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Crónica económica

Europa tras la crisis, cómo hemos cambiado

martes 21 de agosto de 2012, 21:04h
En primer lugar, la actual crisis no es independiente del euro. El BCE se plegó a los intereses de alemania en los años 2000. Entonces, el gobierno de Schroeder realizó importantes y en ocasiones dolorosas reformas. Quería lubricar la economía con dinero fácil, de modo que la protesta en la calle no fuera muy importante. Si llega la crisis tras la burbuja, Alemania estará entonces preparada para afrontarla, como así ha sido. En España, en Portugal, en Grecia, con sus peculiaridades, la historia es otra. De tener una moneda propia, habríamos tenido unos tipos de interés más altos. Pero los compartimos con Alemania. Y la burbuja, en estos países fue mayor, como mayor ha sido la caída.

Había otro motivo para la política de tipos bajos durante años del BCE, y es que se coordinó con la Reserva Federal en seguir ese curso de acción. Estados Unidos estaba en guerra, y había que financiarla. Y China inundaba los mercados de bienes baratos, de modo que esas facilidades de crédito no iban a reflejarse en precios al alza. Por un motivo u otro, el BCE puso las bases de la burbuja y por tanto es responsable de la crisis. Es decir, tenemos crisis no a pesar del euro, sino a causa de él. O por lo menos es más dura en España a causa del euro.

Esta responsabilidad es clave para entender cómo hemos cambiado tras la crisis y, sobre todo, porqué el euro llevaba inexorablemente (todo lo inexorable que puede ser un proceso histórico) a la situación actual.

En la crisis, los países más productivos y con unas instituciones más serias han sabido asumir el embite de la caída de ingresos fiscales y del aumento de pagos por los gastos sociales. En este sentido se puede comparar al euro con una mesa giratoria y a la crisis como la velocidad a la que gira. Los países que están mejor institucionalmente están más en el centro, y resisten más fácilmente la fuerza centrípeta. Pero los que están más lejos, no. Grecia, Portugal e Irlanda se habrían caído de no haberse atado a Alemania, Austria, Holanda y demás. España e Italia están casi al borde de la mesa.

La única salida a esa situación consiste en poner rápidamente las cuentas en orden y en hacer las reformas necesarias para recuperar la competitividad. El problema es que estos países (pronto se hablará, y mucho, de Francia), no pueden tomar las medidas precisas a la velocidad necesaria. Sus opiniones públicas no lo admiten. Llevamos décadas mirando a Estados Unidos y al resto del mundo por encima del hombro, explicando que los valores europeos son el culmen de la civilización, y que consisten en que el Estado de Bienestar no tiene límite. Ni económico ni moral. ¿Cómo vamos a explicar ahora que sí lo tiene? ¿Cómo vamos a dar marcha atrás si Europa sólo sabe dar pasos adelante?

Afortunadamente, otro valor europeo sale al rescate de los malhadados políticos nacionales y regionales: la integración. La integración, que sonsiste en depositar cada vez más poder en las instituciones comunes y menos en las nacionales. Por centrarnos en lo que ha ocurrido en el último año y medio, el “paquete de dos”, el “paquete de seis” y el “semestre europeo” han colocado porciones muy importantes de soberanía en manos de Bruselas. El político nacional, regional, dirá: “Yo no quería, pero nos lo ordena Bruselas”. Un nuevo recorte. “Tenemos que estar a la altura de las exigencias europeas”. Un impuesto más alto. “No podemos defraudar a nuestros socios europeos”. Una reforma económica. Y así todo.

Esa lógica deposita el poder en Bruselas. Es efectivo, porque la Comisión y el Consejo Europeo no se someten a elecciones democráticas, y por tanto no temen perder el poder por tomar medidas impopulares. La lógica es otra. La lógica es la de los países que tendrían que sujetar, en esa mesa giratoria a los demás. Es una lógica que habla de gastos controlados, reformas que permitan que los países sean productivos, e impuestos altos para que no supongan una competencia para Alemania o Francia.
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