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50 años sin Luis Cernuda

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
viernes 05 de abril de 2013, 20:20h
Como esta semana ha sido depresiva -personalidades, jueces y medios informativos han provocado mi estado de ánimo-, prefiero ocuparme del gran poeta Luis Cernuda; él pasó por la vida con sentimientos tan exquisitos como oscuros, y aprovechando que hace 50 años que murió en México, haré un recordatorio de su genio, y de los tiempos difíciles que él vivió, en una España que cambió a peor durante su exilio, después de la Guerra Civil. Es un consuelo.

Luis Cernuda es uno de los asistentes a la conmemoración del 300 aniversario de la muerte de Luis de Góngora; es el evento que funda la Generación del 27. Su poesía tiene los elementos definitorios de ese grupo: poesía pura, lenguaje que persigue la belleza formal, y por eso Góngora aparece como una incitación; pero la escritura de Góngora no se convertirá en modelo para él. Algo parecido sucede con Paul Valery. Aunque el poeta y filósofo francés sea leído por Cernuda y sus colegas de Generación, Valery es demasiado frío, geométrico, musicalmente abstracto, como para que esos poetas y escritores lo hagan suyo: la pasión española, en aquellos años de apasionados cambios en todos los órdenes, no puede seguir las recomendaciones estéticas de Valery, demasiado racional para espíritus como Cernuda. Le sirvieron mejor para expresar sus sentimientos poéticos las obras de Garcilaso, Bécquer, Hölderlin, T.S.Eliot, Cavafis, Gide, y las de alguno de sus compatriotas contemporáneos.

Mi amigo y excelente periodista José Miguel Larraya opina que este país está influenciado por un centenar de personas. Me perece que así es. En la España de 1930 era aún menor su número. Cernuda estuvo relacionado con la elite de aquellos años. Sabiendo que fue una persona solitaria, hosca y hasta insociable, resulta interesante (y fascinante) que trabara relaciones, incluso de amistad, con nombres como: Pedro Salinas, Juan Ramón Jiménez, Manuel Altolaguirre y su esposa Concha Méndez, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Gerardo Diego, Luis Buñuel, Ramón del Valle Inclán, Antonio Machado, Gregorio Prieto, José Ortega y Gasset, José Bergamín, María Zambrano y un largo etcétera. Su imagen llegó hasta unos nombres que yo he conocido, por ejemplo, Carlos Barral, Octavio Paz, o el inolvidable librero madrileño León Sánchez Cuesta.

La vida y la obra de Luis Cernuda puede entenderse como un exilio interior, y pronto, internacional. El carácter autoritario de su padre, un militar apegado a una moral tan rígida como provinciana, y una madre caprichosa y melancólica, condicionarán sus años juveniles. Cernuda lo vio así: “El silencio pesado, las cortinas caídas,/el círculo de luz sobre el mantel, solemne/como paño de altar, alrededor sentado/aquel concilio familiar...”

Descubrirá en los años de la infancia dos impulsos que estarán juntos durante toda su vida: la poesía y su sexualidad. Él cuenta que a los nueve años lee a Bécquer; por entonces se da cuenta de su homosexualidad. Habrá que imaginarse cómo fue la existencia de un muchacho de la burguesía media con esas características individuales. El amor físico y espiritual sólo podrá salir de una clandestinidad dolorosa y horrenda mediante la literatura. Cernuda halla en André Gide la escritura que le devuelve la humanidad normalizada. Hoy hemos cambiado mucho en la aceptación de la homosexualidad. Sólo en los años republicanos, y en círculos reducidos y muy elitistas, se toleró; años antes, y desde luego los posteriores, la homosexualidad fue un delito, y su persecución fue instruida por toda suerte de autoridades civiles, políticas y religiosas.

En su libro “Los placeres prohibidos”, escrito con inspiración surrealista, Cernuda escribe con una sinceridad que procede de Gide. Se rebela contra el maniqueísmo de las costumbres sociales de su tiempo: “leyes hediondas, códigos, ratas de paisajes derruidos”, denuncia. Todo amor es limpio, el cuerpo es bello: “Placeres prohibidos, planetas terrenales,/miembros de mármol con sabor de estío,/juego de esponjas abandonadas por el mar,/flores de hierro resonantes como el pecho/ de un hombre.”

Su tragedia privada confluye con la gran tragedia de la Guerra Civil. Aunque se proclamó comunista cuando colaboró literariamente con Alberti, abandonó su compromiso pronto (lo mismo que André Gide, aunque éste fue más crítico con la URSS). Sin embargo, sintió la caída de la República, sobre todo, por la tolerancia perdida. Este verso sombrío recuerda lo que Cánovas afirmó en una ocasión (según Pérez Galdós): “español es el que no puede ser otra cosa”. Cernuda escribe: “Si yo soy español, lo soy/a la manera de aquellos que no pueden/ser otra cosa: y entre todas las cargas/ que al nacer yo, el destino pusiera/sobre mí, ha sido ésa la más dura.”

Salió de España cuando la guerra empezaba. No regresó nunca. Francia, Inglaterra y Estados Unidos fueron sus paraderos después. En ese último país encontró una estabilidad económica por la que sufrió mucho. Pero necesitaba comunicarse en español, escaparse de su soledad interior. Se fue a Mexico, donde estaban muchos amigos de generación, entre ellos, María Zambrano. Unos versos de “Realidad y el deseo” expresan esa soledad íntima: “La soledad poblé de seres a mi imagen/como un dios aburrido;/los amé si eran bellos,/mi compañía les di cuando me amaron,/y ahora como ese mismo dios aislado estoy,/inerme y blanco tal que una flor cortada.”

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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