Como reflexión al margen de las ideas y propuestas de reforma económica y política en Occidente, es menester advertir el contexto sociocultural que vivimos, y que por sí solo impone un desafío. Conviene ponderar el entorno que enfrentan cualesquiera iniciativas político-económicas de los gobiernos. Lo primero que debe reconocerse es que Occidente vive una realidad de descomposición sociocultural. Reconocerlo no es necesariamente un acto pesimista. Si se dan los golpes de timón correctos, ésta puede resultar una crisis que anteceda un estado de cosas superior. Partamos advirtiendo que todo cambio político debe sustentarse en el consenso que se deriva de la cultura constitucional de la nación, pues toda semilla siempre surgirá de ese subsuelo. Tal y como lo advirtió el Premio Nobel D. Kahneman, la democracia no funciona donde no hay cohesión de valores comunes, y uno de los graves problemas socioculturales que estamos viviendo, es el pertinaz sabotaje de los consensos morales. Es un fenómeno propio de las sociedades hedonistas, que son aquellas donde se invirtió la escala axiológica. En el pasado, al menos existía la común convicción de que el sentido de la vida era el servicio al semejante como una vía para trascender espiritualmente. Hoy, -volcando la tabla de valores-, ese ideal cristiano del compromiso se pretende sustituir por una propensión hacia el placer, y por consecuencia, al “descompromiso”. Es un mercado de vivencias cada día más exigente. Pues en tanto más incondicionalmente las vivencias se convierten en nuestro sentido existencial, más voraz se torna el apetito por consumirlas. Comunidades que, ante la interrogante respecto de ¿con qué fin trascendente vivir?, contestan: “nuestra vida es su propia finalidad”. Lo que Schulze denominó, “sociedades de acontecimientos”.
Tal descomposición sociocultural rebasa al fenómeno político y arrastra consecuencias que influyen para mal en la vida republicana. La primera de ellas es el deterioro del principio de autoridad. ¿Por qué? Toda sociedad centrada en la aspiración lúdica como valor supremo, generará ciudadanos con alta propensión al egoísmo, desafiantes, y ávidos de derechos sin deberes. Es un fenómeno que no solo amenaza a la política, sino también a la educación. Las sociedades frívolas desprecian las jerarquías naturales que surgen como resultado de los grados de la calidad. Por eso, los diques de contención que separan la sensibilidad de la vulgaridad, hoy sufren un embate pertinaz. El peligro del menoscabo de la autoridad es que engendra autoritarismo y caos.
Otro residuo brutal de la frivolidad social, es el sabotaje a la cultura y la perversión de lo que ésta significa. Es cierto que hoy la información abunda, pero la cultura es algo diferente. Ella no se limita al conocimiento sino que lo antecede. La cultura es una vocación del espíritu que, -cual designio-, da sentido y orientación moral a los conocimientos. Les sirve de guía y soporte. No está determinada por la cantidad de datos, sino por la calidad de éstos. De ahí que, originalmente y durante siglos, la cultura fue un concepto ligado a la teología. En las nuevas generaciones, -donde abunda el saber informativo y escasea el saber orientativo-, tal sabotaje está provocando que el hombre culto, o el pensamiento que se atreve a traspasar las fronteras de lo utilitario, sean especies en vías de extinción. Esta situación acarrea un gran peligro para la vida política nacional, la cual termina tomada por especialistas, o en el peor de los casos, por cortesanos y por ígnaros. En un escenario cínico, el hombre con visión integral no encaja. En su premonitorio ensayo “
La barbarie del especialismo”, Ortega y Gasset, -que era un profeta-, predijo los perjuicios de la tecnocracia. Si bien es cierto la especialización es hija del progreso, solo el hombre con genuina visión cultural, tiene la sensibilidad para tejer los lazos que permiten al progreso producir el enriquecimiento moral necesario al colectivo. Así, un obstáculo que nuestra realidad sociocultural adiciona al ya consabido tema de la reforma política, es el problema de la mala calidad del material humano que en ella participa.
Si sabemos que la familia es la primera transmisora de la cultura, otra alarmante manifestación de nuestra realidad sociocultural es el incisivo embate que ella sufre hoy. Permítanme solo una ilustración. Lo leí en una entrevista periodística que días atrás se le hizo en mi país, -Costa Rica-, a una activista de la ideología de género. Audazmente arropada en su “moderna” concepción de familia, textualmente contestó lo siguiente al periodista que la entrevistaba: “
La maternidad es una ficción que hemos construido porque la consideramos necesaria, y se les atribuyó a las mujeres…”. Tras semejante afirmación recordé que Baudrillard sostenía que el drama de las ideologías posmodernas consiste en que no solo sabotean los consensos morales más básicos, sino que atentan contra el principio mismo de la realidad. Y esa afición “deconstructiva”, -que insiste en relativizar el valor-, deforma a nuestra juventud al subvertir su confianza en la verdad. Terminan convencidos de que no existen certezas éticas, políticas ni culturales.
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