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La política del sentido común

David Ortega Gutiérrez
martes 05 de marzo de 2013, 20:26h
En un país como Italia, cuna de la cultura occidental y uno de los países más desarrollados del planeta, más del 50 % de sus votantes se decantan o por un cómico de profesión o por una persona como Berlusconi, para dirigir los designios de su Nación. En España estamos viviendo unos últimos meses, incluso años, en donde el desencanto con la clase política es ya un clamor popular, encadenándose los diferentes escándalos tanto en el PP/PSOE, como en los partidos nacionalistas, destacando últimamente CiU. Para razonable pensar que vivimos un tiempo complicado en nuestra vida pública y política española, que tampoco es extraño a otros países de nuestro entorno, aunque cada uno tiene sus peculiaridades.

Es cierto que no pueden pagar justos por pecadores, y que toda generalización conlleva una parte de injusticia, pero sí parece indudable admitir que la vida política española precisa de importantes cambios de actitud y, sobre todo, de resultados, que al día de hoy no parece que se estén produciendo. Los ciudadanos quieren una buena gestión de la cosa pública, que el dinero que pagan a través de los impuestos revierta en unos dignos servicios públicos (con énfasis particular en la sanidad y educación). Exigen también, y con razón, una justicia más rápida e independiente en sus escalones más altos (CGPJ y Tribunales Superiores), unas inversiones en infraestructuras razonables y proporcionadas a las necesidades reales de los ciudadanos (demasiados aeropuertos vacios y costosas instalaciones sin sentido) y, muy especialmente, que no se lleven su dinero por la puerta de atrás, ni a través de las diferentes instituciones públicas, ni a través de las diferentes entidades financieras. Da la sensación preocupante que el sistema está realmente tocado y hace falta una reacción firme y adecuada a la altura de la gravedad que vivimos 47 millones de españoles.

La política española precisa hoy de mucho sentido común ante tanto desatino. No es el momento de las hipérboles ni de las exageraciones, y menos de los insultos y descalificaciones, basta con explicar a los españoles la realidad que estamos viviendo con la mayor objetividad posible. Una parte de la misma se encuentra en la estructura obsoleta y viciada de los partidos políticos tradicionales, cuyos mecanismos internos de selección de líderes y control de los dineros públicos en la gestión que algunos realizan, ha llevado a España al borde del abismo. La deuda generada en estos últimos años de manera tan irresponsable sumada los periódicos casos de corrupción, genera una acentuada y lógica desconfianza en los gestores públicos.

Ante esta realidad, y cierta orfandad política que siente el ciudadano, no queda más camino que la reconstrucción, que ponerse manos a la obra para recuperar el sentido común y el gusto por el trabajo bien hecho. A la vida pública española tienen que llegar personas que afronten esta situación y no miren a otro lado o convivan con ella como si nada. Es tiempo de cambio, y de cambio reflexivo y meditado. Hay que evitar los extremos y a los charlatanes, y trabajar duro por la regeneración de nuestra castigada vida política. Ello implicara sufrir la burla y el desprecio, si no algo más, por quienes quieran mantener el status quo conquistado y que ven peligrar, pero la clave está en la perseverancia, el equilibrio y la firme determinación de que merece la pena y es imprescindible mejorar la formación ética y profesional de nuestros representantes públicos, sobre todo de aquellos que están en los puestos más claves y determinantes.

David Ortega Gutiérrez

Catedrático de Derecho de la URJC

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