El fracaso de la Primavera Árabe
jueves 21 de marzo de 2013, 20:10h
“San Valentín es el día cristiano de la prostitución y las mujeres que protestan contra el presidente Mohamed Mursi en la plaza Tahrir son unas vulgares prostitutas que merecen la plaga del acoso sexual”. Así se las gasta Abu Islam, una de las voces más reconocidas del periodismo musulmán en Egipto. El tipo en cuestión no se queda sólo en la palabras, pues hace no mucho pasó a la acción quemando una Biblia frente a la embajada de Estados Unidos en El Cairo, ante una encendida -nunca mejor dicho- multitud que jaleaba su “proeza”.
Iluminados hay en todas partes, eso es cierto. Terry Jones, un estrafalario predicador de Florida, amenazó con quemar unas páginas del Corán. Recibió llamadas para que no lo hiciera del Fiscal General, del Secretario de Estado, del Comandante en jefe de las fuerzas internacionales destacadas en Afganistán y hasta de la Casa Blanca. Sirva eso como testimonio de las consideraciones del mundo civilizado con el Islam. Un poco antes, en Madrid se financió don dinero público una obra de teatro denominada “me cago en Dios”, siendo alcalde Alberto Ruiz Gallardón. Qué no habría pasado si en vez de “Dios” el objetivo escatológico fuese otro.
Malí se recupera del intento de control de Al Qaeda, con todo lo que ello implica. En Túnez, por su parte, ha caído el gobierno tras el asesinato de un líder de la oposición a manos de los islamistas. Y en medio del horror de Siria, los integristas islámicos hacen su agosto aplicando la Sharia allí donde pueden, por lo que a la devastación de la guerra civil hay que añadir lapidaciones, amputación de miembros o latigazos a mansalva por prácticamente nada. Son los resultados visibles de la Primavera Arabe, un ilusionante sofisma por el que muchos nos creímos que algo podía cambiar entre tanto totalitarismo. Pakistán, por su parte, no es “mundo árabe” pero sí el primer país del mundo surgido del Islam. Allí hay cientos de mujeres encarceladas por haber sido violadas. Así, como suena. Ocurre que al haber mantenido relaciones sexuales fuera del ámbito matrimonial, incurren en delito de adulterio.
Desgraciadamente, no se trata de simples anécdotas sino de una peligrosa tendencia que amenaza con socavar los cimientos de la convivencia global. Un ejemplo bien gráfico lo tenemos en Irán donde tras la revolución de 1979 que derrocó al sha Reza Pahlevi el respeto a los derechos humanos es el que es. De allí surgió la fatwa o sentencia religiosa que condenaba a muerte al escritor Salman Rushdie por haber escrito Los Versos Satánicos. Ya entonces, la inmensa mayoría de los que pedían a gritos su asesinato no tenían ni la más remota idea del argumento del libro -bastante tedioso, por lo demás-. Muchos de ellos no sabían ni leer. Igualmente furibundas han sido las reacciones del mundo islámico ante documentales, artículos periodísticos o simples viñetas. No todo el Islam es así, desde luego. La mayoría no secunda este tipo de actitudes, aunque tampoco se rebela abiertamente ante ellas. Y hasta que no lo hagan, el problema persistirá; e incluso irá a mayores.
Frente a todo ello, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU. En su artículo 18 se dice que “toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”. Y según el 19, “todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”. ¿Difícil encaje con el Islam? A la vista está.
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Abogado
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset
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