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Unas 200.000 personas se hacinan en media docena de 'gulags'

Bienvenidos a Corea del Norte, bienvenidos al infierno en la Tierra

jueves 09 de mayo de 2013, 15:21h
Al norte del Paralelo 38, la línea divisoria que parte la Península de Corea en dos, el mundo pierde su color. La dictadura estalinista de los Kim rige con mano de hierro un país sumido por el miedo y el hermetismo. Prueba del horror que padecen sus 24 millones de habitantes son los centros de detención, verdaderos campos de concentración donde Naciones Unidas y diversas ONGs aseguran que se comenten las más diversas atrocidades.
Desde 1953, año en que se firmó el armisticio que puso fin a la Guerra de Corea, mientras el resto del mundo, en diferente medida según la latitud, avanzaba hacia regímenes democráticos y los derechos humanos eran cada vez reconocidos por un mayor número de estados, un país en concreto se quedaba encallado en la versión más extrema de la Guerra Fría.

Bajo la dictadura hereditaria de corte estalinista de los Kim, Corea del Norte subsiste bajo el yugo de una élite político-militar que ha convertido al país asiático en un gigantesco 'gulag' donde impera el miedo, la tortura y el horror. Debido al absoluto hermetismo del régimen, los testimonios recogidos por Naciones Unidas y por las distintas ONGs provienen de los pocos que han logrado huir de ese infierno, unos 25.000 afortunados.

Lo que cuentan, lo que allí sucede a espaldas de la comunidad internacional, es lo más parecido a la política nazi de exterminio. Violaciones, torturas, ejecuciones, deportaciones en masa, experimentos con armas químicas y biológicas... La mano de hierro de los Kim no se ha suavizado con la subida al poder del 'reino ermitaño', como algunos lo llaman, del tercero de la saga, el joven Kim Il-Sung, y los testimonios de aquellos que han logrado dejar atrás esta pesadilla estremecen, por decir algo.

Según una estimación del Comité para los Derechos Humanos en Corea del Norte (HRNK), una institución privada afincada en Estados Unidos, alrededor de medio millón de norcoreanos han muerto en los campos de concentración en las últimas tres décadas en lo que califican de "exterminio calculado".

“El país se ha convertido en un gigantesco 'gulag' donde lo que allí sucede nada tiene que ver con el marxismo, empezando porque una dictadura no puede ser hereditaria”, denuncia a EL IMPARCIAL desde Washington Greg Scarlatoiu, director ejecutivo de HRNK.


Dos soldados norcoreanos patrullan en una instalación militar. Fuente: Efe


Yodok
Corea del Norte tiene repartidos por el país un número indeterminado de campos de reclusión ubicados en zonas remotas de montaña de muy difícil acceso. Los análisis de las imágenes por satélite han logrado ubicar hasta una veintena que albergarían una cifra indeterminada de entre 150.000 y 200.000 personas, el 1 por ciento de la población norcoreana y de los que unos 550 serían ex combatientes surcoreanos. Se dividen en dos grupos: seis Kwan-li-so, campos para prisioneros políticos, y una quincena de Kyo-hwa-so, de trabajo para otros delitos y de reeducación.

Según los testimonios, los peores, "y los de adoctrinamiento ya son similares a cualquier campo de concentración", afirma Scarlatoiu, son los que acogen a los enemigos del régimen. Entre ellos sobresale uno por encima de los demás: Yodok.

Según un informe elaborado por Amnistía Internacional al que ha tenido acceso este periódico, el área delimitada por las vallas de seguridad de este 'gulag' comprende una extensión algo superior a la mitad de la de Madrid capital, cuenta con baterías antiaéreas y un enorme perímetro minado para evitar cualquier rescate, su población reclusa supera las 50.000 personas, entre hombres, mujeres y niños, las temperaturas pueden alcanzar los -30 grados centígrados y, según los que han podido huir, es lo más parecido al infierno en la Tierra, aunque está en pleno centro de Corea del Norte.

Así lo atestigua, por ejemplo, Lee Chon-ok, quien logró escapar del país hace 12 años y ahora vive exiliado en Noruega sin su familia, "probablemente recluida o asesinada", señala. En declaraciones a este periódico desde EEUU sostiene que "uno no va a morir allí, uno ya está muerto en vida cuando llega a un Kwan-li-so y lo único que puede pedir es que el hambre o una paliza acaben contigo pronto."

Las barbaridades que ONGs como Amnistía Internacional han llegado a documentar fruto de años de entrevistas con ex prisioneros y guardias huidos son difíciles de describir y los delitos que pueden dar con uno en los campos van desde no ser lo suficientemente patriota a ojos de un compañero de trabajo, no limpiar bien el polvo de una estatua del líder, robar comida, practicar una religión, canturrear una canción extranjera o intentar cruzar la frontera con China o Corea del Sur.

Familias enteras
En muchos casos, para dar ejemplo a la población, si una persona ha cometido un delito se encarcela también hasta a tres generaciones de la misma familia y miles son los casos de niños que han crecido en un 'gulag' y que jamás saldrán de él. "Es una política instaurada en 1972 bajo el nombre de 'Culpabilidad por asociación'", afirma el director ejecutivo de HRNK. Se calcula que un tercio de la población norcoreana, de unos 24,5 millones de personas, pertenece a la clase "impura" y por ello están vigilados de manera permanente por vecinos, amigos, policía y agentes secretos.

