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mundo árabe

Primera votación plural en Egipto desde hace un siglo

miércoles 23 de mayo de 2012, 18:23h
Desde que terminó, almenos nominalmente, la ocupación colonial franco-británica de Egipto hace ya casi un siglo, nunca se habían producido Elecciones democráticas, pluralistas y limpias en el país de los faraones. Las de hoy, destinadas a elegir Presidente de la República tras el derrocamiento del general Hosni Mubarak, serán las primeras. A juicio de los observadores nacionales e internacionales, los comicios transcurren con normalidad.
En 1922 Gran Bretaña puso fin al protectorado en Egipto del que siguió manteniendo el control sobre el Canal de Suez, la defensa del país y la proteccion de los intereses extranjeros. Años más tarde, en 1936 Egipto accedió a la independencia. Pero será tras la Segunda Guerra Mujndial en 1953 cuando se proclamará la República de Egipto dirigida por un grupo de militares, el general Mohamed Naguib y el coronel Gamal Abdel Nasser que derrocaron al rey Faruk 1º y pusieron fin a la monarquía.

Desde entonces se han sucedido una serie de Elecciones con candidato único y obligado. La de 1956 que encumbró a Nasser a la cabeza del Ejecutivo; la de 1970 que eligió a Anuar Es Sadat como presidente; o la de 1981 que designó a Hosni Mubarak para ocupar la jefatura del Estrado tras el asesinato de su predecesor. En todos estos años nunca hubo Elecciones pluralistas y transparentes en Egipto.

El Ejército egipcio, que se ha erigido en árbitro de la transición, ha prometido dejar el poder a los civiles el próximo 1º de Julio. El mariscal Mohamed Hussein Tantaui, que fue el máximo jefe militar durante el periodo de la dictadura de Mubarak, ha prometido no sólo la neutralidad del aparato castrense, sino dejar el poder a quien salga elegido en las urnas. Algo que los analistas admiten que se hará solo en caso de que las negociaciones en curso entre las dos partes lleguen a buen puerto. Lo que viene a significar la triple garantía del nuevo poder hacia las Fuerzas Armadas: mantenimiento de la supervisión de la politica exterior, mantenimiento del papel económico del Ejército, e impunidad sobre las posibles denuncias ante los tribunales de los jefes militares por abusos, corrupción, represión o torturas.

De todos los candidatos, hay cinco que la prensa y las encuestas hechas estas semanas en Egiopto dan como favoritos: Mohamed Morsi, candidato de la cofradía de los Hermanos Musulmanes; Abdel Muneim Abul Futuh, también islamista, pero independiente; Amer Musa, exministro de Exteriores del régimen anterior; el general Ahmed Chafik, el último jefe de gobierno designado in extremis a la caída del dictador; y Hamdin Sabahi, un naserista con tintes populistas.

Según todos los sondeos, ningún candidato sacaría la mayoría absoluta de votos en la primera vuelta, lo que obligaría a una segunda convocatoria a mediados de junio para elegir entre los dos primeros en el recuento.

A pesar de que el aparato del poder, que sigue siendo el mismo que en la época de Mubarak, ha tratado de dividir los votos islamistas en dos candidatos, se considera que entre los ganadores de la primera vuelta habrá al menos un islamista, probablemente el candidato de la cofradía. El otro candidato que pasaría a la segunda vuelta puede ser tanto el alter islamista, como cualquiera de los dos representantes del antiguo poder. Si bien Amer Mujsa goza de mejor consideración por su experiencia en la diplomacia y en la gestión del poder, el general Chafik podría recoger los millones de votos de quienes temen un tsunami islamista y prefieren optar por un candidato “de mano dura” que además goza del apoyo del Ejército.

Mohamed Morsi, ingeniero de formación y dirigente del ala política de los Hermanos Musulmanes, el partido de la Justicia y la Libertad, se presenta sin embargo bajo un aurea moderada y negociadora como líder “de todo el pueblo egipcio” y garante de “la unidad del país”. En caso de su victoria, los Hermanos Musulmanes, que ya disponen de la presidencia de la Cámara de representantes, acapararían las palancas del poder y estarían en condiciones de imponer una nueva Constitución más conforme con su ideología y principios teocráticos, que con los valores de la democracia y el respeto a los derechos humanos.
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