El problema sirio
viernes 09 de noviembre de 2012, 00:58h
El presidente de Siria, Bashar al Assad, amenazaba ayer a los que claman por una intervención en su país con el argumento de que ésta “sería mayor de lo que el mundo se puede permitir" y tendría un efecto dominó desde el Atlántico hasta el Pacífico”. Añadía además que Siria es “el último bastión del laicismo, la estabilidad y la convivencia en la región”, en un vano intento de ponderar las “virtudes” de su régimen.
Lo que está llevando a cabo Bashar al Assad con su pueblo es un genocidio en toda regla. Dicho lo cual, parte de sus aseveraciones sobre la actual situación de su país tienen cierta base. A día de hoy, es prácticamente imposible que la comunidad internacional pueda acordar una intervención militar en Siria, fundamentalmente por Rusia -y, en menor medida, China e Irán-. Ello le permite a Bashar al Assad hacer gala de una impunidad que, sin embargo, no durará eternamente. Los opositores, lejos de amilanarse, han dado ya muestras de un cierto orden militar y organizativo. Y, de seguir así, es bastante probable que quienes aún profesan alguna lealtad al régimen den su apoyo a los rebeldes.
Unos rebeldes a los que, por otra parte, conviene analizar bajo un prisma tan amplio como objetivo. Porque además de los que luchan por poner fin al totalitarismo criminal de al Assad están también islamistas radicales y, ahora también, miembros de Al Qaeda. Hasta ahora, laicos y no musulmanes en general disfrutaban de un estatus de libertad inviable en otros países musulmanes. Es por eso que la comunidad internacional debe velar no sólo por un relevo en el gobierno de Siria, sino por una transición en las mejores condiciones a la hora de garantizar derechos y libertades; algo que ahora no hay pero que posiblemente tampoco habría si los islamistas se hacen con el poder.