Giovanni Falcone, veinte años después
miércoles 23 de mayo de 2012, 20:37h
Al juez Giovanni Falcone le gustaba bromear diciendo que no era un Robin Hood ni, mucho menos, un kamikaze. Era simplemente, según sus propias palabras, un servidor del Estado en terra infidelium. Sin embargo, veinte años después del atentado que acabó con su vida, el trabajo que realizó o, más bien, la hazaña que llevó a cabo, todavía asombra y estremece, porque pocos se habrían atrevido a liderar entonces una cruzada de tal magnitud contra los poderosos jefes de la Cosa Nostra, quienes vieron atónitos cómo dos anónimos jueces de un tribunal de provincias, Falcone y su compañero Paolo Borsellino, dejaban de lado el miedo endémico que se respiraba en Sicilia, para acabar sentándoles en el banquillo. Y desde que comenzaran las primeras acciones judiciales contra los hasta entonces intocables mafiosos, los nombres de Falcone y Borsellino quedaron incluidos en esa temible lista de la que sólo se sale con los pies por delante. No sólo incluidos. Encabezaban la lista, negro sobre blanco. O más bien, sobre rojo.
No se trataba, en ningún caso, de que el juez Falcone eligiera bailar con la más fea, sino que, cuando en su sagrada carrera de juez se topó con la mafia, no miró para otra parte. Y no por ignorancia, exceso de confianza o afán de protagonismo. Había recibido cientos de amenazas, cartas con cruces y ataúdes. Habían intentado asesinarle en 1989. Poco después, el juez aseguraba en una entrevista que sus cuentas con la Cosa Nostra seguían pendientes y que sólo podrían saldarse con su muerte, por causas naturales o no. Se lo había advertido Tommaso Buscetta, su primer súper arrepentido de la mafia, justo antes de empezar a “cantar” todo lo que sabía, que era mucho: “Primero vendrán a por mí, y luego será su turno. No pararán hasta que lo logren. ¿Está seguro de que todavía quiere interrogarme?”. Falcone contestó que sí. Siguió adelante, obteniendo resultados judiciales que antes jamás se habían alcanzado. Porque igual que la mafia lleva a término sus amenazas, el juez Falcone afirmaba que pertenecía a esa categoría de personas que consideran que las acciones que uno emprende, debe finalizarlas: “Nunca me he preguntado si debía afrontar o no un problema, sino sólo cómo afrontarlo”. La mafia se había encontrado así, con la horma de su zapato. Ni amenazas, ni sobornos.
Contra él, sólo valía el asesinato. Por eso, el tiempo que duró el maxi proceso, Falcone vivió y trabajó, junto a Borsellino y las familias de ambos, dentro de un bunker blindado, con un sistema de vigilancia electrónica en funcionamiento las 24 horas del día. Aislados. Sin ver la luz.
Falcone luchó contra la mafia como se pelea, en realidad, contra cualquier enemigo, armado con el conocimiento más profundo posible acerca del mismo. A través, primero de Buscetta en 1984, y luego de los posteriores “pentiti” que se iban sumando a la causa para facilitarle información de primera mano, Falcone fue estrechando el círculo que le iba a permitir ganar una gran batalla, aunque después perdiera la guerra. Se enfrentó a la mafia a base de conocerla como si perteneciera a ella, aprendiendo a hablar con su particular lenguaje y a moverse según su código de señales.
Porque en la mafia, todo es un mensaje, todo está cargado de significado y no hay lugar para detalles insignificantes dentro de ese continuo intercambio ceremonial con el que se relacionan sus miembros. Pero, además, la mafia – repetía, incansable, Falcone - no es un cáncer que ha proliferado por casualidad en un tejido sano, sino que vive en perfecta simbiosis con sus diversos protectores, cómplices, informadores, deudores de cualquier clase y gente intimidada de cualquier clase social. Y ese, decía Falcone, es el caldo de cultivo ideal para Cosa Nostra, con todo lo que ello conlleva de implicaciones directas o indirectas, conscientes o no, voluntarias u obligadas, y que a menudo cuentan con el consenso de una parte de la población. Ir contra la mafia, significaba, por tanto, ir más allá de la mafia. Y eso es doblemente peligroso.
Cuando el pasado sábado, Italia amaneció sacudida por el artefacto explosivo que asesinó a una chica de 16 años a punto de entrar en clase, dejando heridas a otras seis personas, muchos pensaron que la elección de un instituto que lleva el nombre de la esposa de Falcone, asesinada junto a él y a tres de sus escoltas el 23 de mayo de 1992, no podía ser casualidad, y que resultaba razonable pensar que se tratara de la macabra forma que tiene la mafia de celebrar el vigésimo aniversario de la muerte de su peor enemigo. Ahora parece que se ha descartado tal hipótesis, pero en Italia, y en muchas otras partes del mundo, todavía hay quienes no quieren olvidar a un juez que no tembló a la hora de hacer su trabajo, a pesar del mortal enemigo al que hubo de enfrentarse y que sigue tan vivo como la Hidra de Lerna, ese despiadado monstruo marino de la mitología griega, con forma de serpiente y aliento venenoso, que poseía la virtud de regenerar dos cabezas por cada una que perdía o le era amputada: la mafia.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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