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Crítica de cine

Sin tregua: la vida de un policía en territorio hostil

domingo 09 de diciembre de 2012, 10:55h
Se trata del tercer largometraje dirigido por David Ayer, más conocido todavía por su faceta de guionista en la que ha destacado con títulos como Training Day, protagonizado por Denzel Washington, SWAT o el thriller ambientado en un submarino durante la Segunda Guerra Mundial, U-571. En Sin Tregua, Ayer continúa explorando el mundo policial pero lo hace renunciando claramente a narrar única una trama concreta, para elegir centrarse en retratar el día a día de una pareja de jóvenes policías que patrulla en uno de los distritos más violentos de la ciudad de Los Ángeles, conocida precisamente por ser territorio extremadamente hostil para las fuerzas del orden. El director nacido en Illinois quiere que el espectador conozca a Brian y Mike, los dos policías protagonistas de la cinta, a través, no sólo de los casos con los que tienen que enfrentarse, sino también por lo que constituye su vida personal. Para ello, Ayer recurre a distintas vías, la primera y más efectista de ellas consiste en la utilización de diversas cámaras que nada tienen que ver, en principio, con el rodaje puramente profesional.

Así, Brian, el policía interpretado por el camaleónico actor Jake Gyllenhaal, lleva siempre una pequeña cámara de mano con la que, según asegura a todos sus compañeros, pretende documentar, para un proyecto personal, la arriesgada profesión de la policía. Lleva, asimismo, una de esas otras pequeñas cámaras espía que se confunden con el botón de la camisa, sin olvidar la cámara del salpicadero del automóvil policial que graba los incidentes a los que se enfrentan durante las horas de patrulla. Precisamente, los primeros minutos de rodaje, son estas “otras cámaras” las que parecen tomar el mando de la narración, como si la cámara “de verdad” les cediera todo el protagonismo. Sin embargo, las imágenes tomadas por la policía tampoco son las únicas, porque muchos de los delincuentes de bandas con los que tienen que lidiar son igualmente aficionados a grabar sus fechorías para la posteridad con las cámaras incorporadas a los smart phone.

Por otra parte, las conversaciones de Brian con su compañero Mike, a quien da vida un convincente Michael Peña, durante las horas que pasan en el coche patrulla, sirven también a Ayer para acercarnos a las preocupaciones personales de dos hombres que, desde que se conocieron en la Academia de policía, se han convertido en inseparables. Ellos mismos se consideran hermanos y el director ofrece al espectador escenas exclusivamente familiares, que dejan fuera por completo el peligroso trabajo que realizan los dos hombres cuando se visten de uniforme. Y, sin embargo, a pesar de todos estos elementos íntimos, la acción resulta tremendamente intensa y no olvida retratar, también desde dentro, a la otra parte, a aquellos que están en el lado contrario a la ley. Se trata de escenas que no escatiman para nada la violencia, incluida la de su manera de hablar, ni la multitud de peligros que amenazan a los hombres que se juegan la vida para hacer respetar la ley y proteger a quien lo necesita. De hecho, llega en algún momento a dar la sensación de filme realizado exclusivamente como homenaje al cuerpo de policía, aunque Ayer lo compensa, porque no son Brian y Mike los únicos policías que nos enseña y, como en todas las profesiones, también los hay que prefieren quedarse cortos a pasarse en el cumplimiento de sus obligaciones.

El caso de Brian y Mike es, por supuesto, el contrario. Empiezan a destacar por ir un poco más allá, como cuando entran en una casa en llamas para salvar a dos niños sin esperar la llegada de los bomberos. Eso sí, Ayer los convierte en héroes pero sin olvidar el lado humano, que se refleja cuando ambos se preguntan, después del incidente, si se consideran héroes o, más importante aún, si volverían a hacerlo de nuevo. Es en ese momento, al empezar a destacar por encima de las demás parejas de agentes uniformados, cuando se colocan en la diana de los cárteles del tráfico de drogas y de personas, y el filme empieza atar cabos en la que es, en realidad, la única trama común de esta cinta como el punto en el que van a converger algunas de las distintas historias que hemos ido conociendo, hasta llegar a un final, quizás, demasiado previsible.
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