Cohesión social y democracia
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 08 de marzo de 2013, 20:13h
“El patriotismo es tan necesario como el cosmopolitismo, porque los Estados democráticos modernos son empresas comunes sumamente exigentes con su auto gobierno. Exigen que sus miembros pongan mucho de su parte, puesto que requieren mucha mayor solidaridad hacia sus compatriotas que hacia la humanidad en general. Y el éxito de esas empresas depende de que sus miembros experimenten un fuerte sentimiento de identificación mutua”
Se diría, en verdad, que tales palabras se escribieron a finales del siglo pasado- Ch. Taylor, “Por qué la democracia necesita el patriotismo”, apud M. C. NUSSBAUM et alii, Los límites del patriotismo, Barcelona, 1999, p. 146- con un destinatario preferente: la España de 2013. En su despegue ésta presenta un panorama eversivo en su quehacer político y cultural aparte, claro es, del económico. En plena rebelión disgregadora una de sus porciones esenciales, una desaprobación del jefe de su gobierno del 80% de la ciudadanía y diez puntos más el de la oposición, un rechazo casi universal de la clase dirigente y un índice de paro con indeclinable vocación de alcanzar y aun superar pronto los seis millones de personas de carne hueso, nombre y apellido, sólo un dios, heideggeriamente, podrá salvarla…
Y, a lo que cabe atisbar, únicamente la puesta en práctica de la conducta indicada en el texto con el que se abría el artículo constituye un posible remedio para crisis tan agónica. Con continuas frustraciones y envites de gran envergadura como los afrontados por una democracia de pulso todavía débil según se ofrece la española del momento actual, el robustecimiento de los vínculos y lazos que cohesionen individuos y programas, memorias y ambiciones colectivas, ciudadanos e instituciones supondrá, sin duda, un freno potente al pesimismo y un fuerte estímulo para superar desafíos. Por desgracia, desde el Parlamento hasta las corporaciones y organismos situados en las escalas administrativas más modestas, la joven democracia española no encuentra en ellos ni la dinámica ni el aliento necesarios para su madurez y logro siquiera de unos discretos niveles de calidad. En su ausencia, la cohesión nacional indispensable para afrontar el jaque mate al que, por más de una circunstancia, semeja enfrentarse nuestro país en la coyuntura hodierna, ha de provenir obligadamente del amor y orgullo de una identidad muy compleja desde sus mismos inicios, con muchas sombras y lunares, pero significante de una aportación de primer orden –religión, derecho, literatura, capacidad civilizadora- al mejor y sustantivo acervo de la humanidad. A lo largo de un buen número de siglos, los españoles alumbraron unas realidades que están inscritas en los anales más fecundos de la historia del mundo. La voluntad de continuarlas aparece a la incierta luz del presente como la ruta más segura para su permanencia como pueblo.
La desmembración de los elementos que lo vertebran, conduciría ineluctablemente a la ruina y postración de los territorios y poblaciones que, a su término, el proceso centrifugador y escisionista determinara.