiga de la libertad, no porque el primer liberalismo estuviese en su contra, sino porque los dueños de propiedades feudales vieron en la defensa de los privilegios jurídicos del clero la manera de defender sus propios privilegios como terratenientes.

Fernando VII se apoyó en ellos. Como estuvo siempre adulando a Napoleón -en su dulce retiro de Valençay (Francia), después de cederle la Monarquía española al emperador-, Fernando VII no fue persona de fiar para los ingleses, austriacos, prusianos y rusos que estaban organizando Europa después de la derrota francesa. Por eso, aunque España resistió a Napoleón como la que más, en Viena no fue tenida en cuenta. Aislada de Europa, denostado el constitucionalismo liberal, España perdería los próximos y decisivos años. América se independizó entonces.
¡La Constitución de 1812 no fue un hecho localista!

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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