¿Qué amenaza la cultura familiar cristiana?
Fernando Zamora Castellanos
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fzamoraabogadosorcr/7/7/16/19
jueves 18 de abril de 2013, 20:31h
Con irrefutable coherencia, las estadísticas demuestran que la decadencia social va en matemático paralelismo con la crisis de la institución familiar. Sin embargo, la existencia por sí sola de ese núcleo, tampoco es irrefutable garantía de un contexto de desarrollo humano ideal. En las primeras civilizaciones antiguas en las que la monogamia fue parte de la realidad cultural, -como las grecorromanas-, la función social del matrimonio se limitaba a la conveniencia de la protección de la propiedad privada y a garantizar la sucesión hereditaria de ésta. En esencia, su meta era la propiedad individual y la procreación de una prole que garantizara la posibilidad de sostener la riqueza y el linaje a través del decurso del tiempo. Por ello, Eurípides definía a la mujer como “oikurema”, o un bien destinado al hogar doméstico. Fuera de la procreación de los hijos, no era para el hombre antiguo sino una criada principal. El sistema de prostitución estimulado por el Estado era muy difundido y paralelamente, el hombre conservaba esclavas a su disposición. La infidelidad era socialmente censurada únicamente cuando ésta era cometida por la mujer. De hecho en la cultura grecorromana era socialmente aprobado el libertinaje sexual y no se censuraba a quienes transgredían la intimidad y privacidad del acto sexual. Ovidio se quejaba que las prácticas sexuales en su tiempo eran especialmente perversas, incluso sádicas. El destacado historiador de Harvard, Thomas E. Woods, refiere que, según las fuentes históricas de entonces, no existía la moral sexual como hoy la entendemos. Refiere que César Augusto intentó poner freno a esta tendencia con medidas legales, pero en sus propias palabras “la ley rara vez puede reformar a un pueblo que ha sucumbido a los encantos de la gratificación inmediata.” ¿Qué fue entonces lo que dignificó a la mujer y transformó al matrimonio como un fruto del amor individual? El proceso cultural que alteró aquella triste realidad, fue la irrupción de la cultura cristiana y su ideal de que las relaciones íntimas debían estar subordinadas al amor ágape dentro de un compromiso de valor espiritual. Por esa razón Edward Gibbon, un feroz enemigo del cristianismo, debió admitir que fue la cultura cristiana la que estableció la dignidad del matrimonio. Galeno, el médico griego del siglo II, impresionado por la rectitud sexual de los cristianos, los describió “tan avanzados en disciplina… y con deseo tan intenso de alcanzar la excelencia moral, que en modo alguno pueden considerarse inferiores a los verdaderos filósofos”. Uno de los elementos del atractivo de la fe para las mujeres, residía en el hecho de que el ideal familiar cristiano le dio una verdadera dignidad al sexo y al matrimonio, circunscribiéndolo, -como indiqué-, a la espiritualidad y al compromiso ético. Para la mujer esta revolución fue vital, pues cuando el sexo está circunscrito al compromiso ético y afectivo, la primera ganadora es ella. El historiador Edward Westermarck nos relata que el alto estándar de la ética cristiana, extendió la censura de la infidelidad también al marido. La lucha de la cultura cristiana por dignificar a la mujer explica en parte por qué las mujeres constituyeron el grueso de la población cristiana en los primeros siglos de la Iglesia. Tan numerosas eran las mujeres cristianas, que el mundo antiguo despreciaba al cristianismo por considerarlo una religión para mujeres. Y para la juventud en general, -por naturaleza más activa en la actividad sexual-, aquello también implicó una revolución importante, pues estableció una moral alternativa para los jóvenes. La juventud, por su condición tal, se encuentra inmersa en una instintiva inclinación que los invita sin tregua a buscar la gratificación inmediata. La cultura cristiana le ofreció al joven una valoración moral del sexo. Con la irrupción de la cultura cristiana, la sexualidad no se circunscribía exclusivamente a las pasiones momentáneas, por más sinceras que éstas fuesen. El sexo pasó a entenderse, además de circunscrito a la idea del afecto natural, también subordinado a la gravedad del compromiso espiritual. Y si no evaluamos con rigor moral nuestros instintos naturales, ¿qué diferencia tenemos con el reino animal? Si no ejercemos tal facultad, claudicamos en nuestra naturaleza racional. Cuando nuestro sentido vital es liberarnos totalmente ante lo que nos produce placer inmediato, en gran medida actuamos como bestias. La cultura cristiana impulsó la verdadera idea de la libertad para la sexualidad en la historia universal. En palabras de Spaemann, a la libertad se le impregna un verdadero contenido, en donde ésta no se limita al hecho de que el hombre desahogue su inclinación atávica a costa de los demás, sino reconociendo que la libertad del otro constituye un momento integrador de la propia libertad. Los principios constitucionales de la familia, se alimentan de este ideal cristiano, como se alimenta de su madre el ser que aún yace en el vientre. Pues bien, ahora resulta que una buena mayoría de las dependencias oficiales encargadas de la Educación en nuestra Hispanoamérica ha venido inculcando a los menores su novedosa doctrina sexual. En ella, se han complacido en anunciar que procuran concientizar a los jóvenes sobre la necesidad de que la unión sexual esté sustentada en las “emociones afectivas”. La cursi promoción oficial del sexo sustentado en la pasión pasajera. Aislado de todo compromiso. Al menos tomemos consciencia que, al hacerlo así, también aislamos al sexo de todos los demás graves fundamentos que han sido destinados para acompañarlo. Es que el fundamento de tal doctrina es materialista. ¿Y qué amenaza a la cultura familiar cristiana? Sin duda el materialismo. Este se manifiesta en dos vertientes. La manifestación más poderosa es la del hedonismo, que es la tendencia o la propensión a vivir en razón de los placeres. La segunda manifestación es el activismo intelectual y filosófico de tal corriente materialista. El primero de ellos, el hedonismo, es una manifestación espontánea o cultural propia de las modernas sociedades de bienestar y de consumo. Sociedades egoístas en las que el placer sustituye a la cultura. La segunda manifestación, -la que defiende intelectualmente que la materia es todo lo que existe-, es la que muestra un arraigo filosófico militante y agresivo. Ambas vertientes son radicalmente contrarias a la esencia del mensaje cristiano, y por tanto atentan contra su cultura familiar.
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