Intercambio de parejas
sábado 11 de agosto de 2012, 21:27h
La semana pasada, hablando de cómo cundió el esnobismo durante la época feliz del pelotazo, aludí al swinging, el intercambio de parejas. Aunque no se trata ni mucho menos de una práctica extendida –el nuevo rico ha preferido en esto seguir la tradición decimonónica del prostíbulo-, en ciertos sectores particularmente chics parece haberse vuelto tan normal como la cocaína, una droga prohibida que en las fiestas más sofisticadas se sirve con la naturalidad con que se ofrecen berberechos. De no haber sido porque un matrimonio amigo recibió días atrás una invitación formal para asistir a una “swing party”, jamás se me hubiera pasado por la cabeza abordar el asunto, interesante sin embargo cuando se pretende reflexionar sobre las relaciones entre prosperidad, progreso y hedonismo.
¿Qué es una swing party? A ciencia cierta no lo sé. He preguntado a varias personas de mundo y la cosa no está nada clara. Unos dicen que se trata de una fiesta “retro”, con música de baile pasada de moda, o algo parecido; otros, que una fiesta subida de tono donde cabe la posibilidad de practicar el intercambio de parejas. Mis amigos, los de la invitación, temerosos de meter la pata o de parecer excesivamente interesados (“¿Cómo se vuelve uno maricón?”, preguntó un joven periodista a Benavente. “Preguntando, hijo mío, preguntando”, respondió el dramaturgo), han preferido excusarse sin pedir aclaraciones a los anfitriones, un matrimonio inglés al que apenas conocen. Yo he hecho mis averiguaciones, aunque con escaso éxito, como verán.
El intercambio de parejas es una actividad erótica organizada desde hace décadas en clubes que se dedican legal y comercialmente a ello. Estos clubes se conocen como “swinger”. Las personas que acuden a estos lugares buscan lo que buscan y se limitan a ello. Otra cosa son ciertos grupos de alto nivel económico que han adoptado como seña de identidad la práctica del swinging. Se trata de “círculos de confianza” que funcionan como una especie de sociedad de intereses en la que la camaradería erótica, el intercambio de parejas, constituye el billete de entrada. La “masonería pélvica”, por utilizar la acertada fórmula que ha acuñado un amigo, opera como una asociación carente de ideario, cuyo principio fundamental es la idea de que el lazo que se forma entre matrimonios abiertos es más fuerte que cualquier hermandad basada en ideas o creencias.
Aunque no he podido verificar cuál es el método que se sigue para captar a los nuevos miembros, parece que lo habitual es la organización de fiestas (¿swing parties?) en las que, en determinado momento, se sugiere a los invitados participar en el juego. Por supuesto, nadie está obligado a hacerlo. El primer requisito para que se produzca el intercambio es llegar a un acuerdo satisfactorio entre las partes, el win-win de los ingleses, de modo que “no” significa siempre “no” y, por tanto, hay que decir expresamente “sí” para que cuenten con uno, quiero decir, con la pareja. El grado de implicación de los participantes depende luego de ellos, y va desde la mera contemplación –en estos lugares un espectador es un aliciente- hasta la entrega más decidida. Aunque he oído que existen protocolos sofisticadísimos y códigos de lenguaje no verbal que facilitan las transacciones, carezco de datos precisos que ofrecerles.
Los matrimonios que frecuentan este tipo de fiestas suelen tener una edad media de cuarenta y cinco años. En general, se trata de gente que cuida su apariencia, sanos, deportivos, modernos, vacíos y con un alto poder adquisitivo. Hace falta una cierta experiencia de la vida, o lo que es lo mismo, una dosis notable de desinhibición para atreverse a probar estas cosas, tan opuestas a la moral vigente. A ello hay que añadir un temperamento hedonista y libertino, un cierto nihilismo de fondo y seguramente también una urgencia morbosa por experiencias transgresoras que alimenten el deseo. Aunque detrás de todo ello no haya en el fondo sino la sempiterna necesidad de pertenecer a algo, una necesidad que se acrecienta en las sociedades modernas, las encuestas realizadas en estos círculos revelan un alto grado de satisfacción, dato al que hay que conceder el mismo crédito que a cualquier encuesta, o sea, ninguno.
Los sociólogos dicen que la sociedad actual se divide fundamentalmente en dos clases de personas: aquellos que poseen una gran flexibilidad para adaptarse al cambio trepidante de la época y aquellos que dependen demasiado de la situación en que se formaron. Las primeras tienden a creer que todo lazo, obligación o compromiso, merma a la larga sus posibilidades. Son partidarios de probar cosas nuevas, de relativizar las ya conocidas, de exceder los límites. Las segundas, apegadas a la tradición, funcionan con creencias en las que prima la estabilidad. Sus vidas pueden resultar más seguras y consistentes, pero también más pobres. Si el cambio es para aquellas no sólo inevitable, sino deseable, para estos se trata siempre de una amenaza. A mí me extraña que las cosas sean tan sencillas, pero tengo la impresión de que mucha gente se siente cómoda con estas simplificaciones y obra en consecuencia. El resultado es un mundo muy extraño, un mundo a la deriva que quizá alguien comprenda.