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tribuna

¿Por qué una Universidad mejor si ya la tenemos?

jueves 26 de abril de 2012, 09:01h
En lo que concierne a la situación presente y futuro previsible de la Universidad en España no hay razón alguna para tener otro criterio que el del pesimismo; ya se sabe: el del realista con información adecuada. Por eso resulta chocante que quienes más y más completo conocimiento de la situación debieran tener, los rectores, se hayan dirigido a la opinión para sacar pecho y decir que si en los campus no se atan los perros con longaniza es porque nadie ve las cosas como debiera, pero que poder, se podría. Como las autoridades del Ministerio de Educación parecen estar al cabo de la calle de que la situación es seguramente otra, han puesto en marcha algunas iniciativas estos últimos días. Una ha sido un conjunto de directrices sobre precios públicos de matrículas, dedicación horaria del profesorado funcionario o continuidad de títulos con escasa demanda para que las Comunidades Autónomas decidan dentro de unos márgenes indicativos. Son simples remiendos para racionalizar un estado de cosas que hace tiempo que no da más de sí, pero aunque sea haciendo de la necesidad virtud de algo servirán siempre que las Comunidades Autónomas tengan resuello suficiente para llevar a la práctica decisiones que no están ni pergeñadas pero ya tienen soliviantado a lo más levantisco de la siempre quebrunjosa grey académica. De la mayoría de los rectores no es de esperar colaboración muy resuelta, por lo mucho que se deben a sus clientelas de votantes y partidarios, normalmente bien asentados entre quienes no han perdido tiempo en empezar el rasgado de vestiduras.

La otra iniciativa ha sido designar una comisión para que presente propuestas de reforma no meramente coyunturales. Para ello el Ministerio ha adelantado un diagnóstico en el que se ponen de relieve cosas bien sabidas, tales como el elevado porcentaje de abandono por parte de estudiantes que no acaban sus estudios con el correspondiente título, o el hecho de que, sean cuales sean los rankings que con distintos criterios y metodologías jerarquizan las universidades del mundo de acuerdo a su prestigio y rendimientos, no hay ninguna española entre las ciento cincuenta primeras. A la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE) no parece haberle gustado ese balance y antes incluso de que se reuniese la Conferencia General de Política Universitaria ha hecho público un comunicado de prensa tratando de rebatirlo. Pásese por alto el detalle no precisamente trivial de quién es exactamente autor de lo comunicado, porque la asamblea de CRUE no se ha reunido desde enero, el texto difundido no está firmado ni por la presidenta ni por el comité permanente y no hay constancia de que haya contado con el beneplácito expreso de todos los rectores en cuyo nombre se emite. Lo que interesa aquí es el voluntarismo del comunicado para, resaltando determinadas fortalezas, presentar medio llena una botella que está más que medio vacía y que no podrá dejar de estarlo cada día más si no se empieza por reconocer que eso es así. El comunicado cree poder sostener que el rendimiento académico ha mejorado claramente con la introducción del Espacio Europeo de Educación Superior (vulgo Bolonia) lo que es no ya discutible por opuesto a lo que la experiencia dice, sino directamente indemostrable por falta de análisis fiables y suficientes. O resalta el destacado lugar de nuestro país en cuantía de publicaciones científicas (pero no todas ellas salidas de la universidad) por habitantes, sin reparar en que el número de publicaciones científicas universitarias españolas de referencia en alguna especialidad es insignificante, que la presencia de investigadores universitarios españoles como autores o coautores en las principales revistas internacionales es ocasional y reducida, siendo completamente inexistente en muchos campos, y que la mayor parte de las que cuantitativamente nos colocan tan arriba son de calidad ínfima y no circulan más allá de la sombra del campanario a cuyo abrigo surgen.

Negar que pese a los muchos buenos profesores e investigadores que hay en las universidades españolas no son ellos quienes dan la tónica general; que pese a los muchos estudiantes capacitados, motivados y trabajadores los más llegan a los estudios superiores con carencias terribles que no subsanan sus años en la universidad, e incluso que no pocos de ellos acceden sin vocación ni interés por lo que han de estudiar y por eso acaban dejándolo, no ayuda en nada a mejorar la situación. La vieja muletilla sobre el porcentaje del PIB o de los presupuestos generales dedicados a enseñanza superior e I+D tampoco tiene mayor utilidad que la anestésica de los conjuros, porque la inversión no ha dejado de crecer desde hace décadas y los resultados se han movido en sentido contrario. El problema es de diseño del mismo sistema que ha multiplicado universidades y títulos sin criterio y sin prudencia. De un mecanismo de reclutamiento de profesorado en el que la exigencia de superación es imposible cuando está pensado para anular la competencia y garantizar la más estricta endogamia y el más estrecho localismo. De la concepción de la Universidad sólo como una escuela de formación profesional. Eso para empezar. Disimularlo es puro panglossismo y, persuadidos como el personaje volteriano de que “les nez ont été faits pour porter des lunettes”, creer que no hay necesidad de mirar más allá de las propias narices.
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