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Y en estas, caminando sobre las aguas, llego François Hollande…

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
jueves 10 de mayo de 2012, 21:12h
Dicen los entendidos que la crisis, la malhadada crisis, está dando al traste con todos los gobernantes europeos, quizás con todos los gobernantes mundiales, que deben someterse a las elecciones en tan adversas circunstancias. Explicación esta tan simple y mecanicista que tiene un contundente efecto: la culpa no es de nadie que no sea la misma crisis. Ello, como bien se comprenderá, evita tener que emitir un juicio sobre las calidades de la gestión desarrollada por el perdedor y sobre las mismas razones que han llevado a los electores a pronunciar su terminante y negativo juicio. Así nos encontraríamos en la imposibilidad de comprender cómo políticos españoles, griegos y franceses han perdido las elecciones en el curso de los últimos meses o cómo en Italia han debido ingeniar un sistema de urgencia para proceder al recambio del que parecía incombustible y por tantas razones inagotable Berlusconi. La misma explicación incluye un clamoroso vacío sobre las razones de la crisis, que se nos presenta como una maldición divina a la que no es posible imputar paternidades o de cuyo origen no procede exigir responsabilidades. La prueba definitiva del aserto estaría en la variedad de los orígenes ideológicos de los castigados: derechas e izquierdas son sometidos al mismo y fulminante rasero.

Que la crisis en sus letales dimensiones crea condiciones de difícil navegación para lo que hasta ahora teníamos por plácido devenir político es un hecho. Pero que la crisis no exime de juicio y responsabilidad a los políticos que se encuentran al frente de sus respectivos ejecutivos en este delicado momento es otro hecho. Nicholas Sarkozy, el derrotado Presidente francés, ha sido un mal gestor de la cosa pública en el vecino país, como lo fue Zapatero en el nuestro y lo fueron los socialistas griegos en el suyo. En esto de la política, como en la vida en general, hay que dar a cada cual lo suyo sin dejarse llevar por apriorismos de escuela elemental ni evitar que duelan las habituales prendas: cada cual tiene sus preferencias y sus ocultas o patentes inclinaciones pero ni la derecha con “Sarko” como antes la izquierda con Zapatero deben evitar el reconocimiento de los errores del amigo. Las excusas deben quedar para la galería de los incondicionales, que el horno no está para muchos bollos.

Ocurre que en un adicional giro de tuerca, ya que no sólo estamos instalados en la crisis sino en un lugar todavía mas profundo denominado con toda justicia la “depresión”, los políticos castigados en la última fase, véase sobre todo el caso francés, lo habrían sido por empeñarse en llevar a la práctica las recetas exigentes de ultramontana austeridad patrocinadas por esa hada malvada de los tiempos modernos llamada Angela Merkel. Solo faltaba un paso para los que de ella abominan saluden la llegada de Hollande al Eliseo como agua de Mayo y bálsamo de Fierabrás destinado milagrosamente a corregir los empecinados errores de los que predican austeridad a toda costa. Lo de Hollande ha sido recibido por la izquierda política y mediática como un santo y largamente esperado advenimiento, destinado a sentar las costuras de la alemana luterana y correosa que preside la Cancillería teutónica. No en vano ya había anunciado durante la campaña electoral que bajo su mandato Francia rechazaría el Pacto por la Estabilidad adoptado hace pocos meses por los Jefes de Gobierno de los países europeos. Y los primeros escarceos del que fuera marido de la bella Segolene –y ahora compañero o lo que sea de una no menos agraciada señora, que en esto los franceses no se andan con chiquitas: recuérdese si no el caso de la bella Bruni- anuncian su voluntad de mantenella y no enmendalla.

Pero si las cuentan no cuadraban con lo de la culpa universal atribuida a la crisis menos lo hacen con esta reivindicación de las recetas contrarias a la austeridad. ¿Es que acaso la fórmula que consiste en no gastar mas de lo que se tiene es un nefando capricho alemán? ¿Por fortuna nos trae Hollande el secreto para seguir derrochando en juergas varias los dineros que el viento se llevó? ¿O es que quizás el nuevo Presidente de la República Francesa alberga en su manga el secreto para salvar los excesos del tan cacareado Estado del Bienestar?

Es mas que probable que, como Mitterrand en su momento, Hollande recorra su particular camino de Damasco hacia el realismo y deba plegarse a las exigencias de la situación, contenidas en una triste constatación: el modelo de coberturas sociales instalado con más o menos fortuna en la Europa occidental después de la II Guerra Mundial no dispone de medios para sostenerse. Pero mientras ese momento de iluminación llega, y aunque no llegue, conviene que propios y extraños recuerden los términos del problema: la austeridad no es un desgraciado sacrificio impuesto por la mala fortuna o una política cuya imposición hubiera que lamentar. Con crisis o sin crisis, y es una lástima que haya tenido que ser con ella, la austeridad es un valor y una política, ambos indispensables si queremos salvar del naufragio los elementos esenciales de las sociedades libres. Luego nos tocará dilucidar cuales son las cantidades que en el camino necesitamos combinar de austeridad y crecimiento y los economistas, esos brillantes profesionales a los que los políticos no suelen hacer caso, nos dirán cuales son las fórmulas mas adecuadas para conseguirlo. Pero entre tanto toquemos a rebato: no hay alternativa a la austeridad si de verdad queremos reconstruir un futuro razonable y sostenible. Que en cualquier caso será diferente de lo que hasta ahora, en estos decenios de vino y rosas, hemos experimentado. Posiblemente Hollande también lo intuya. Es urgente que lo sepan los que piensan que con él vuelve la época de las copas sin pagar. De aquellos polvos vienen estos barros. ¿Alguien quiere volver a las andadas?

Javier Rupérez
Embajador de España

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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