Siria. La explosiva II
sábado 04 de agosto de 2012, 20:40h
En marzo de 2011 prendió la chispa de la rebelión miliciana contra el régimen de Bachar el-Asad en Deraa, Hama, Homs y algunas localidades sirias de menos monta. Visto desde hoy, tales rebeliones diseminadas eran lo menos que podía ocurrir dentro del panorama agitado del norte de África y Oriente Próximo.
Lo que, hoy, también resulta evidente es la determinación recíproca con que actuó desde un principio el ejército sirio a las órdenes de los generales Daoud Rajha (ministro de Defensa sirio entre agosto de 2011 y julio de 2012) y Asef Chawkat (miembro del mismo ministerio entre septiembre de 2011 y julio de 2012).
Con una cadencia que alcanza en total año y medio, las insurrecciones del ejército de liberación de Siria, por su parte, no han cejado, una y otra vez, en desafiar a las fuerzas gubernamentales. Así, hasta llegar a la insurrección antigubernamental que tiene lugar en Alepo, sin que sea previsible apuntar a un desenlace claro del sitio que, barrio por barrio, practican las tropas fieles a Asad y a su hermano Maher -otro mastín del régimen-. Este segundo conflicto armado, hijo de las revueltas populares en países árabes, hace recordar el que tuvo por escenario la Libia de 2011. Las primeras impresiones, empero, engañan con frecuencia. Mientras que el conflicto armado en Libia tuvo por escenario el desierto, Siria constituye un reducto territorial limitado, con ciudades y aglomeraciones de población considerables, en medio de unas naciones vecinas altamente incendiables, como son Líbano e Iraq, por no hablar de Israel.
Desde nuestro punto de vista, la clave del conflicto reside en la geografía misma del teatro de la guerra civil en que ha devenido el enfrentamiento entre las milicias rebeldes y el ejército gubernamental. Se trata de la clave mayor que explica el enraizamiento prolongado de su trayectoria. Desde hace meses, Naciones Unidas decidió evitar una masacre en Siria. El Consejo de Seguridad no acertó a concitar una mayoría compacta para actuar al servicio de la intención pacificadora; Rusia y China alegaron que tal intervención equivalía a una interferencia en un conflicto interno que las partes habrán de resolver sin injerencias internacionales. Incluso, hoy, con el sitio de Alepo a la vista, el Kremlin se declina con reiteración por la validez de su moción. La Comisión inspectora de la ONU ha fracasado a causa del encarnizamiento con que las partes se hostigan mutuamente siempre que pueden; y aunque el atentado del 18 de julio último se ha llevado por delante a las cabezas militares del régimen de Siria, no está claro que ocurrirá en el país a lo largo de los ¿días? ¿semanas? por venir.
Turquía y la Liga de Estados Árabes han procurado mediar; es más, siguen en ello, con el ministro turco de Exteriores a la cabeza. Netanyahu ha optado (con la crisis -múltiple- de Israel a cuestas) por aquella sentencia de la antigua jurisprudencia romana: quieta, non movere. Mientras que en Barack Obama aumenta la inquietud por si la situación en Siria se prolonga hasta las vísperas de las elecciones presidenciales del próximo noviembre; sospechamos que con delectación morosa por parte del Kremlin.
Nunca han sido situaciones internacionales -como la de Siria- cómodas de resolver para los intereses extranjeros involucrados en éstas. Lo que es más, parte considerable de estos intereses contribuye deliberadamente a la prolongación del conflicto y al incremento de sus víctimas. Indistintamente del envoltorio retórico en que se enfundan pretendiendo engañar a la audiencia.
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Historiador. Profesor emérito (UNED)
VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes
Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías
sobre España y el Magreb
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