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Más de lo mismo

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 14 de abril de 2008, 21:00h
Algunas caras nuevas y algunas novedades en la estructura del Gobierno no impiden que al equipo con el que Zapatero va a afrontar su segunda legislatura se le califique como continuista e incluso como previsible. Ya dijimos aquí que para Zapatero, después de unos resultados electorales tan favorables para él, lo lógico sería proseguir con la misma estrategia aplicada desde 2004. Nadie cambia de método cuando el que viene utilizando ha funcionado satisfactoriamente. Las palabras en clave de deseable consenso pronunciadas por el candidato en el discurso de investidura no deben verse sino como meras cláusulas de estilo, obligadas en un trámite como ese. Pero, a la vista de su anterior trayectoria, es muy poco probable que Zapatero se sienta comprometido por ellas. También Rajoy ha mostrado su disposición al consenso, pero después de haber subrayado que el Presidente del Gobierno no le inspira la menor confianza porque carece de cualquier atisbo de credibilidad. ¿Qué otra cosa esperar de quien reiteradamente ha mentido y faltado a sus promesas?

Es un error pensar que Zapatero ha gobernado “a ojo”, sin un plan preconcebido. Desde el primer momento de su acceso al poder, se pudo constatar que abrigaba un proyecto cuyas líneas maestras eran acabar con el terrorismo de ETA por la vía de la negociación y la concesión; modificar el sistema político de 1978 en un sentido confederal por la vía estatutaria; enlazar con la legitimidad de la II República avanzando hacia aquella famosa “ruptura democrática” que no se pudo llevar a cabo durante la Transición. Y, como premisa obligada, prescindir (o utilizar, si se deja) al centro-derecha que encarna el PP, considerado como expresión de todo lo que, en su sectaria opinión, debe erradicarse de la sociedad española. Fracasó rotundamente, quizás por falta de tiempo, en la cuestión del “fin negociado de la violencia”, pero en las demás cuestiones ha obtenido éxitos parciales, al precio, eso sí, de crear problemas donde no los había, sin resolver ninguno de los que existían. Fracasó también en política económica por reiterada inacción, ignorando la verdadera situación existente, ocultando datos y engañando a la opinión pública. Y fracasó en política exterior, dejando que España se deslizara hasta la insignificancia internacional. Pero la bastaron unos pocos meses de gestos patrióticos y propaganda engañosa, bajo el rótulo de “Gobierno de España”, para que una buena parte del electorado le perdonara todos sus desmanes. El que fue denominado “Presidente por accidente”, al frente del considerado peor Gobierno de la democracia, superaba el envite electoral con notable alto si no con sobresaliente. ¿Por qué cambiar de estrategia? ¿Por qué no intentarlo de nuevo utilizando los mismos métodos?

El mantenimiento de los ministros más cuestionados (Álvarez, Bermejo, Moratinos...) responde a ese enfoque y tiene mucho de jactancia rayana en chulería (¿No queríais café? Pues dos tazas) A esa misma actitud responde la designación de Carme Chacón como ministra de Defensa. No, obviamente, por su condición de mujer sino por las características y la trayectoria política de la nueva ministra (nacionalista confesa), que la alejan bastante del deseable perfil para ese cargo. A no ser que responda a esa agenda de Zapatero, tan inexpresada como patente, que tiende a la desmilitarización de las Fuerzas Armadas. Por otra parte, las novedades estructurales para ponernos al nivel del siglo XXI (Blanco dixit) producen un poco de risa. ¡Menuda novedad rompedora eso del ministerio de la Igualdad, de resonancias orwellianas! Más sentido puede tener el de Ciencia, con o sin el apellido de la innovación, aunque no es en absoluto una novedad. Se ha ensayado ya antes con poco éxito, aunque incluir en él a las Universidades puede ser positivo, si se lo toman en serio. Pero ¿qué sentido tiene conservar un ministerio de Vivienda, de inocultables resabios totalitarios, que ha fracasado ya inapelablemente? Finalmente, al indispensable Solbes le vuelve Zapatero (“aquí mando yo”) a hacer la faena poniendo a Sebastián en ese macroministerio que se ocupa de industria, energía, comercio y turismo. El uno querrá imponer su dirección de todo el ámbito económico, el otro no podrá evitar la tentación de tomarse el desquite de pasados desencuentros. Y pagará el pato la economía española. Por todo ello parece que no espera una legislatura presidida por el añejo aroma del déjà vu.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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