Todos a Corea del Norte
lunes 22 de abril de 2013, 20:13h
A Jardiel Poncela no se le ha hecho justicia. No es seguro que ahora se le reconozca, y en vida los críticos (esos profesionales obcecados en llevar la contraria al público), le negaron el pan y la sal con pretextos tales como que su inventiva era desmesurada y sus situaciones, en aras de la comicidad, resultaban de una inverosimilitud absurda. Esa presión tuvo que cortarle algo las alas y seguro que si se le hubiese ocurrido una trama con una dinastía de sátrapas comunistas coreanos representada por un señor de Tarragona con uniforme de acomodador de circo se hubiera autocensurado, pensado que hasta en lo grotesco tiene que haber un límite. Pero como el arte va siempre tan a distancia de la vida ahí tenemos al servicio de relaciones públicas de esa dictadura infecta, tan bien colocada en la carrera por el número uno mundial de regímenes atroces, reclutando incautos o desalmados que vayan y vean unos decorados Potemkin y unos cuantos figurantes fingiendo hacer lo que nunca podrían para volver luego contando maravillas de un sistema en el que no soportarían ni veinticuatro horas de existencia real. Hace no mucho que una delegación de las juventudes de uno de los grupúsculos comunistas que pululan en España ha realizado el viaje al mundo quimérico que Corea del Norte prepara para consumo externo, y visto lo fervoroso del balance que han hecho la cosa da qué pensar.
Vestidos, sobre todo ellos, como nunca se atreverían por lo convencional a aparecer por sus facultades, corbata incluida, se han fotografiado donde les han dicho y han repetido aplicadamente las consignas que les han imbuido. Basta verlos para advertir que son muchachos inquietos, seguramente inteligentes y que no han conocido otra forma de vida que la libre y razonablemente confortable que en Occidente podemos llevar, la que con todas sus insuficiencias y defectos querría para sí cualquiera de nuestros antepasados y la inmensa mayoría de nuestros coetáneos. Un mundo cuyas cotas, siempre insuficientes y mejorables, de dignificación y protección al ser humano son sólo posibles gracias a unas instituciones y unos principios de naturaleza excepcional en la historia, y frágiles entre otras cosas porque admiten sin cortapisas su propia crítica y renuncian a hacerse valer por la fuerza. Un orden económico en el que los recursos se asignan con una lógica que no puede ser óptima, porque ésa no existe, pero sí altamente eficiente, sin serlo más por hallarse sometida a restricciones y servidumbres en nombre de valores sociales de otra índole; amén, claro, de la bien acreditada capacidad del ser humano para obrar personal y colectivamente de forma incongruente. Un orden político donde el poder tiende a abusar, pues en otro caso dejaría de ser tal, pero sometido a mecanismos para controlarlo y contenerlo. Mecanismos evidentemente mejorables pero no prescindibles, porque su ausencia abre el camino de la tiranía, siendo en todo caso la que delimitan la forma menos abusiva de poder. Un orden jurídico que no asegura la plenitud de la justicia, algo que probablemente sea imposible, pero ofrece garantías de equidad y sobre todo de imparcialidad. Donde la ley es salvaguardia antes que amenaza. Unas sociedades en las que moverse, pensar, opinar, leer, ver, discrepar, asociarse, reunirse o protestar puede hacerse libremente, por cualquiera y con mínimas restricciones. Un sistema de valores colectivo que respeta la diferencia y aprecia la tolerancia. En suma, lo propio de una sociedad abierta que reconoce en su seno intereses y preferencias diferentes y arbitra mecanismos equilibrados para avenirlos y protegerlos.
Hay infinitas razones, y algunas de mucho peso, para encontrar esa estructura de instituciones y principios insatisfactoria y deficiente. Por supuesto para refrenar cualquier afán de autocomplacencia. Pero si es fácil el descontento respecto a las realidades políticas y los logros sociales de las sociedades inspiradas por los principios liberales y la libre empresa, es precisamente por las expectativas que infunden, por la facilidad con que pueden defraudarlas al hacerlas continuamente crecientes. Por cómo dan lugar a pensar que sus logros son siempre menores que sus virtualidades. Por eso hay algo tan intrigante en la propensión expeditiva con la que tantas personas, y no precisamente las menos favorecidas en él, están dispuestas a demoler ese modelo de organización social y política, o por mejor decir las realidades concretas que en él se inspiran, para sustituirlo por entelequias ilusorias o por sórdidos regímenes que ni ofrecen ni podrían ofrecer nunca libertad y ni tan siquiera bienestar. De entre las muchas cosas que pueden explicarlo una, y no secundaria, tiene que ser la falta de respeto de las democracias, de sus gobernantes y sus ciudadanos, por ellas mismas, por sus principios y sus formalidades, la indulgencia con mucho de cuanto la niega. Sin duda, eso no facilita el afianzamiento de las lealtades a sus principios, y es uno de los porqués de que jóvenes, inquietos, informados, en quienes hay que dar por supuesta la nobleza de intenciones, crean que nuestro futuro sería mejor en una Corea del Norte. El problema no es que nos inviten a ir, es que querrían llevarnos a la fuerza; como tantos jóvenes europeos del periodo de Entreguerras que desencantados y frustrados por las democracias viajaron a los paraísos totalitarios soviético y nazi para ir reservando billetes para todos.
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Catedrático de Historia del Pensamiento Político
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