Las propuestas del FMI
Más globalización y menos subsidios frente a la crisis alimentaria
miércoles 30 de abril de 2008, 12:56h
Es característico de los períodos inflacionarios como el actual que los recursos básicos experimentan fuertes subidas de precios. Es el caso del petróleo, de los metales, pero también de los alimentos básicos, como el trigo o el arroz. Con cierto retraso respecto de los bienes extraídos de las minas, los precios de los alimentos han experimentado una ola de subida de precios, casi un tsunami, del 45 por ciento desde finales de 2006.
Todos miran a los biocombustibles
Las causas de este aumento de precio son conocidas y compartidas por los analistas de los principales organismos internacionales. Por un lado hay causas reales, como el aumento de la demanda por las economías emergentes que, gracias a la apertura de sus mercados
y a su integración en el mercado mundial, están viendo cómo enormes masas de gente está escapando de la lacerante miseria. Son estos centenares de millones de personas los que tienen un mayor peso en el crecimiento de la demanda.
A ello se suma la mala política de ciertos países, tal como apunta el Fondo Monetario Internacional (FMI). Algunos países exportadores exacerban el problema imponiendo prohibiciones o impuestos a la exportación, mientras que los países importadores elevan barreras sobre los productos alimenticios que vienen de fuera. Las trabas al comercio y las que se imponen a la producción por diversas regulaciones han frenado, además, la respuesta de la oferta al aumento de la demanda.
Pero hay un culpable al que todos señalan pero que parece no remitir pese a su contribución, indudable, al aumento de los precios de los alimentos básicos. Se trata de los biocombustibles. Su producción ha sido favorecida por los gobiernos de gran parte del mundo como alternativa a los combustibles fósiles, informados o animados por los movimientos ecologistas. Y acuciados también por los precios al alza de los combustibles. El resultado es que una parte de los recursos que se dedicaban al cultivo de alimentos se destinan ahora a la producción de biofuel, lo que ha contribuido a la lentitud de la respuesta de oferta de los alimentos al aumento de la demanda.
Mas no sólo hay fenómenos reales. Gran parte del aumento de los precios se explica por la depreciación del dólar, cuya cotización no ha dejado de caer frente al euro, al yen y especialmente frente al oro, que en épocas de incertidumbre y de inflación recupera plenamente su función monetaria y gana la cotización en el mercado que tuvo en el pasado.
¿Se puede hacer algo?
Los analistas están preocupados por los efectos llamados “de segunda ronda” sobre la inflación y, especialmente, los que tengan sobre el acceso de las masas de pobres en el mundo a los bienes alimenticios. El Fondo Monetario Internacional se muestra especialmente preocupado por los pobres urbanos, los que no pueden acceder directamente a la comida y tienen que adquirirla a precios crecientes. Burkina Faso, Camerún, Níger… las revueltas populares asociadas al aumento de los precios de la comida se extienden por las áreas más pobres del planeta.
Una vez tomada nota de la situación, lo que resta es ver en qué medida se puede hacer frente a la misma. La primera medida es, claro está, ampliar la producción agrícola. Para ello no es necesario que se amplíen los subsidios, ya que los altos precios internacionales son suficientemente atractivos. Es más, estos subsidios desordenan la producción e introducen ineficiencias, de modo que el FMI lo ve como una buena oportunidad para eliminarlos a excepción de unos pocos, de forma puntual y transitoria.
La escuela de Manchester
Pero los gobiernos pueden hacer otras cosas. Por ejemplo mejorar las infraestructuras para que los productos agrícolas se almacenen y de distribuyan al mercado de forma más efectiva. También deberían abrir los mercados para facilitar la competencia, lo que aumentaría la productividad y la producción de alimentos. Como los partidarios de la eliminación de las leyes del trigo en la Gran Bretaña del XIX, El FMI propone la liberalización del mercado mundial de alimentos para mejorar la situación de los pobres urbanos.
La llamada escuela de Manchester, o "Manchesterismo", como se llamó al movimiento creado por la Liga contra las Leyes de Grano, fundada en 1939. Hombres como Richard Cobden o John Bright lucharon por echar abajo estas leyes, que limitaban la importación de grano y, en consecuencia, aumentaban su precio, con grave perjuicio para los empleados pobres de aquella Gran Bretaña.