El
informe parte, para expresar las ideas de sus autores, del ejemplo de Francia. En aquél país, en una tendencia que se podría extrapolar fácilmente a otros países desarrollados. Por un lado, la desigualdad general no ha cambiado en los últimos años, en una ilustración del principio de Pareto, ese que sugiere que la desigualdad de rentas grosso modo no cambia ni con el tiempo ni con el país. No, al menos, en los países desarrollados. De hecho, y en el caso de Francia, el índice Gini ha subido ligeramente, de 0,279 en 1996 a 0,299 en 2010, y la relación entre el noveno decil de renta y el segundo fue de 2,87 en 1995 y 2,82 en 2011. Por otro lado, “la desigualdad de rentas entre hombres y mujeres ha decrecido, principalmente en los años 90”.
Pero el estudio se interesa, sobre todo, por “una forma de desigualdad que se comenta mucho menos, pero que es más importante y seria: las desigualdades entre los jóvenes y los viejos”. Hay diversas medidas de esa desigualdad. Natixis cita, para comenzar, que “los contratos de empleo temporales son mucho más comunes entre los jóvenes que entre el conjunto de la fuerza laboral, un 34 por ciento frente al 10 por ciento”.
Esto es relevante, porque “dados los costes de despido, el ajuste en el empleo durante el punto más bajo del ciclo económico afecta principalmente a los trabajadores con contratos laborales temporales y, por lo tanto, a los jóvenes”. En España está pasando precisamente ese fenómeno. En España y en toda Europa. Natixis, basándose en los datos de Francia, muestra que la curva del desempleo entre los menores de 25 años es mucho más pronunciada que la curva general. Es decir, que pierden más el empleo en las crisis. “Esta dualidad del mercado laboral”, concluye el banco, “crea una gran desigualdad en detrimento de los jóvenes”.
Pero hay más. Los precios de la vivienda han crecido en Francia a un fuerte ritmo. Para un índice de 100 en 1998, llegó a superar los 250 puntos en 2008, y volvió a hacerlo en 2012 tras una caída durante la crisis. “Los jóvenes son compradores de vivienda, mientras que los mayores son dueños y vendedores de viviendas”. El porcentaje de población que posee una vivienda es del 12,8 por ciento entre los menores de 30 años, y va creciendo gradualmente. El 46,6 por ciento entre los 30 y los 39 años, y el 71,9 por ciento entre los 60 y los 69 años. Esta situación “lleva a una transferencia de riqueza de los jóvenes a los mayores”. Una situación “exacerbada” porque los bancos no prestan a trabajadores temporales, lo que les excluye del mercado hipotecario.
Por otro lado, se ha incrementado en gran medida la deuda pública. Ésta se destina a financiar un gasto que está destinado no a un gasto que beneficie a los jóvenes para su futuro, como inversión pública o I+D o educación, sino sobre todo “un incremento en el gasto de transferencias que principalmente benefician a los mayores”, es decir, sanidad, pensiones y empleo público.