Va de huelga
Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
jueves 29 de marzo de 2012, 21:35h
Claro que a nadie, a estas alturas de la película, se le pasaría por la cabeza poner en duda el derecho a la huelga como medio de presión de los trabajadores para obtener de los poderes públicos o privados correcciones en medidas laborales consideradas injustas o lesivas. Como claro resulta que a estas alturas de la película a nadie se le pasaría por la cabeza negar el derecho a trabajar a aquellas personas que deseen hacerlo incluso en el curso del desarrollo de una huelga. Pero la impresión que uno tiene de esta y de otras huelgas generales es que consisten más en impedir lo segundo que en favorecer lo primero. Tanta es la proliferación de los “piquetes” que en una obscena locución se autodenominan “informativos”, tanta es la presión física que los huelguistas profesionales imponen en la entrada de los centros de trabajo, tanto el interés por condicionar las posibilidades de transporte público que al final lo que debería ser la manifestación libre de una queja se convierte en la forma malhumorada y opresiva con que unos cuantos detentadores de la porra intentan imponer sus puntos de vista. Luego vendrán los cálculos y se intentarán rentabilizar los éxitos y se venderán los resultados –por aquí los convocantes, por allá el gobierno- como si uno u otro hubiera ganado la partida.
La verdad de la buena es que en esta historia el que realmente pierde es el país que la sufre, que contempla perplejo la innecesaria violencia de los “incontrolados”, y el espectáculo de los contendedores ardiendo, y las pintadas que ensucian las paredes de las calles de nuestras ciudades, y el miedo de los que se han quedado en casa participando involuntariamente de una huelga que no quieren ni comprenden pero cuyas consecuencias inmediatas temen. Por no hacer mención al impacto gráfico en la opinión pública internacional: un contenedor ardiendo en la plaza de Cataluña en Barcelona con el trasfondo de unos cuantos energúmenos escondidos bajo sus pañoladas palestinas nos acercan un poco más a Grecia y un poco menos al país sufriente pero ordenado que deberíamos aspirar a representar en estos momentos de tribulación. Mal negocio este de la huelga.
Y si sagrado es el derecho a la huelga –aunque lo sea un poco menos que el de la libertad de expresión, dicho sea de paso- no lo es menos el de poder agruparse en sindicatos que, con fórmulas diversas, defiendan los derechos de los trabajadores. Siempre que la sindicación no se convierta en obligatoria, siempre que su escala sea plural, siempre que su mantenimiento repose mayoritariamente en las aportaciones de los que a los sindicatos pertenecen. No parece que sea este el caso de los sindicatos mayoritarios españoles que, arrogándose funciones representativas políticas que la Constitución no les concede y beneficiándose de las amplias subvenciones que reciben del contribuyente nacional, enseñan musculatura cuando la sociedad menos lo necesita. Como tantas otras cosas, esta y otras reformas laborales sometidas al legislativo por gobiernos de signo diverso es debatible e incluso a lo mejor perfeccionable. Lo que no parece ya posible es poner en duda la urgencia de su aprobación y la necesidad de adoptar fórmulas de funcionamiento en el mercado laboral que permitan a los españoles encontrar la mercancía más preciada y escasa del tiempo presente: trabajo.
Aunque sea de presumir que la convocatoria de huelga general no sea ajena a los programas políticos de los rectores sindicales y de sus corresponsales partidistas, seguramente dados a la reivindicación en la calle de lo que han perdido en las urnas, el problema de la huelga general y su significado no es tanto el de su alcance ideológico sino el de su irrelevancia histórica, y ahí podemos anotar, en lo ético y en lo estético, la pesada carga del anacronismo que los envuelve. Ese aire “demodé” de los que todavía se presentan como ardorosos adalides del anti capitalismo no parece el más adecuado para resolver los problemas de una sociedad que está saliendo de la mala noche de una cara farra para la que no tenía recursos y debe imaginar como acomodarse a lo que tiene y a lo que produce si quiere mantener niveles elementales de satisfacción pública y privada. La huelga general propone la vuelta a un pasado que nunca debió ser. O, si se quiere, la noción de un colectivo laboral en el que ni entra nadie ni sale nadie. Para ese viaje sobraban ampliamente las pesadas alforjas de esta innecesaria huelga general. Estamos en las diez de últimas. Como para andarse con jueguecitos.
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Embajador de España
JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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