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RESEÑA

Seamus Heaney: Cadena humana

domingo 01 de abril de 2012, 15:06h
Seamus Heaney:Cadena humana. Edición bilingüe. Traducción de Pura López Colomé. Visor. Madrid, 2011. 159 páginas. 14 €
Texto original del poeta (“Slack”/ “Hulla”): “Not coal dust, more the weighty grounds of coal / The lorryman would lug in open bags / And vent into a corner”. Traducción: “No polvo de carbón, sino pesados sedimentos de carbón/ Que el camionero ponía a ventilar en un rincón / Tras haberlos arrastrado en costales abiertos”. Desapareció la magia, el peso de los pies arrastrando la carga. Un paso, una sílaba. Un desahogo, un sintagma. Otro esfuerzo, transiciones, hemistiquios, conjunción.

Tarea incómoda, arriesgada, la de traducir a libro abierto. Deferencia editorial con el lector que lea y compare los dos idiomas. Puede descubrir vetas, intersticios ocultos, latentes, del texto matriz. Nace entonces una tercera lengua subyacente a ambas, dice Walter Benjamin. El decir del mundo que anima a todo lenguaje. “Cada lengua es una ecuación diferente entre manifestaciones y silencios”, sentencia Ortega y Gasset. Por ello es difícil la traducción: “en ella se trata de decir en un idioma precisamente lo que este idioma tiende a silenciar”. Traducir el silencio, por ejemplo el del camionero afanado con los sacos de carbón.

La poesía de Seamus Heaney resulta incómoda al traducirla. Requiere haber leído a clásicos y modernos: Homero, Píndaro, Horacio, Virgilio, Dante, Shakespeare, el Beowulf, que el poeta adoptó al inglés actual (año 2000) con éxito y fortuna. Debemos conocer también la diferencia entre ritmo sintético, analítico y yuxtapuesto de la Biblia. Y la prosa de Tácito, o la sencilla, parabólica, de los Evangelios. ¿Cómo entender, si no, el poema “Miracle”/ “Milagro”? La camilla en andas con el paralítico que suben unos amigos al tejado y descienden por un boquete para que Jesús, el taumaturgo, apretujado, lo sane, pues el gentío se agolpa en la casa donde aquel día mora y adoctrina, es la del relato evangélico (Mateo, 9, 1-8).

El lenguaje de Heaney nace del ritmo que lo sostiene: sabia medida del aliento en compases que insufla el halo del pensamiento. Por eso le otorgaron en 1995 el Premio Nobel y lo llamaron a Harvard (1984) y Oxford (1989-1994) como profesor de poesía.
Traducido sin densidad rítmica, la palabra pierde el soplo singular que insufla al conocimiento su raíz poética. Los poemas serían anécdotas, circunstancias de vida en su tiempo y medio de escritura. Fuera de ahí, carecen de importancia.

Heaney recupera la Europa poética desde el trasfondo épico, y mítico, de Irlanda, a los cuatro vientos y puntos cardinales, América, Australia. Los pueblos, gentes, naciones, costumbres, su historia, la “cadena humana” que se vincula con el trabajo, la tierra, el canto, el sufrimiento de la violencia, la dicha del vivir enconado. Unos oficios remiten a otros y su cadena se anuda en los más humildes, el rumor silente de voces mudas, jadeantes, cuya labor permite soplar de ocio y aun de vicio a otros. Una responsabilidad rítmica como en libro de horas y días -Lucrecio, bardos, Rilke, Auden-, la naturaleza, sus símbolos, los hombres. Heaney resucita el humanismo del trabajo socialmente vinculado.

El poema abre entonces una mirilla o resquicio por donde asoma el mundo. Un árbol, una planta, habitaciones, un rostro, gesto, siempre con nombre propio, pues, aun sin tenerlo, lo adquieren en el verso. Descriptivo, minucioso, amplio en la concepción del conjunto, del verso al poema, del poema al libro, de libro en libro, como un proyecto de vida. Algunas veces, la descripción queda suspendida, sin cierre temático. Es ella misma el valor objetivo. No ayuda a esta belleza una traducción que no la recree o recurra a ripios y yerre el silencio de la hierba -“grass”- con el viento -“wind”- que la mece (“A Herbal”/ “Herbolario”).


Por Antonio Domínguez Rey

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