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La Pepa... un poco después

José Eugenio Soriano García
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josesorianoelimparciales/11/11/23
miércoles 21 de marzo de 2012, 21:21h
Un liberal apenas necesita motivos para volver su mirada a la Constitución de 1812. Bien está que existan fastos en su recordatorio. Pero también que asumamos el espíritu que aquellos grandes hombres – y efectivamente en aquél momento eran sólo hombres y no había mujeres constituyentes como ocurrió en toda Europa y aún en Norteamérica en 1776, antes en la de Virginia, y en la Revolución Francesa y su primera Constitución de 1791, ya que la incorporación de la mujer a la política es obra directa de mediados del siglo pasado – (asombra, literalmente, que durante veinte siglos, por poner una data, el 50% de la población haya sido marginado, con lo cual, el 50% del PIB también se ha perdido históricamente en todo el mundo, y por cierto, así sigue en el mundo árabe o al menos en el musulmán). Asumamos pues, con ese reparo fenomenal sobre la marginación de la mujer, la obra sorprendente que hicieron aquellos utópicos caballeros, cuando “España era una Isla”. Porque recordemos bien, que solo los pantanos que rodeaban la Isla de León y que impedían que rodaran por ellos los cañones franceses, permitieron que una minúscula parte del territorio nacional continuara siendo eso y no el dominio propio de los ejércitos galos.

Allí germinaron espontáneamente tallos que hundían sus raíces en el pensamiento ilustrado del siglo XVIII, que paradójicamente era de origen francés, ya que era Francia la patria de las luces, la inventora precisamente de la palabra Patria con su sentido moderno y la que implicó con su apelación al pueblo la desaparición del orden estamental propio de las Monarquías del Antiguo Régimen. No deja de ser sorprendente que eran ilustrados a la manera francesa los que combatían a los franceses, mostrando así como personas e ideas tienen su propio recorrido.

La Constitución gaditana fue, para celo nuestro hoy en día, el momento de una gran unión, con lealtad institucional, con amplia generosidad y desde luego con valentía. Hoy no existe en nuestra política ese tipo de actitudes ni de virtudes. Y fue a partir de ese espíritu como se construyó por primera vez una división de poderes, base misma del Estado constitucional moderno. Y también aceptó un Poder Judicial independiente, algo sorprendente por completo en aquellos momentos donde toda la historia de la Judicatura consistía en una sumisión completa al Poder regio; lo cual, obliga a plantear hoy en día si la existencia misma de un Consejo General del Poder Judicial que elige a los Jueces en la carrera judicial en función de repartos de cuotas políticas entre sus miembros no constituye, acaso, una versión del retorno a esa sumisión pregaditana, ya que hoy son muchos los Jueces que resultan apartados de su carrera y tienen que resignarse a continuar sin ascender en la misma, consecuencia de una politización absurda que hace que los elegidos sean sumisos, obedientes, al Poder político. Desde luego no es eso lo que se quiso en Cádiz.

Y las libertades solemnemente consagradas, hoy derechos fundamentales, naturalmente pensadas para aquél momento que hacía de la libertad de imprenta la máxima libertad posible, si bien, existían límites que los Jueces habrían de encargarse de aplicar. Pero se consiguió, lo que suponía un cambio radical y esencial en el entramado del Antiguo Régimen.

La Pepa tiene que continuar. Quizás a través del momento esencial de respeto a la transición política, donde sí hubo motivos suficientes para lograr la recuperación de ese espíritu de Cádiz, tantos años marchito por guerras, dictaduras, desprecios. La gran cuestión es si hoy sabemos apreciar aquél espíritu. No lo sé, francamente. Y eso importa desde luego. Porque es el espíritu de los grandes momentos de la historia, que pueden darse incluso cuando la tierra se encoge y se convierte en Isla, es el espíritu, digo, el que hace los grandes momentos. Y ahora, con los desafíos que tenemos en nuestra Patria, desde el terrible de la crisis económica hasta las deslealtades de toda clase, cuando conviene, desde luego, recuperar lo que La Pepa supuso y, ojalá, siga suponiendo durante un largo, largo período.

José Eugenio Soriano García

Catedrático de Derecho Administrativo

JOSÉ EUGENIO SORIANO GARCÍA. Catedrático de Derecho Administrativo. Ex Vocal del Tribunal de Defensa de la Competencia. Autor de libros jurídicos.

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