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Porno para mamás

José María Herrera
sábado 02 de junio de 2012, 19:03h
Les juro que mi propósito era hablar de libros y del mercado editorial. No sé cómo he venido a parar a esto del porno. Estaba comprobando unos datos cuando, voilà, aparecieron las mamás del título. Quería saber si las editoriales españolas han publicado este año un total de cien millones de ejemplares, o sea, dos libros y pico por español, cantidad mezquina donde las haya, y si el negocio ha perdido un veinte por ciento en doce meses, cifra que me parece desorbitada habida cuenta que aquí siempre dijimos que si no leíamos es por falta de tiempo, cosa que ahora nos sobra. No he conseguido mi objetivo. De pronto pasé de una web donde se daban algunos datos muy poco halagüeños a otra en la que se hablaba de una novela, primera de una poetisa de la que nunca había oído hablar, anunciada con las palabras del título, y he quedado varado en ella como una galera mal pilotada.

Para que vean ustedes que hasta los articulistas del Imparcial estamos hechos de carne y hueso, confieso que el asunto me interesó de inmediato. ¿Qué diantres será esto del porno para mamás? Desgraciadamente, lo adelanto ya, no mucho. Erotismo de bajo voltaje, sexo liberal con un toque de distinción: besos aterciopelados, pezones rosa tiépolo, tiernas caricias que acaban en frenéticos transportes. Nada nuevo. Verdad que me he limitado a catar el libro y que yo no soy la persona más adecuada para apreciar la literatura de garrafón. Además, lo de “porno para mamás” es un hallazgo. El tipo al que se le ha ocurrido el slogan conoce muy bien el paño. Seguro que más de uno picará el anzuelo. “¡Porno para mamás!, justo lo que necesita mi señora”.

Según se dice, la pornografía desagrada a las mujeres. Una cosa es el sexo, hacia el que sienten el mismo interés que cualquier varón, y otra el espectáculo del sexo, que en general suele producirles repugnancia. ¿Por qué a las señoras no les atrae esta clase de pasatiempos? Lo ignoro. La tesis de que las mujeres disfrazan sus verdaderos sentimientos cuando se trata de estos temas carece, desde luego, de fundamento. Yo más bien creo que lo ven como una cosa grosera, obscena y aparatosa, algo en lo que hay que darles la razón, pues la pornografía viene a ser respecto de la sexualidad lo que comer con las manos respecto de la gastronomía. El formato pornográfico, más que excitar el apetito de las mujeres, lo bloquea, igual que quita las ganas de comer ver a alguien hacerlo como un cochino. Los varones no sienten al parecer esa incomodidad y, en consecuencia, se extrañan de la resistencia femenina a servirse de estas cosas como estímulo. Pero no se trata de mojigatería o falta de curiosidad, sino de gusto, un problema para el que aún no ha encontrado solución la potente industria del sexo. Las mismas señoras que no ponen reparo a ninguna fantasía privada o que acuden con alegría a una sesión de tuppersex, fruncen el ceño cuando hay que mirar ciertas escenas. ¿Acaso no existe forma de caldear industrialmente la libido femenina?

Hace unos años corrió el rumor de que el rechazo femenino a la pornografía no incluía a los comics. Una historia picante en viñetas o dibujos animados les resultaba supuestamente menos agresiva que una película con personajes de carne y hueso. Las ventas aumentaron, tal vez debido al interés que pusieron los varones, deseosos siempre de encontrar un medio fácil de avivar la llama de las pasiones, pero la cosa duró poco. Desconozco si alguien ha hecho un estudio de mercado para comprobarlo, pero me temo que la cosa no funcionó como se pensó al principio. Más recientemente se ha ensayado comercialmente el llamado porno femenino, escrito y filmado por señoras, aunque el éxito, en lo que yo sé, ha sido el mismo, y sus clientes vuelven a ser varones solitarios. Lejos de lo que pensaban los antiguos griegos, para quienes las mujeres, debido a la ilimitación de su capacidad de goce, poseen una voracidad sexual muy superior a la del hombre, la libertad no conduce a la ninfomanía. Casos hay, desde luego, pero en general, incluso tratándose de féminas de costumbres muy liberales, las señoras tienen una manera discreta de vivir su sexualidad, poco acorde con las fantasías de las películas porno. A mí no me extraña que algunos historiadores hayan atribuido el éxito del cristianismo a la gran acogida que tuvo entre las romanas una religión que ponía freno a los excesos eróticos del paganismo.

“¿Por qué las mujeres se quedan a ver las películas porno hasta el final?” La respuesta del chiste es: “para comprobar si el chico se casa con la chica”. El autor de esta ocurrencia es, por supuesto, un hombre, aunque no un extraterrestre. En la Tierra todo el mundo sabe que a las mujeres les excita más el juego de la seducción que el acto sexual. La pornografía, con su tendencia al naturalismo, rara vez llega a presentar el juego amoroso de forma que la mujer se sienta protagonista de la relación erótica y no simple objeto. Por eso no les interesa. Creer que la liberación femenina consiste en que ellas gestionen su feminidad como gestiona el varón su masculinidad es un error. Esto lo sabe mejor que nadie el creador de la campaña publicitaria del libro citado al principio. Y la prueba es que, amén de lo de porno para mamás, dirige la obra a un público restringido, mujeres entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años, la edad en que hoy se tienen los hijos y en la que suele producirse una especie de glaciación sexual que, en muchos casos, tiene efectos fatales, pues acaba produciendo el enfriamiento de los polos. Está bien que, a fin de impedirlo, se ofrezcan libros insinuantes capaces de alimentar el deseo. Otra cosa, de la que habrá que hablar otro día, es de si el problema radica en la falta de deseo y no, más bien, en el exceso de obligaciones y tareas. Como ya viera Flaubert cuando escribió Madame Bovary, ningún afrodisiaco puede competir con el aburrimiento.
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