CRÍTICA
Enrique Barón Crespo: Más Europa, ¡unida!
domingo 28 de abril de 2013, 11:06h
Enrique Barón Crespo: Más Europa, ¡unida! Memorias de un socialista europeo. Premio Gaziel de Biografías y Memorias 2012. RBA. Barcelona, 2013, 415 páginas. 23 €
Hablar de Enrique Barón Crespo supone hacerlo de una de personalidades más relevantes de la vida política española durante las últimas cinco décadas. A través del trabajo realizado en el Parlamento Europeo, institución de la que llegó a ser presidente, consiguió que el proyecto diseñado por Schuman y Monnet, se publicitara más allá de sus fronteras geográficas naturales, convirtiéndose en un modelo para todas aquellas iniciativas de integración regional.
La obra que nos ofrece no es una biografía o una autobiografía al uso. Por el contrario, su novedad y aportación es mucho mayor puesto que, empleando como hilo conductor su trayectoria vital-profesional, nos entrega un tratado de historia contemporánea en tres dimensiones: nacional, europea y global, las cuales, en el caso de Enrique Barón, forman un todo indisoluble. Laboralmente es un “cosmopolita” y personalmente un “humanista”, ya que sus preocupaciones no abarcan solo la gestión diaria de los asuntos públicos, sino que el arte, la música o la literatura son disciplinas que componen su personalidad y por lo tanto, la forma en que acomete los retos que se le presentan.
En cuanto al estilo de Más Europa ¡unida! es sobrio, y la obra está bien estructurada en 23 capítulos, manejando un lenguaje accesible al lector. Además, opta por el recurso a citas abundantes, lo que enriquece la exposición y da fe de la ingente cultura de su autor.
La narración es cronológica, garantizando de este modo el orden y facilitando la comprensión. Pero, como decimos, no busca describir, sino explicar y contextualizar, muchas veces comparando. En efecto, tal es el caso de los viajes que hizo durante sus estudios universitarios (Derecho y Economía). Las estancias en Francia o Israel, por ejemplo, le permitieron conocer cómo era el mundo más allá de nuestras fronteras en los lejanos años sesenta. Barón nos lo traslada y lo contrapone con la realidad (ausencia de libertades) que se vivía en España.
Cuantitativamente, el proceso de construcción europea ocupa el mayor número de páginas. La explicación de que así sea es lógica, puesto que fue en el Parlamento Europeo donde desarrolló una actividad profesional más prolongada e intensa, viviendo su evolución competencial en primera persona. Así, a partir de su quehacer en dicha institución comunitaria, conocemos sucesos que marcan la historia del siglo XX (la caída del Muro de Berlín, la implosión de la URSS, la guerra civil en Yugoslavia). Igualmente, nos acerca a personajes fundamentales cuando se trata de la UE. (Jacques Delors, Helmut Kolh o Margaret Thatcher.)
Antes de su etapa europea, estuvo la dedicada a la política doméstica. En este sentido, se implicó activamente en un periodo tan importante como la Transición o en el primer gobierno socialista de 1982 (ministro de Transportes), sin olvidar el protagonismo que tuvo en la refundación ideológica que realizó el PSOE, con dos corrientes contrapuestas como eran marxismo vs socialdemocracia. Barón se decantó claramente por la segunda, lo que conllevaba no solo una opción doctrinal personal, sino una apuesta por la modernización y renovación socialista.
Para los más jóvenes, resultará de gran utilidad leer esas páginas puesto que explican con detalle las dificultades por las que atravesó la consolidación de la democracia en España (23- F, terrorismo de ETA o GRAPO, la crisis económica, la necesidad y urgencia de una reforma fiscal). De ahí su acertada sentencia “la transición no tuvo un carácter angélico” (pp. 142).
Asimismo, enlaza situaciones problemáticas de entonces y de ahora, tomando partido. Tal es el caso del Estado Autonómico, de cuya complejidad en su diseño fue protagonista. Actualmente, aquél recibe duras críticas, a las que Enrique Barón responde que debe reformarse, nunca eliminarse.
Como decimos, Enrique Barón se decanta por Europa y por la Unión Europea, de la cual recalca que no debería ser percibida solo como un proyecto económico, debiendo ocupar la cultura la centralidad. Sin embargo, no practica un europeísmo acrítico. Ejemplo de ello es que en el último capítulo propone una suerte de recetas (decálogo), de desafíos y de resolución de problemas, para que el avance en la construcción europea siga adelante.
En definitiva, un libro cuya lectura es tan recomendable como necesaria. Para los más jóvenes porque obtendrán un conocimiento detallado de cómo era el mundo hace solo unas cuantas décadas. Para los más mayores porque, a través de sus páginas, comprobarán de forma analítica la transformación en positivo realizada por España, fenómeno en el que ha tenido mucho que ver la postura hacia Europa que Enrique Barón encarna como pocos.
Por Alfredo Crespo Alcázar