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El síndrome de diocleciano

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 06 de julio de 2012, 20:28h
Son muy pocos los hombres en la Historia Política Universal que hayan abandonado voluntariamente el poder cuando estaban en la más alta acrotera de su prestigio. Diríase que el poder político, que ya Platón trataba como una “nósos tôn basileôn”, o enfermedad de los reyes, atrapa de tal modo a los humanos que éstos sólo lo dejan cuando otros hombres los arrojan de él. Éste no fue el caso del emperador Diocleciano, hijo de un esclavo, que abandonó el poder voluntariamente después de veintitrés años de poder absoluto y, en general, lleno de aciertos. Desde sus orígenes esclavos se había elevado hasta el trono, y pasó los últimos nueve años de su vida como un ciudadano anónimo en su Dalmacia querida. La razón le había dictado la retirada y, al parecer, estaba satisfecho del deber cumplido con Roma, y durante su período de retiro disfrutó del respeto de los príncipes a los que había cedido la posesión del mundo, así como reflexionó sobre el poder político de los emperadores, que suele corromperse más por las prácticas venales de los cortesanos, que por el carácter del propio príncipe; lo cual implica una necesidad natural de la instauración de regímenes de libertad, y una contrariedad de la eficiencia y la eficacia de todo poder absoluto.

Teniendo alma de campesino, durante sus horas de ocio se dedicaba a plantar y cuidar gozosamente su huerto. Se hizo famosa la respuesta que dio al emperador Maximiano cuando este inquieto y malvado anciano, adicto hasta la muerte al poder incluso por encima de su hijo, le rogó que volviese a tomar las riendas del gobierno y la púrpura imperial. Diocleciano rechazó la tentación con una sonrisa de piedad y contestó con calma que si pudiera enseñar a Maximiano las coles que había plantado con sus propias manos en Salona, no seguiría insistiéndole en que renunciara al goce de la felicidad a cambio de la búsqueda del poder. Y el propio Maximiano pagó con su propia vida su irrefrenable adicción al poder.

Galerio también renunció al poder imperial los últimos cinco años de su vida, aunque no con mucha fortuna, porque tuvo una cruel enfermedad que lo fue devorando poco a poco hasta consumirle. No obstante, se dedicó durante este período de enfermedad a dirigir grandes obras públicas, como pueden ser los gigantescos encauzamientos del Danubio contra sus periódicas inundaciones, que llegaron a domesticarlo y que la Edad Media los fue destruyendo, hasta que de nuevo en el siglo XX las numerosas poblaciones ribereñas del Danubio volvieron a protegerse contra el río con gigantescas obras de ingeniería, no mayores, sin embargo, a las que ya levantase el emperador Galerio en su retiro doliente.

Este síndrome ha estado presente muy poco entre los protagonistas del poder político español. Felipe V, cansado de gobernar, abdicó en su hijo Luis I, pero tuvo que volver al trono ante la muerte prematura de su vicioso hijo. Un breve presidente de la Iª República abdicó del poder por no soportar tener que firmar una pena capital. Y Aznar dejó el poder porque consideraba que ningún español debía tener el honor de gobernar a su país más allá de ocho años, y se inspiró para ello en la Enmienda XXII ( de 27 de febrero de 1951 ), de la Constitución Americana. De Zapatero no podemos decir que continuase la “costumbre” institucional iniciada por Aznar, pues que podemos decir que su propio mal gobierno lo desalojó del poder.

Y es una verdadera pena que con el gasto inútil que suponen miríadas de políticos en esta crisis terrible, que ni la pueden entender ni neutralizar ( sólo hace falta ver su curricula academica en muchos de ellos ), no se retiren, para no estorbar a la sociedad, al menos a su pueblo, para cultivar las coles del sabio emperador Diocleciano. Si el medio millón de políticos profesionales que padece España bajase su cifra a 200.000 - ¡que ya está bien!-, no sólo no se notaría en una bajada inmediata de la ineficacia e ineficiencia de la clase política, sino que con lo sobrante se podrían mantener en sus puestos a tantos médicos, enfermeras, maestros o profesores como se quieren suprimir en razón de las tremendas dificultades económicas a las que nos llevó la ineptitud política irresponsable, y con ello mantener nuestros niveles de bienestar, propio de una sociedad moderna.

¿Por qué no os vais a plantar coles, y con ello nos alejáis de un retorno a la España de la hambruna y la miseria? No dudéis nunca que vuestro mayor gesto de patriotismo es vuestra salida de la política y una feliz vida de particulares.

Como las raposas bajan del monte al anochecer sigilosas, mimetizando su hermosa piel de cuello de abrigo principesco el color rojizo de la tierra arada, a fin de conseguir presas aladas o carroñas apetitosas, así gran número de políticos españoles, miríadas de un ejército codicioso, han bajado a dar bocados al Presupuesto Nacional cuando la luz de una Prensa siempre farisea bajaba su intensidad.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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