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La camorra, Nápoles y su imagen

Andrea Donofrio
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adonofriohotmailcom/9/9/17
domingo 09 de junio de 2013, 18:42h
Las últimas detenciones de miembros de la Camorra napolitana han devuelto el foco mediático a la ciudad italiana de Nápoles. Peligrosa, violenta, degradada: los medios de comunicación internacionales han puesto el acento en ofrecer una imagen crítica y negativa de la ciudad. Han abundado en su carácter violento, en la descripción de la organización criminal, en los problemas locales. No cabe duda que Nápoles representa una realidad compleja, pero en su descripción, no se puede –ni debe- caer en los estereotipos o clichés. Resulta demasiado cómodo y simplista tacharla de “lugar peligroso”, que es “mejor no visitar”, por el que “no merece la pena arriesgarse”, como se, parafraseando, “Il Cristo” di Carlo Levi se habría parado a Latina. Se trasmite una imagen de tierra de barbarie, de zona de peligro. No se trata de negar la presencia de la Camorra y el arraigo en su territorio, pero tampoco se puede omitir su encanto, su atractivo, su cultura, su historia, su importancia no sólo en el ámbito nacional, sino su contribución a los conocimientos mundiales.

Visitar Nápoles significa descubrir las raíces culturales europeas: sus calles, sus monumentos, Iglesias y plazas históricas certifican su historia milenaria y las muchas civilizaciones que han pasado por este territorio en un constructivo intercambio. Las ruinas griegas y romanas, Pompeya y la Costiera Amalfitana, Carlos III y los otros reinantes que contribuyeron a su desarrollo, el Golfo y Capri le dan un valor universal único. La misma Unesco en 1995 declaró su casco antiguo Patrimonio de la Humanidad invocando las siguientes razones: “esta es una de las ciudades más antiguas de Europa, conserva elementos de su agitada historia. El trazado de sus calles, su gran cantidad de edificios históricos que caracterizan diferentes períodos, dan al sitio un valor universal sin igual, que ejerció una profunda influencia sobre gran parte de Europa y más allá de las fronteras de eso”. Su inmenso patrimonio artístico y arquitectónico merece ser conocido. Nápoles es cultura e historia, tradición y modernidad, música y literatura, pasión y encanto. Pero, como toda gran ciudad, tiene sus contradicciones, sus problemas por resolver, sus batallas que debe librar. Entre ellas, está la guerra a la Camorra. La organización criminal, ramificada en todo el mundo, controla parte del territorio, domina la ciudad, ofreciendo protección y dinero. Y a tal propósito, cabe esperar una mayor intervención estatal en esta lucha: el Estado italiano, que frecuentemente aparece abúlico y desautorizado en parte de su territorio, no debe abdicar o renunciar a una guerra nunca empezada. No puede delegar sus competencias a las organizaciones criminales que gobiernan ciudades del Sur de Italia y gestionan la economía local. Asimismo, la cultura de la ley, el respeto de las reglas y la confianza en el Estado no deben ser sustituidas por la imagen que los clanes ofrecen a los niños napolitanos: un futuro de oro dentro del mundo del crimen.

Nápoles es un “monumento a cielo abierto” y sus problemas (algunos crónicos y otros endémicos) no deben manchar la imagen de una ciudad preciosa que alberga monumentos increíbles, que cuenta con un sorprendente patrimonio artístico y cultural, y con una gran riqueza gastronómica. El bellísimo panorama de su golfo, el encanto de sus calles, la preciosidad de sus castillos, el tesoro de sus iglesias, la sabiduría de un pueblo con una historia milenaria, la picardía de sus habitantes (que como decía el gran Totó “todos los días trabajo, honradamente, para defraudar la ley”) no pueden ser ensombrecidos por sus problemas. Es una ciudad que despierta sensaciones fuertes y juicios rotundos: la amas o la odias, pero no deja indiferente. Sitio imperdible debido a su belleza, merece la pena conocerlo también para comprender la célebre frase atribuida a Plinio el Joven “Ve Nápoles y después muere”.

Andrea Donofrio

Politólogo

Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset

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