La credibilidad de Rajoy
domingo 03 de febrero de 2013, 08:20h
Ayer sábado Mariano Rajoy comparecía públicamente para responder a las últimas revelaciones del caso Bárcenas. Se le notaba incómodo, tanto por la razón que le movió a salir a la palestra como por el hecho mismo de tener que reaccionar, aspecto éste que no suele ser del agrado del Presidente. Sin embargo, las circunstancias obligaban. Tanto a Rajoy como a la plana mayor de su partido ha de concedérseles la presunción de inocencia. Presunción que, en el caso de José María Aznar, aparece refrendada al haber presentado éste una querella contra El País al considerar lesionado su honor por el diario de Prisa.
¿A qué esperan el resto de líderes populares, Rajoy incluido, para hacer lo propio, querellándose contra El País y contra Bárcenas? De momento, hay sólo insinuaciones, con letra de Bárcenas, bien es verdad. Pero anotaciones de nombres y cifras. Nada más. Y nada menos porque la lista y la letra es como para despertar legítimas sospechas y alarmar a la ciudadanía. Sin embargo, sospechas no son pruebas. Si todo queda ahí, nadie tendría nada que temer. El problema está en si aparecen pruebas que sustenten la presunta “contabilidad B” del PP, demostrando que alguno de sus políticos recibía esos pagos. En ese caso, las consecuencias serían de una gravedad máxima, inevitables e imprevisibles, tanto para el propio partido como para España, cuya imagen se deteriora cada día más. En este momento, la credibilidad de Mariano Rajoy es también la del Presidente del Gobierno de España. Y eso es algo que requiere una defensa mucho más contundente que la mera lectura de unos papeles o la tibieza con que el líder popular se lleva conduciendo desde que estalló el escándalo.
Su cargo exige una mayor exposición pública, no ya de cara a la oposición sino al pueblo español. Una oposición, dicho sea de paso, que está haciendo gala de una demagogia que se le puede volver en su contra a las primeras de cambio. Las palabras de Alfredo Pérez Rubalcaba aludiendo a la “corrupción sistémica del PP como partido” bien pueden aplicarse al suyo propio, inmerso en tantos casos o más. De hecho, ninguna de las dos grandes formaciones políticas -ni el resto, sobre todo nacionalistas- está en condiciones de dar lecciones de honestidad. La crisis puede arrastrar al sistema de partidos y a la democracia de 1978.