www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

CRÍTICA

Javier Rupérez y David F. Vítores: El español en las relaciones internacionales

domingo 25 de noviembre de 2012, 14:14h
Javier Rupérez y David F. Vítores: El español en las relaciones internacionales. Ariel/Fundación Telefónica. Barcelona, 2012. 143 páginas. 15 €
Nunca se insistirá bastante en que el español es uno de nuestros mayores bienes. No solo es el idioma común que nos une a todos los españoles sino que es la segunda lengua del mundo, hablada por alrededor de 450 millones de habitantes nativos, cifra que se incrementa en unos cincuenta millones si contamos con quienes la han aprendido como segunda lengua, aprendizaje que, por cierto, lejos de disminuir avanza cada vez más. Y ello sin olvidar que es privilegiado vehículo de una potente cultura, compartida a uno y otro lado del Atlántico. Todas las iniciativas que se pongan en marcha para estudiar, dar a conocer la realidad de nuestra lengua y preguntarse por su presente y futuro merecen atención y apoyo. Máxime cuando se ha emprendido con la solvencia que caracteriza al proyecto que en este ámbito viene auspiciando, desde hace más de cuatro años, la Fundación Telefónica, dirigido por José Luis García Delgado, José Antonio Alonso y Juan Carlos Jiménez.

Dicho proyecto se ha dividido en dos fases y, entre otros frutos, ha dado a la imprenta varias monografías como Atlas de la lengua española en el mundo, de Francisco Moreno y Jaime Otero, El español en la red, de Guillermo Rojo y Mercedes Sánchez y Economía de las industrias culturales en español, bajo la coordinación de Manuel Santos Redondo, entre otros títulos. El volumen que da pie a este comentario viene a sumarse a esta imprescindible serie y lo hace ocupándose de un asunto que encierra, sin duda, un especial relieve: el papel que desempeña el español en el campo de las relaciones internacionales, su peso específico en las instituciones y foros que aglutinan a las naciones. A la importancia de la cuestión se añade la más que idoneidad de los autores de los dos trabajos aquí reunidos: Javier Rupérez y David F. Vítores. El libro incluye también diez breves “acotaciones”, a cargo de personalidades vinculadas de una u otra forma a la cuestión y que participaron en un seminario convocado por Fundación Telefónica en relación con el proyecto. Dichas “acotaciones” se deben a Fernando García Casas, Santiago de Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón, Emilio Lamo de Espinosa, Eloy Ibáñez Bueno, Ingeborg Moller-Rizo, Francisco Moreno Fernández, Fernando R. Lafuente, Álvaro Delgado-Gal, Manuel Valdivia-Benzal y Juan Martínez Guillén.

Resultaría imposible resumir en unas líneas la dilatada y brillante trayectoria del político, diplomático y escritor Javier Rupérez (Madrid, 1941). Recordemos, entre otros cargos y cometidos, que presidió las Comisiones de Asuntos Exteriores y de Defensa del Congreso de los Diputados, fue presidente de la Asamblea Parlamentaria de la OTAN, de la OSCE y de la Internacional Democristiana, subsecretario General de la ONU en Nueva York, y director del Comité Antiterrorista de su Consejo de Seguridad –Rupérez sufrió en sus propias carnes el zarpazo terrorista al ser secuestrado por ETA en 1979. Asimismo, ha desarrollado una intensa labor como embajador de España en diversos países y organismos, entre ellos, Estados Unidos, la OTAN y Naciones Unidas, y entre sus obras se encuentran los ensayos Europa entre el miedo y la esperanza, España en la OTAN, Memoria de Washington, El espejismo multilateral, y la novela El precio de una sombra. Por su parte, David F. Vítores (Madrid, 1971) es profesor de Traducción e Interpretación de la Universidad Complutense de Madrid y cuenta con una larga experiencia como traductor e intérprete en la Unión Europea (UE) y Naciones Unidas (ONU). Citemos entre sus publicaciones La Europa de Babel y Lengua y reconstrucción nacional en la CEI.

Tanto Rupérez como Vítores ofrecen un riguroso acercamiento y una sugerente reflexión sobre la posición del español en Naciones Unidas (ONU) -parcela de la que se ocupa especialmente el primero, mientras que el segundo se centra en la Unión Europea (UE)-, que se acompaña de útiles gráficos, bibliografía, y anexos que reproducen significativos documentos al respecto. Y lo llevan a cabo de manera muy accesible y diáfana, lo que convierte el volumen en harto recomendable tanto para especialistas como para el público en general.

Nuestra lengua alcanza pronto en la ONU la categoría de oficial -donde es la tercera en la redacción de sus textos-, e igualmente lo es en la UE, por lo que, en líneas generales, no está mal situada en la escena internacional. Pero esa buena posición reside más en el plano teórico que en el práctico y del día a día, donde se aprecia realmente el poder de cada uno de los idiomas presentes en los organismos internacionales. Así, como queda patente en este libro, hay una gran brecha entre las lenguas oficiales de iure y las lenguas de facto, resultando que si en el primer caso el español está bien colocado, en el segundo padece una considerable marginación. Así, en la UE, las veintitrés lenguas que son oficiales se consideran de trabajo, pero, a la hora de la verdad, prácticamente solo se utilizan el inglés, el francés y el alemán. En este sentido, la política lingüística del Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero -sobre todo a través de su intento de situar a las lenguas cooficiales de España al mismo nivel que la común de todos- generó desconcierto, y no contribuyó precisamente a paliar la indeseable situación de falta de peso real de nuestra lengua en los foros internacionales.

Con toda razón, coinciden Javier Rupérez y David F. Vítores en que resta, pues, mucho trabajo por hacer en este campo y es, sin duda, una tarea que no debe posponerse. En ella se impone una estrategia coordinada, para que sea lo más efectiva posible, entre España y los países iberoamericanos. Entre las conclusiones de su investigación, Rupérez señala: “Frente a la hegemonía del inglés como lingua franca en las relaciones internacionales, el español debe basar el mantenimiento de su influencia en asegurar los espacios donde existe como primera lengua y en ampliar los todavía escasos en donde lo hace como segunda lengua”. En este último aspecto, resulta de especial interés su llamada de atención sobre los hispanos y lo español en Estados Unidos: “El bilingüismo progresivo en los Estados Unidos de América sería, de confirmarse, la mejor esperanza para la expansión del español en el inmediato futuro”.

Y apunta también el diplomático: “España, en contacto, colaboración y cooperación con todos aquellos países que compartan el mismo interés por la defensa y la promoción de la lengua, debe atender en primer lugar a la defensa rigurosa de los espacios oficiales reconocidos por las organizaciones internacionales, sin excesos nacionalistas pero sin pudores bienintencionados”.

Contra esos pudores, tan del gusto de la inanidad de lo políticamente correcto, no quisiéramos dejar de destacar la muy oportuna referencia de Rupérez a la situación del español en nuestro propio país: “Aunque, casi da vergüenza el decirlo, el primer espacio donde debe ser potenciada nuestra lengua es en nuestro propio país. Arduo sería exigir de los comunitarios respeto y consideración para con el español si en sus mentes albergan algunas dudas sobre el tratamiento que el castellano está recibiendo en nuestra tierra y sobre la posibilidad de que sectores enteros de la población ya no lo conozcan o lo estén abandonando a favor de lenguas regionales o al servicio del inglés”. Sin la menor duda, una decidida política de Estado en este sentido es tan prioritaria como el respaldo a la lengua común de todos los españoles en los organismos internacionales.

Por Carmen R. Santos
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios