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Una justa conmemoración (II)

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 13 de abril de 2012, 22:02h
En el pantano ideológico de la Restauración, los nuevos iconos doctrinales de la juventud desde los días finales de la monarquía isabelina consolidarán su liderazgo sin renunciar a los principios y tácticas que produjeron un dominio cada vez más apabullante en la vida cultural y universitaria de la España canovista. En tal dimensión, el único relato intelectual e histórico de verdadera consistencia opuesto al suyo cristalizó en la obra menéndezpleyana, a la que intentaron neutralizar mediante el reforzamiento a ultranza del ideario modernizador y el aislamiento y cerco del de su rival. Marginado tanto por sus adversarios a sinistra como, con mayor fuerza incluso, por los sectores ultramontanos, denostadores de su liberalismo político y credo estético –“pagano hasta los huesos”- y crítico –“ciudadano libre de la República libre de las letras”-, la gestación y desarrollo de su inmensa obra transcurrió largamente en medio del silencio y la hostilidad. No obstante las distinciones y honores que recibiera de las instancias oficiales, hechos tales como la escasa repercusión mediática de sus trabajos o el clamoroso fracaso de su mejor sueño –la elección para la presidencia de la Real Academia de la Lengua, frustrado a mano armada por un político caciquil y autor de un solo y mediocre libro: Alejandro Pidal y Mon- sacaron a la luz el auténtico ascendiente público de una empresa reconocida como única en los claustros y tribunas científicos más solventes de Europa y el mundo iberoamericano. Al paso que la inclusión a nivel internacional en la bibliografía más selectiva de todo el XIX de obras a la manera de Historia de las ideas estéticas en España así como la incesable siembra de vías e intuiciones de subido valor en diversas áreas de las artes y las letras hispanas, aseguraban la audiencia y vigencia de su esfuerzo, algunos discípulos de alta relevancia garantizaban la continuidad de su magna tarea. Con el abandono, una vez dejada atrás la mocedad, tanto de su maximalismo ideológico como de su fervor –en el área científica- por lo germano, su resuelta inclinación por el canon latino implicaría una inestimable contribución al “patriotismo” y regeneración de las “naciones moribundas” finiseculares –en primer término, claro es, la española- y, al mismo tiempo, una feliz apuesta por el ahondamiento en una escritura llena de claridad, vigor y belleza. Su prosa didáctica y coloreada de los acentos de la mejor y más noble retórica constituiría uno de sus grandes legados a las generaciones conservadoras ulteriores, aunque sin éxito ni aprovechamiento en conjunto. El control de un lenguaje adaptado a las exigencias y gustos de la prosa moderna, capaz y eficiente a la hora de expresar la sensibilidad y el gusto de las elites contemporáneas, asignatura sobresalientemente cursada por los autores más avanzados y leídos en la España de una burguesía con creciente afán de ilustración, no pudo traspasarse ni siquiera en medida mínima por el polígrafo cántabro a sus seguidores más entusiastas.

Obra del tamaño, originalidad y fuerza de la menéndezpelayiana había, finalmente, de romper todos los cercos y saltar todas las barreras opuestas a su valoración y difusión. Esta última, empero, tardó algún tiempo en llegar. Estallada la guerra civil del 36, y pese a los obstáculos formulados más o menos esporádicamente por los ideólogos falangistas –alineados en cuanto a gustos y enfoques con el orteguismo y los vestigios de las vanguardias-, la concepción del santanderino del acontecer hispano se impuso desde el primer instante, realzándose hasta donde era posible la primacía de lo católico como fundente de la nacionalidad y opacándose su concepción abiertamente anticentralista de su definición jurídico-cultural.
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