Kang Chol-hwan, por ejemplo, hoy famoso periodista en un periódico de Seúl, estuvo una década encarcelado, desde los nueve hasta los 19 años, porque su abuelo hizo un comentario positivo sobre el capitalismo en Japón. Él logró ser liberado, su padre falleció por los rigores del 'gulag' y de su abuelo jamás se supo desde que fueron internados.

Pero peor suerte corren los recién nacidos. En los campos no está permitido quedarse embarazada y quien lo hace es obligada a abortar mediante palizas, inyecciones de agua salada directamente en el vientre o técnicas incluso peores. Más extremo es un caso del que fue testigo el propio Chon-ok. "Yo vi como sacaron arrastras de los pelos a una mujer al patio de uno de los barracones, hacía frío, los guardas la obligaron a dar luz en medio del barro y, una vez tuvieron al bebé en las manos, lo envolvieron con una toalla y le empezaron a dar patadas hasta matarlo", afirma.



Hambre y hacinamiento
Pero las palizas no son el único peligro que acecha a la población reclusa. Se calcula que el 30 por ciento de los encarcelados muere anualmente y, de ese porcentaje, un 40 por ciento de los prisioneros fallece por malnutrición, según Amnistía Internacional. "Los carceleros pasan hambre, por lo que se quedan con gran parte de la comida; qué más les da a ellos un muerto más, diez, treinta, van a morir igualmente", sostiene Ri Kwan-Min, otro ex prisionero del penal de reeducación de Ryongdang, en el este del país.

Por este motivo, los encarcelados, verdaderos esqueletos andantes, tienen que recurrir a la caza de serpientes, escarabajos, cucarachas o ratas para poder sobrevivir. Entre los trabajos forzosos de los 'gulags' (minería, agricultura, albañilería, etc.), desarrollados en jornadas interminables de hasta 19 horas, quizá el más preciado sea el que incluye contacto con el ganado, pues le da la posibilidad a uno de "comer los granos de cereal que a las vacas se les caen de la boca, aunque estás muerto si te cogen", añade a EL IMPARCIAL Kwan-Min.

El sadismo imperante en estos campos de concentración es instigado y motivado por las altas esferas del Partido de los Trabajadores, verdadero 'gran hermano' del país. Los guardas, unos mil en el caso de Yodok, son premiados por su brutalidad e incluso enviados a estudiar a un centro universitario en función de su hoja de servicios. Por eso, es normal que, sabiendo lo penada que está la desobediencia en los 'gulags', obliguen a un prisionero a encaramarse a una valla para después dispararle, matarle y decir luego que se trataba de un intento de huida.

Las condiciones de hacinamiento no son mucho mejores. Los testimonios de los que han escapado afirman que en muchos casos una misma celda de apenas 15 metros cuadrados es compartida por hasta 40 personas sin ningún tipo de acceso a la higiene personal, "lo que hace que los piojos te coman literalmente", afirma Chon-ok, y un único baño sea compartido por medio millar de reos.

La población femenina está sometida al antojo de los guardas y las mujeres, además de trabajadoras forzosas, se convierten en esclavas sexuales de sus captores. Para facilitar las violaciones, ellas tienen prohibido llevar ropa interior y ya saben lo que les espera en caso de que se queden embarazadas.

No pasa nada
Sin embargo, y a pesar de la multitud de testimonios que así lo verifican, el régimen norcoreano sigue negando todas estas atrocidades y acusa a Estados Unidos y a sus socios de crear una realidad que no es para demonizar al régimen y oprimirlo aún más.

El enviado especial de Pyongyang en nuestro país, Alejandro Cao de Benós, atiende a este periódico para sostener que todas las acusaciones de violaciones de derechos humanos en Corea del Norte "son una farsa que forma parte de la propaganda subvencionada por el Congreso de Estados Unidos" y que los testimonios que respaldan esa idea "son puras contradicciones de gente al servicio de la Inteligencia surcoreana".

Cao de Benós, único extranjero en el organigrama político del régimen de los Kim, defiende en tono vehemente el sistema penitenciario norcoreano. "Es verdad que tenemos centros de detención donde la gente, en vez de drogarse o ver la televisión como aquí, trabaja en favor de la sociedad, pero no es verdad que se ejecute a nadie en público, ni en los centros ni en ninguna parte del país", señala.

"A cualquier otro estado se le presupone la inocencia hasta que se demuestre lo contrario, pero a nosotros es todo lo contrario, somos culpables sí o sí, y precisamente para no formar parte de esta farsa no permitimos la entrada de observadores", añade.

En respuesta, Scarlatoiu se pregunta “cómo reaccionaría o qué diría Cao de Benós si hablara apenas 15 minutos con cualquiera de los que han logrado escapar de esa pesadilla”, al tiempo que achaca todas sus afirmaciones a “delirios propios de la propaganda del régimen”.

Mientras, decenas de miles de norcoreanos siguen bajo el yugo de los Kim, un yugo que lejos de aflojarse cada vez constriñe más a una población que ya en los años 90 vio cómo cerca de dos millones de personas morían víctimas de una terrible hambruna mientras Kim Jong-il se hacía rodear de una flota de coches de lujo, caviar del más caro y chefs extranjeros. Brutales contradicciones de un régimen de otra época.
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