Del gran Atanasio
Martín-Miguel Rubio Esteban
sábado 04 de agosto de 2012, 16:53h
Sin duda, la existencia de la Iglesia durante veinte siglos se ha debido a hombres providenciales que servían el afán de Dios de que no desaparezca. Uno de ellos, fue Atanasio, primado de Egipto del siglo IV, quien sin su indesmayable tenacidad la Iglesia Católica hubiera desaparecido sin duda por la defensa acérrima que hicieron los descendientes de Constantino el Grande del arrianismo, y la persecución “sangrienta” que llegaron a sufrir los obispos fieles al Concilio de Nicea por el propio emperador Constancio y los obispos tiranuelos del arrianismo. Ya en la propia época de Constantino el Concilio de Antioquía había degradado al intrépido prelado Atanasio, sucesor del arzobispo Alejandro, y lo había expulsado de sus funciones de obispo de Alejandría, capital del catolicismo egipcio, sustituyéndolo por el obispo arriano Gregorio de Capadocia, a causa de su defensa celosa del Credo de Nicea y la consubstantialitas entre el Padre y el Hijo.
Oprimido por la conspiración de los prelados asiáticos, Atanasio abandonó Alejandría y pasó tres años como exiliado y suplicante en el santo umbral del Vaticano. Tras estudiar latín con aplicación, pronto se cualificó para negociar con el clero de Occidente; dirigió sus halagos al altivo papa Julio, convenció al pontífice romano de que considerara su apelación como asunto de interés específico de la sede apostólica, y un concilio de cincuenta obispos de Italia lo declaró inocente por unanimidad. El emperador Constante, aunque encenagado en torpes deleites, promovió que se reunieran noventa y cuatro obispos de Occidente y sesenta y seis obispos de Oriente en Sárdica, población situada en el límite entre los dos imperios, pero en los dominios del protector de Atanasio. Los debates no tardaron en degenerar en altercados hostiles; los asiáticos, inquietos por su seguridad personal, se retiraron a Filipópolis, ciudad de Tracia, y ambos sínodos rivales tronaron contra sus enemigos, a los que condenaban piadosamente como enemigos del Dios verdadero. Publicaron y ratificaron sus decretos en sus respectivas provincias, Y Atanasio, reverenciado en Occidente como un santo, fue considerado en Oriente un criminal. El Concilio de Sárdica revela los primeros síntomas de discordia y de cisma entre la Iglesia latina y la griega, complaciente con el arrianismo, y separadas por una discrepancia accidental en una cuestión de fe y por una diferencia permanente en la lengua.
El emperador Constante manifestó su decisión de emplear las tropas y los tesoros de Europa a favor de la causa católica, y expresó a su hermano arriano Constancio, mediante una epístola breve y perentoria, que, a menos que consintiera en la inmediata rehabilitación de Atanasio, el mismo, con una flota y un ejército, pondría al arzobispo en su sede de Alejandría. Constancio, que se debatía a la sazón en una guerra contra los persas, tuvo que permitir a ragañadientes la entrada del arzobispo en la capital, que fue una procesión triunfal. Su ausencia y la persecución sufrida le habían granjeado el cariño de los alejandrinos. Su autoridad se estableció con mayor firmeza, y su fama se extendió desde Etiopía a Britania, a lo largo de todo el mundo cristiano. Pero la llegada de Constancio al trono renovó la persecución de la iglesia católica por parte de los arrianos. El emperador sabía que tenía que aniquilar al intrépido campeón de la fe nicena para que la doctrina arriana tomara todos los resortes de poder de la Iglesia. Atanasio quedó como el único gran abanderado del Credo de Nicea, y contra él se lanzó todo el furor de una Iglesia dominada por obispos arrianos. Cuando el primado de Egipto, abandonado y proscrito por la Iglesia latina, quedó privado de todo apoyo extranjero, Constancio envió a dos de sus secretarios con el cometido verbal de anunciarle la orden de su destierro y ejecutarla. Pero Alejandría, inflamada por el celo religioso y su pasión por su obispo, no lo permitió, y el emperador tuvo que lanzar a un ejército de cinco legiones mandadas por Siriano, para aplastar la resistencia alejandrina. Durante al menos cuatro meses, Alejandría quedó expuesta a los insultos de un ejército licencioso acicateado por los eclesiásticos arrianos. Los obispos arrianos comunicaron al pueblo que la cabeza de Atanasio sería el regalo más agradable para el emperador. Condes, prefectos, tribunos y ejércitos enteros se emplearon a fondo y sucesivamente para perseguir al obispo fugitivo. Los numerosos discípulos de Antonio y Pacomio en la Tebaida escondieron al primado fugitivo, cambiándolo de casa y escondrijo casi todas las noches. A veces entraba en Alejandría, confundido entre la multitud, y allí en lugares secretos leía a los fieles su titánica hazaña teológica, El Símbolo.
Desde las profundidades de su refugio inaccesible, el intrépido primado libró una guerra prometeica, incesante y ofensiva contra los protectores de los arrianos y la cobardía inmoral de la mayor parte de los obispos de la Iglesia, y sus oportunos escritos, difundidos eficazmente y estudiados con ahínco, contribuyeron a unir y animar al partido católico. En sus apologías públicas, que dirigía al emperador en persona, algunas veces simulaba alabar la moderación, mientras que, al mismo tiempo, en invectivas secretas y vehementes, mostraba a Constancio como un príncipe débil y malvado, ejecutor de su familia, usurpador del poder y Anticristo de la Iglesia. La larga lucha entre atanasianos y arrianos desgarró por completo la sociedad civil, produciendo muertes, e innumerables injusticias. Y estas divisiones del cristianismo postergaron en al menos ochenta años la ruina completa del paganismo, y los príncipes y obispos, inquietos por los conflictos y el peligro de la rebelión interna, siguieron con menor interés el apostolado y la conversión de los infieles paganos.
Con la llegada al trono de Juliano el Apóstata, Atanasio, adalid infatigable de la consubstantialitas católica, pudo aprovecharse del edicto del nuevo emperador de 22 de febrero del 362 para volver a Alejandría. Pero esta alegría le duró poco; Juliano quiso restaurar a los viejos dioses como dioses del Imperio, y la popularidad del obispo Atanasio, creyendo que podría representar un peligro para sus propósitos restauradores, le indujo a desterrarlo de Alejandría y a perseguirlo después con denuedo para apresarle, teniendo que vivir el propio Atanasio en la tumba de su padre.
Mientras los romanos languidecían bajo la infame tiranía de eunucos y obispos, sólo la figura viril de Atanasio se nos agiganta, consiguiendo su solo celo titánico que el arrianismo no fuese el fundamento teológico de la Iglesia de Cristo. Sin Atanasio hoy la Iglesia sería arriana, con lo que la mundivisión de la Humanidad sería otra, y nuestra cultura otra. Ningún otro teólogo ni Padre de la Iglesia ha influido tanto en el destino de la Humanidad. La influencia de la teología atanasiana en el mundo que conocemos ha tenido efectos absolutos en la configuración de nuestra realidad humana.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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