crítica de cine
Silencio de hielo: el cine alemán mira al escandinavo
domingo 12 de agosto de 2012, 12:02h
El director suizo Baran bo Odar ha elegido para su segundo trabajo un thriller de estética profundamente nórdica que investiga los asesinatos de dos niñas, separados por un lapso de 23 años.
Basada en una novela del escritor Jan Costin Wagner, la cinta alemana que acaba de estrenarse en nuestro país, narra, a través de dos espacios de tiempo, la desaparición de unas niñas que posteriormente aparecen brutalmente asesinadas. La historia es, sin duda, la de una investigación policial, pero el perfil de los personajes, sus particulares reacciones y las distintas formas que tienen cada uno de ellos de encarar la terrible situación desde el correspondiente punto de vista: padres, policías, periodistas y, por supuesto, culpables, hacen que el filme sea mucho más que un thriller al uso, al menos, al uso de Hollywood. Baran bo Odar apunta claramente al cine negro escandinavo que tan de moda está en la actualidad y sólo se permite apartarse de él, situando la acción en verano. Sin embargo, aunque falte la nieve y, con ella, esos paisajes tremendamente áridos y descarnados, la atmósfera sigue siendo igual de opresiva y el director demuestra su buen hacer, mostrando la crudeza que rodea al rapto y asesinato de una niña sin provocar que el espectador tenga la tentación de cerrar los ojos en ningún momento.
Así, la escena inicial, la que tiene lugar 23 años antes de que arranque la acción principal, es capaz de enseñar todo con los mínimos recursos materiales: lo absurdo y terrible de la acción que comete la pareja de pederastas que encarna el mal narrado en la historia se entiende a la perfección. Sin necesidad de palabras o de efectismos. Y no sólo se entiende, traspasa el intelecto, hasta alcanzar el lugar indicado para que una película llegue al espectador, el lugar donde conmueve y provoca reacciones más allá de lo que uno piensa. Por otra parte, la cinta se sirve de ese lapso de tiempo que separa ambos crímenes para mostrar las huellas del tiempo y, sobre todo, de las experiencias vividas, en cada uno de los personajes. Conoceremos lo qué ha sido de ellos, empezando por la madre de la primera niña asesinada, Pía, que nunca ha superado la pérdida y sigue viviendo como si nada hubiera cambiado: desde la habitación de la niña hasta su paseo diario al lugar donde fue atacada, para dejar unas flores en la cruz de madera que señala el fatídico punto en el que todo empezó, o todo terminó. También vemos cómo ha tratado la vida al inspector que se encargó del caso y que, cuando desaparece la segunda niña, acaba de jubilarse. Él es quien, a pesar de su retiro, más se obsesiona con los puntos en común que guardan ambas desapariciones, enfrentándose a sus propios ex compañeros y al que él considera su gran fracaso profesional.
Los padres de Sinnika, la niña que desaparece de la misma forma que Pía, sirven también para explorar en el sentimiento de culpa, que es, sin duda, un elemento clave en la historia de Silencio de hielo. Especialmente de la culpa de uno de los miembros de la pareja de pederastas que conocemos en la primera escena, para quien aquello se había convertido en un pasado escondido con mucho esfuerzo, pero que revive con fuerza en cuanto empiezan a aparecer las informaciones acerca del segundo caso. ¿Habrá tenido algo que ver en ello el hombre que, durante su juventud, llegó a ser su amigo? Wotan Wilke Möring interpreta a este hombre martirizado por la culpa, que ha hecho todo lo que podía, o sabía, para no ser quien en realidad es, para no sentir los enfermizos impulsos que su amigo, sin problemas de conciencia, se dedicó a alimentar mientras estuvieron juntos. La cámara se encarga, sin necesidad de profusos diálogos, de mostrarnos la devastación que produce el choque entre el bien y el mal. Una devastación, cuyos efectos, por desgracia, duran toda la vida. O que, simplemente, acaban con ella.