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La kurtosis, el photoshop y el rey desnudo

domingo 29 de julio de 2012, 19:07h
La universidad de Albany (N.Y.) acaba de presentar un mecanismo para poder distinguir qué imágenes han sido alteradas por photoshop (u otros programas de edición de imágenes) y cuáles no lo han sido. Estos últimos años, los seres humanos tenemos buenas razones para desconfiar de las imágenes que vemos. Esa sangre, ¿es real o no es real? (Hablo, claro está, en un sentido aristotélico, no monárquico). Esos turgentes pechos, ¿son producto del ejercicio, la edad y los genes, deudores del bisturí o fruto del photoshop? Es verdad que la realidad siempre ha tenido photoshop, y que el pintor de óleo del renacimiento, ese creador de imágenes portátiles, fue el primer artista de la manipulación de las imágenes personales; también es cierto que la cirugía estética popularizó la manipulación desde el sexo (forma efectiva siempre de manipulación), y caló fuerte en las mentes. Pero con la llegada del mundo digital, el photoshop arrasó: caderas, cinturas, pechos, músculos, texturas de piel, etc, se vieron alterados irremisiblemente. Y muchas veces, sin posibilidad de saber si esa manipulación existe o no.

Algunos podrán decir que el photoshop se nota siempre, que el cerco alrededor de las imágenes es patente, que qué necesidad hay de desarrollar un mecanismo, un algorritmo, para distinguirlo. Pero lo cierto es que la mayoría de las imágenes que vemos las observamos de forma ligera, sin prestar mucha atención, y que no por eso son menos poderosas sobre nuestro inconsciente. Por eso, el reto que la universidad de Albany quiere resolver tiene sentido.

Los investigadores de Albany se han dado cuenta de que toda imagen digital comparte algo, y que ese algo es negativo: un defecto. Las imágenes tomadas por una cámara comparten ruido digital o electrónico. Y ese ruido digital tiene ciertas características propias de la cámara en cuestión. En definitiva, es un defecto particular, individual. En el fondo, las imágenes tomadas con una cámara digital son como nosotros: lo que las define de forma individual son sus defectos, no sus cualidades, que son propiedades del conjunto, de la serie. Ese ruido lo miden mediante una variable estadística, la Kurtosis, que es una medida de cómo se agrupa ese ruido digital. En una cámara particular, el ruido se agrupa de una manera, en otra cámara de otro. Así, la kurtosis nos permite saber si la pistola de esa imagen se ha tomado con la misma cámara del fondo de la imagen o con otra. La Kurtosis se convierte así en un mecanismo que nos permite diferenciar lo real de lo manipulado.

Me imagino que semejante mecanismo habría sido de gran ayuda para Don Quijote. Con un algorritmo basado en la kurtosis –un app del iphone, por ejemplo--, Don Alonso habría sabido distinguir la realidad de la mentira, lo manipulado de lo virgen o lo no manipulado. Quizá se habría ahorrado algún revolcón con los molinos de esta forma. O alguna sorpresa desagradable con su adorada Dulcinea (ese olor a ajos…). Pero ¿habría sido tan feliz?

Desde el inicio de los tiempos, el ser humano ha tratado de alterar la realidad. La cultura, de hecho y a pesar de lo que diga gente que se está quedando sin subvenciones, no es una forma de hacer una sociedad más pacífica, ni mejor, pero sí más feliz. Con la cultura, los pueblos se matan igual o más que sin ella, pero más felizmente. Porque lo hacen en virtud de unos ideales abstractos mucho más satisfactorios que el olor a ajos de la porquera Aldonza Lorenzo, como bien sabía Cervantes. Pero la felicidad tiene mala prensa últimamente, sobre todo en Europa. ¿Debemos, por tanto, abrazar la llegada de la Kurtosis como forma de distinguir la realidad de lo manipulado?

Pensemos en España. No cabe duda de que, en las últimas décadas, el grado de manipulación ha sido muy elevado. Desde que comenzaron los directores de la guardia civil que no tenían los estudios que sus papeles decían tener o los gobernadores del banco de España que tenían doble gobierno, hasta los presidentes autonómicos que son constructores encubiertos o los yernos que en realidad son trileros, nos hemos visto sometidos a grandes dosis de photoshop, de manipulación de lo que nos llega, de lo que vemos, de lo que oímos. En principio, nos vendría bien, por tanto, un mecanismo que nos permitiera distinguir lo real de lo manipulado. Un programa mágico de realidad. Pero, ¿estamos preparados para ello?

En el fondo, se trata del viejo cuento del traje invisible del rey. ¿Estamos preparados los españoles para ver al rey desnudo? Tumbados en nuestras hamacas bajo la parra del ferragosto, ¿estamos listos para mirar esas hojas todavía verdes, tan edénicas, y ver en ellas los rostros de un presidente ausente, de una corte de ministros photoshopados, de una presidenta alemana vestida de austera monja protestante encabezando un grupo de rigidos padres de la iglesia calvinista, todos con cartera, y prestos a entrar en las oficinas, las secretarías generales, los consejos de administración, en las entrañas de los cajas, bancos y congresos para decidir aplicar la kurtosis y ver qué es real y qué es producto del photoshop patrio?

Se trata de una pregunta importante. A algunos, les puede aguar la siesta; a otros, les parecerá que las hojas de la parra, mecidas por la brisa de la tarde, se convierten en un comic delirante, capaz de rivalizar con los Simpson o incluso con South Park. En cualquier caso, es lo que nos espera en agosto. Bajo la parra o con la cabeza metida bajo el agua, en la orilla, sin gafas para así tener los ojos bien cerrados: una buena ración de kurtosis.
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