www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Patriotismo, Constitución y hasta falta consenso entre los autores

Juan José Laborda
x
1718lamartingmailcom/12/12/18
viernes 28 de diciembre de 2012, 20:29h
Al patriotismo, como a la democracia, le suelen sobrar los calificativos para asegurar su auténtica naturaleza. En ese cambio de vocabulario siempre he recurrido a George Orwell, pues, con su autoridad de amigo de España y de todos los combates contra las tiranías, resumió bien una idea de patriotismo clásico que llega desde Tucídides, pasando por Voltaire, hasta nosotros. Orwell escribió en 1945: “el nacionalismo no debe ser confundido con el patriotismo. Entiendo por patriotismo la devoción por un lugar determinado y por una particular forma de vida (…) contrariamente, el nacionalismo es inseparable de la ambición de poder.”

En esa particular forma de vida están inscritos los principios del Estado de Derecho. En 1776, Edward Gibbon describió la noción de patriotismo, ligándolo a la libertad (el último ha sido Jürgen Habermas), pero contemplando el pasado como fuente de legitimación: “La virtud pública que los antiguos llamaron patriotismo nace del entrañable concepto con que ciframos nuestro sumo interés en el arraigo y prosperidad del (sistema de) gobierno libre que nos cupo”.

Entre nosotros, el liberal gaditano, Antonio Alcalá Galiano, escribe en su “Índole de la revolución de España en 1808”: “La palabra patria era nueva en las bocas y oídos de los españoles y si de término usado sólo en los libros pasó a ser aclamación popular, no pudo venir a uso sin traer consigo el acompañamiento de ideas que de ella despierta y abarca.” Y más adelante concreta cuáles son: “El Pueblo, así como a desobedecer, aprendió a mandar y a estarse continuamente mezclando en negocios de Estado.”

Habrá que dar una respuesta racional, pero también empapada de “inteligencia emocional”, a realidades nuevas de una sociedad como la española.

En primer lugar, respondiendo al incremento de la autoestima entre los ciudadanos. El síndrome de 1898, especialmente entre las generaciones jóvenes, ha desaparecido. Tratándose de una sociedad como la nuestra, muy relativista y con escaso interés por los grandes debates políticos, ese incremento de la autoestima puede convertirse en un imán para que una conciencia nacional atraiga, otra vez, conceptos reluctantes con los valores cívicos. La emigración y el terrorismo pueden ser el gran pretexto para que una idea unidimensional de España sirva para alentar un discurso populista, impidiendo así ese consenso patriótico que se reclama.

Parece necesario comunicar a la opinión pública una idea de España como compromiso de convivencia que contenga emoción, elementos de identificación, un sentido de la historia, activos de cordialidad que hagan sentir cercano y cálido al Estado de Derecho.

No ha de significar un retorno al casticismo. Hay una tarea previa de discernimiento. La Nación española no es esa visión de la generación del 98. Es una Nación política que comprende, en el doble significado del verbo, la complejidad cultural y lingüística de un Estado que reconoce el autogobierno de sus nacionalidades y regiones.

Ese patriotismo se sitúa en un plano distinto del nacionalismo tradicional, incluso del liberal. Es posible un patriotismo de lealtades múltiples. Juan José Solozábal ha destacado el sugerente precedente de Lord Acton: “El patriotismo es un vínculo político común a varias nacionalidades, cuya libertad asegura.”

Su desarrollo tiene anclajes en la Constitución, y en una valiosa tradición intelectual. Como ha escrito Dominique Schnapper (la hija de Raymond Aron), a propósito de ese concepto, comporta una voluntad política: “La diversidad objetiva, ya sea de lenguas, religiones o culturas, no es en principio incompatible con la creación de un espacio político común (…) La existencia de las naciones depende de la capacidad del proyecto político para resolver las rivalidades y los conflictos entre grupos sociales, religiosos, regionales o étnicos según las reglas reconocidas como legítimas.”

Un proyecto político integrador está inserto en esta propuesta de un nuevo patriotismo. No basta un reconocimiento retórico de la pluralidad de España. Es menester una voluntad firme, con sentido del Estado, para integrar no sólo a las nacionalidades, sino a los nacionalismos. La complejidad de España obedece a que la historia ha permitido la supervivencia de lenguas y costumbres civiles que en otros países europeos la eficacia del Estado centralista anuló.

Tal vez lo más singular ha sido que los pueblos que se han organizado políticamente gracias a la Constitución de 1978, con un grado diverso de “invención de una tradición”, conservaban la memoria de unas instituciones políticas que sobrevivieron desde la Edad Media hasta los siglos XVIII y XIX. La voluntad de integrar a los nacionalistas se justifica en que el proyecto político de un nuevo patriotismo busca actualizar, dentro de la Constitución, esa memoria de una singularidad institucional.

Estos párrafos anteriores los escribí en la primavera de 2001. Entonces la preocupación provenía de la deriva del nacionalismo gubernamental vasco. Hoy nos asaltan inquietudes con el nacionalismo gubernamental catalán (que entonces era garantía de estabilidad estatal). En aquel momento, aunque también faltaba el consenso necesario entre los dos grandes partidos, el llamado “plan Ibarretxe” fue rechazado por todos los que defendían la Constitución de 1978, y ese rechazo era también unánime entre los especialistas, respecto de las reglas para reformarla. Las inquietudes surgen en gran medida por esa falta de consenso dentro de la doctrina constitucional.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios