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España y Siria: conjugando diplomacia y realismo en un conflicto sangrante

domingo 26 de mayo de 2013, 19:49h

La primavera árabe y el conflicto sirio han supuesto un cambio en el historial y rumbo de relaciones entre España y Siria (y en general Oriente Medio). En este sentido, la reunión de la oposición siria al gobierno de Bachar el-Asad que está teniendo lugar estos días en Madrid es un importante evento internacional que deja varias claves para España, que tienen que ser analizadas en términos históricos y también geopolíticos.

Al margen del imaginario que nos retrotrae al califato omeya y a Al-Andalus, España y Siria han tenido relaciones ambiguas. La historia reciente de afectos y desafectos se inicia durante el franquismo. En 1952, el régimen del general Franco (por aquél entonces amigo de los árabes y enemigo de Israel y del sionismo) firmó un tratado de amistad con Siria, precedido por el no reconocimiento del Estado de Israel en 1947 y el mantenimiento de relaciones con Líbano, Jordania, Arabia Saudí, Egipto, Yemen y los países del Norte de África. Más tarde y ya bajo mando de la familia el-Asad, la España del tardofranquismo fue el destino elegido por muchos jóvenes sirios que emigraron hacia España o realizaron prácticas profesionales en nuestro país (especialmente médicos y abogados), dada la similitud entre ciertos aspectos de la administración de los dos regímenes. Ya en democracia, tanto Siria como Jordania, respectivamente, se convirtieron en interlocutores destacados de España en la zona, en busca de una estabilidad relativa frente a la creciente tensión entre Israel e Irán, y con la pugna Irán-Irak aún abierta y sangrando en aquél entonces. Unos años después, la emergencia de España como potencia de una cierta relevancia internacional en los años noventa y dos mil realzó sus posibilidades de actuación en Oriente Medio. Ya en el nuevo milenio, la Guerra de Irak fue un serio traspiés en las relaciones mutuas, mientras que la gestión y los contactos de Miguel Ángel Moratinos, primero en su labor sobre el terreno y luego como ministro de Asuntos Exteriores abrieron una etapa de claroscuros en la cual la necesaria amistad hispano-siria y el apoyo al régimen de Bashar el-Asad se entremezclaron en ocasiones.

Sin embargo, tanto la primavera árabe como la guerra en Siria cambiaron necesariamente la visión de la diplomacia española sobre el vecindario sur y el mediterráneo. La situación de consentimiento resultadista que existía antes de las primaveras árabes (en la que se juzgaba a los regímenes autocráticos del arco árabe como un mal menor) se rompió hace dos años con el estallido de las insurrecciones populares en Túnez. Además, la toma de posiciones en la guerra de Siria a la que se han visto forzados casi todos los actores relevantes de la comunidad internacional ha obligado a España a situarse al respecto. El resultado ha sido una condena firme del régimen de El-Asad, que en palabras del actual ministro de Exteriores García-Margallo tras su primera reunión con representantes del Consejo Nacional Sirio el pasado septiembre, “no puede seguir ni un minuto más”. Esto tiene que enmarcarse en un contexto más amplio en el que, con mayor o menor intensidad y acierto, España ha mostrado tener posición propia en asuntos tan dispares pero imbricados como las revueltas en Túnez, Egipto y Yemen, las contiendas de Libia y Malí y la situación política en Marruecos y Argelia. En este sentido, el apoyo de España a la candidatura palestina para figurar como Estado observador no miembro de la ONU en noviembre pasado y la reciente reiteración del mantenimiento de tropas españolas en el Líbano tampoco son una casualidad. Tras todo ello ha de verse la mano de García-Margallo, quien ha sabido valorar la importancia del vecindario mediterráneo para España añadiendo su propio sello personal. Junto con la política comunitaria, esta es una de las pocas excepciones que se pueden hacer a la progresiva mercantilización de la acción exterior del Estado, apostando por los canales políticos por ante la promoción comercial. En este capítulo será necesaria una mención separada al conjunto del mediterráneo sur como prisma a través del cual enfocar las relaciones con el Magreb y con Oriente Medio, tanto en la futura y esperada Estrategia de Acción Exterior que acompañe a la publicación de la Ley de Acción y Servicio Exterior (LAESE) como en los Planes Anuales de Acción Exterior que vaya lanzando el Alto Comisionado para la Marca España.

Pero, a partir de aquí, ¿qué podemos esperar de la reunión de estos días? España ha mostrado su apoyo a los rebeldes sirios, pero tiene que tener presente su posición en el tablero de juego internacional en el cual es, a lo sumo, una potencia media. Hacerse sitio como interlocutor válido en el conflicto y en Oriente Medio es loable, pero mientras que Estados Unidos (EEUU), y sobre todo, China y Rusia, no decidan respectivamente tomar cartas o dejar de bloquear la situación en las mesas de decisión fuera del avispero sirio, cualquier solución al conflicto en el interior del mismo quedará cercenada. Las buenas artes españolas deberían de ir también en ese sentido, mostrando un rol proactivo entre los “Amigos de Siria”, grupo en el cual se encuentra España. Con todo, el hecho de apoyar firmemente a la oposición siria está lejos de ser un error estratégico por parte una España voluntarista. Existe actualmente un cierto consenso en el mundo occidental en que el régimen sirio no puede continuar en ejercicio, lo cual por otra parte concuerda con la opinión que la mayoría de los países árabes (salvo Iraq y Líbano, con fuertes divisiones religiosas y étnicas internas) han manifestado en las últimas semanas.

Alejandro Barón

Investigador Jr. en la Fundación FRIDE

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