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RESEÑA

Astrid Rosenfeld: La herencia de Adam

domingo 22 de julio de 2012, 16:42h
Astrid Rosenfeld: La herencia de Adam. Traducción de Lidia Álvarez Grifoll. Lumen. Barcelona, 2012. 368 páginas. 19,90 €
Sucede con la Segunda Guerra Mundial, especialmente si el autor es alemán, algo muy parecido a lo que ocurre en España con la Guerra Civil. Uno se pregunta si el tema todavía puede ser rentable en la ficción. Esto, claro, no quiere decir que el tema esté agotado por completo, no quiere decir que no se pueda -e incluso se deba– seguir investigando sobre ambas cuestiones. Quiere decir que, como materia narrativa, tal vez haya perdido la capacidad de sorprendernos, que, como telón, tal vez nos resulte un lugar demasiado frecuentado, demasiado recargado por las huellas de las infinitas representaciones que ya hemos visto en el mismo escenario.

Astrid Rosenfeld sorprende con una propuesta que sale bastante bien librada del paso por ese escenario, un escenario que quizás sea mucho más rentable de lo que ahora queremos suponer, porque lo cierto es que año a año siguen saliendo más y más novelas ambientadas tanto en la Segunda Guerra Mundial como en la Guerra Civil. Solo unas pocas consiguen salir airosas, pero hay que reconocer que tenemos algunos casos particularmente afortunados.

Si La herencia de Adam logra salir indemne del enfrentamiento con su propia herencia narrativa es, sin duda, gracias a un planteamiento original. No tanto en su temática, puesto que la historia del chico-que-busca-chica, a pesar de ciertas variaciones que aquí se presentan, es probablemente la única que puede plantar cara en el plano cuantitativo al tema de la Segunda Guerra Mundial. Tampoco en el telón de fondo, como ya hemos visto, y ni tan siquiera en la estructura, que gira alrededor de un manuscrito encontrado, fórmula tan antigua como la misma novela. Lo mejor de La herencia de Adam reside en la originalidad de sus personajes, en la indudable capacidad de presentación de caracteres por parte de la autora y en el desafío a ciertas fronteras que no todos los escritores se atreven a encarar, como la de la excentricidad.

Precisamente es en esas fronteras donde el libro sobrevive mejor. La novela está dividida en tres partes, de las cuales, la primera, que es la que ahonda con más descaro en esa frontera de la excentricidad y del humor -rescatando con pericia a los personajes de caer en la caricatura– es probablemente la de mayor calidad. Por momentos, Edward, el protagonista, recuerda al entrañable niño de Tan lejos, tan cerca, la excelente, pero a ratos irregular, novela de Sachan Foer cuya adaptación al cine consiguió trasladar perfectamente la irregularidad, pero dejó pocos rastros de la excelencia, a pesar de la probada solvencia de su director. En La herencia de Adam, Edward es un niño que sabe muy poco de su familia. Su familia, de hecho, es un cúmulo de ausencias. Falta su padre, al que no conoció nunca y cuyo nombre ni siquiera consigue recordar correctamente. Falta su abuelo, desaparecido en una habitación prohibida dentro de una casa dominada por su exigente y un tanto tiránica abuela. Y falta Adam. Su tío abuelo Adam, del que Edward apenas sabe nada, aparte de que mantiene con él un extraordinario parecido físico.

Decíamos antes que la novela se mueve especialmente bien en esa frontera de la excentricidad. Esa frontera, en realidad, no es solo palpable en la primera parte del libro. Se extiende a lo largo de las más de trescientas páginas de la obra, pero funciona especialmente bien en esa primera parte y en algún momento de la segunda, mientras recorremos la infancia del joven Adam. Los paralelismos entre el joven Edward y el joven Adam nos dan los mejores momentos de la novela. Cuando Edward y Adam se hacen mayores, la obra pierde fuerza, lo cual es más grave en el caso de Adam, puesto que la parte que corresponde a su edad adulta es mucho mayor que la que se le dedica a ese aburrido periodo -conocido como madurez– en el caso de su descendiente. No es afortunado que la peor parte de la obra sea la más importante. Aun así, pese a que existe un defecto en la distribución de los pesos, esta es una mala elección que, ni mucho menos, echa al traste un buen libro.

Por Miguel Carreira
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