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"mentiras, mentiras"

CRÍTICA: Ternura en tiempos de posguerra

miércoles 16 de abril de 2008, 19:06h

Y lo logra, logra esa sonrisa mayúscula, porque el público sale de la función (Teatro del Arenal, calle Mayor, 6) con una balsámica sensación de que no todo es agresión, hostilidad, encono. Podría decirse que las obras de Alonso Millán son terapéuticas, casi una medicina, con dosis de ternura que no empalagan. Porque no todo en el teatro debe ser revolverse en la butaca, desestructurar las conciencias o apabullar al espectador con discursos incendiarios. También hay un teatro de disfrute, de media sonrisa constante, a ratos con humor blanco, a ratos inteligente, en el que Juan José Alonso Millán se mueve como un hijo aventajado de Enrique Jardiel Poncela.

“Mentiras, mentiras”, versión actualizada de “Se vuelve a llevar la guerra larga”, se estrenó en 1974 y se convirtió en un éxito durante el año largo que aguantó en cartel. Con unas pequeñas adaptaciones para refrescar el lenguaje, la obra repuesta narra la más que peculiar historia de amor de Josefina (Silvia Tortosa) y Benito (Paco Hernández). Peculiar porque se trata de un amor “secuestrado”: la guerra terminó en el 39, pero Benito, talentoso pintor, cree que aún continúa, y eso que corre ya el año 1974. Para mantener esa mentira por amor, Josefina recrea, de un modo que no puede ser más cómico, el estado de excepción de la guerra.

Simula la alarma por bombardeos, pero sigue sentada en la mesa a la hora de cenar. “Mira, si al final nos alcanzan es mala suerte, ¿qué le vamos a hacer?”, acierta a decir, ante el asombro del marido. O el parco menú de patata de primero, patatas de segundo, y patatas con Oporto de postre, que en realidad son “crêpes” de primera calidad. El planteamiento hace pensar en la película “Good Bye Lenin” (2002), en la que el hijo de una madre nostálgica del comunismo reorganiza todo el entorno para que ésta no se dé cuenta que el Muro de Berlín ha caído, y su vida berlinesa cambiará para siempre.

Es un acierto –y un atrevimiento en la época en que se hizo– el juego con la confusión histórica, que entonces no dejaba de ser tema tabú. El personaje que encarna con soltura Silvia Tortosa orquesta esa disparatada estrategia de mantener viva una guerra que terminó hace 35 años. Se extraña Benito de la ineficacia de unas tropas nacionales que no acaban de “liberar” Madrid de un insólito Gobierno entre republicano, comunista y anarquista. “¿Qué ha dicho el parte?”, pregunta con rutina Benito. “Qué las tropas nacionales han cruzado el Ebro”, responde , a lo que Benito estalla “Ooooootra veeeeez”, con carcajada posterior del patio de butacas. “Hace más de 20 años que los nacionales dan vueltas a la península”, se indigna Benito.

Situaciones hilarantes

Con esa pasta argumental, se crean situaciones verdaderamente hilarantes. Benito escapa por error y se enfrenta al mundo real, hasta entonces vedado a sus ojos. Su mujer teme que descubra todo el juego de mentiras que ha durado décadas, y a su regreso se teme lo peor. Pero Benito no descubre la verdad, o se hace el tonto con tal de no entristecer a su querida Josefina.


Y cuenta que ha visto una manifestación de obreros, con banderas, pancartas, símbolos de toda clase, y lemas belicosos “Madrid tiene que vencer o morir”. “Claman un líder que se llama algo así como Pirri, y muchas de sus banderas son blancas”. Son los del “partido”, sí, el del Real Madrid. También ve un “refugio” con coches requisados por el Gobierno. “Y no sé qué de la zona azul. ¿Pero no estábamos en zona roja?”, pregunta atorado. “Bueno, a partir de las ocho”, dice Silvia Tortosa con la boca pequeña.

Comedia que rezuma ternura, que habla también de una época en la que las mujeres temían demasiado la excesiva libertad de los maridos, hasta el punto de querer “secuestrarlos”. Por fortuna, ese desequilibrio se ha superado, y produce compasión imaginar una situación parecida. Quizá no sería mala idea acortar algo la función, con una duración algo excesiva para una comedia, en la que el tándem Tortosa-Hernández funciona como una maquinaria engrasada y eficaz. Una obra pues, para pasar un agradable rato, y que demuestra que, sin renunciar a un teatro “al uso”, comercial y sin pretensiones de Alonso Millán, éste tiene “algo de precursor”, como el Andrés Hurtado del Pío Baroja de “El árbol de la ciencia”.