Será llamado hijo de Dios
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 14 de diciembre de 2012, 19:50h
La Iglesia nos proponía como perícope del evangelio el día de La Purísima un fragmento de San Lucas, el mejor evangelista desde el punto de vista literario, en el que el Arcángel Gabriel anunciaba a Nuestra Señora que lo que de Santo nacería en ella sería llamado “Hijo de Dios”. Esto es, “quod nascetur ex te Sanctum, vocabitur Filius Dei”. La oración adjetiva sustantivada, haciendo de sujeto de “vocabitur”, nos señala Algo que nacerá ya de sí santo, sin pecado original alguno. No se trata de un nasciturus con una cualidad adjetival, “sanctus” o “sancta”, sino de una sustantividad hipostática; lo “sanctum” es la santidad. Jesús no será santo por su vida o por sus obras, sino por su esencia divina, porque Él es Dios, la Santidad misma. Esta Santidad primordial de Jesús nos recuerda la santidad prístina, fundacional, de toda la Creación, proyección misma del Mismo Dios. Por ello el zapatero de Görlitz, Jakob Böhme, padre de la filosofía alemana, sostenía que en el centro profundo o fondo de cada cosa latía aún esa santidad fundacional, que cada Navidad quisiera restaurar. Jesús es una vuelta al Paraíso sin la costra del pecado o mal que tienen todas las cosas y criaturas. La persona de Jesús representa el retorno al Paraíso, representado en Él Mismo, a través del vientre inmaculado de María. Creador del Paraíso primero y Paraíso Él Mismo viene al mundo para levantar los estratos del pecado que ocultan la gran obra de Dios. Y la Virgen acepta con humildad ser la transmisora de este prodigio teológico. “Ecce ancilla Domini, fiat mihi secundum verbum tuum”. ¿Conocía la Virgen su “extraña situación” de haber nacido sin pecado original? Naturalmente que no. Ese conocimiento la hubiera programado de tal modo que hubiese hecho imposible que su aceptación de ser la Madre de Dios fuese un acto libre. La Virgen fue una criatura santa por su vida y sus obras, y esa “santidad humana” también la transmitirá a su hijo. Es así que Jesús no sólo será “lo santo” por antonomasia, como Dios que es, sino también un hombre santo conducido durante muchos años por la mano sabia y justa de su Santa Madre.
Hoy la Navidad no es más que una especie de combinación del optimismo bobalicón, carente de todo fundamento, de un ateo americano opulento con el pacifismo de un hinduismo amable o de un jainismo sosegador. La Navidad tiene un carácter doméstico, y por esa razón la mayoría de la gente se prepara para viajar entre agobiantes cortes, interrupciones y embotellamientos en las carreteras, aguantando colas interminables de muchos kilómetros. Y es que la fiesta de la familia ( “vuelve a casa por Navidad” ) convierte a todos los ciudadanos en vagabundos que pueden tener aventuras, si a esto se añaden las oportunas huelgas del ramo. Y en esos vagabundos errabundos que intentan volver a la casa matriz nos parecemos un poco a la Familia Arquetípica de La Navidad, la Sagrada Familia, a la que viene el Niño Dios durante un viaje a Jerusalén. El nacimiento de un Dios sin techo es celebrado, paradójicamente, en todos los hogares calentitos con techo. Y si la Navidad – decía Chesterton – se volviera más familiar, en vez de menos, aumentaría enormemente su verdadero espíritu, que es el espíritu infantil.
Dejemos al menos una noche para que las cosas puedan brotar desde el interior; y un día para que los hombres puedan buscar todo cuanto se ha quedado en lo más profundo de su ser. Y puedan descubrir dónde se oculta, tras esas puertas y ventanas cerradas firmemente contra el frío y la nieve, el espíritu de la libertad que nos trae Cristo Niño cada año.
Quod nascetur ex te sanctum vocabitur Filius Dei. Del seno inmaculado de la joven María vuelve al mundo la primera santidad del mundo, enseñándonos que aún puede habitar entre nosotros, y que el mundo puede ser aún humanamente habitable. Es seguro que esta vuelta al Paraíso será breve, como mucho, unos pocos días y, seguramente, sólo unas pocas horas o minutos, pero será suficiente para recordarnos que nuestra verdadera naturaleza, aquélla que mejor encaja con la configuración de nuestra ser, es la que quebrará tras la Navidad el polvo del mundo, la pesada corteza del mal que ahoga el Paraíso, y que cada día nos parece más lejos, sobre todo en estos tiempos duros. El mundo continuará su avance y probablemente llegará a funcionar peor. Sabemos por experiencia histórica que toda la humanidad puede volverse y andar atrás sobre sus propias huellas; que el progreso puede dejar de progresar, o hacerlo en un sentido contrario a lo que ha sido considerado como progreso durante siglos. Progresar o andar hacia adelante nunca ha establecido hacia dónde, y no está escrito que el futuro tenga que ser mejor que el presente o el pasado. De hecho, el único futuro personal real es la muerte de cada uno. No sólo el futuro puede perder, sino dilapidar todo lo que nuestros padres más estimaron y por lo que con más ahínco lucharon.
Puede restaurar, no solamente, sino exclusivamente, todo lo que nuestros abuelos estuvieron obligados a abandonar o fueron incapaces de defender. El mundo está en marcha otra vez, pero en otro sentido…Lutero exageró, si ello es posible, la debilidad humana; la debilidad de toda la humanidad.
Quod nascetur ex te sanctum vocabitur Filus Dei. A través del seno inmaculado de la Virgen lo más humano llega. Porque es imposible creer que el vientre de María sea sólo un mero cauce biológico a través del que Dios llega a este mundo, sin que ese cauce no impregne el agua divina del perfil peculiar de María. Jesús debía tener los ojos de su Madre, los cabellos de su Madre, la sonrisa de su Madre, los andares de su Madre y, por qué no, ciertas singularidades egregias de su carácter: valor, dulzura, ternura, enorme resistencia física, solidaridad, comprensión, amor a los pobres y a la justicia; o particularidades de su exquisita mente: memoria, ingenio plástico, agudeza, fuerza poética, etc. Todo eso era María. ¡Todo eso! El resto, su divinidad, fueron el mensaje, los milagros, su Resurrección y su Ascensión a los Cielos. El resto fue la vida con capacidades ilimitadas, propias de la Edad de Oro o Paraíso. ¡Pero amamos tanto lo que de María vemos en Jesús!
Quod nascetur ex te sanctum vocabitur Filius Dei.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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