Despistes
sábado 22 de junio de 2013, 19:08h
A cierta edad, la mayor parte de la gente comienza a preocuparse con sus despistes. El aumento desorbitado de personas que padecen enfermedades relacionadas con la pérdida de memoria alimenta esta inquietud. Aunque antes el despiste no tenía mala prensa, incluso se consideraba un atributo del genio, cada vez se ve con peores ojos. De nada sirven los estudios científicos que demuestran que los individuos propensos a “distraerse” tienen más sustancia gris en el cerebro. ¿Qué más da la cantidad de materia gris que uno posea si luego se olvida de todo?
Parte de la culpa en esta lógica preocupación debemos achacársela a las pensiones. Según dicen, su viabilidad depende de que se retrase la edad de jubilación. El miedo al colapso del sistema depende en gran medida de la creencia en que la esperanza de vida aumentará sin cesar en el futuro. Se trata de un miedo positivo, por así decir, pues genera unas expectativas halagüeñas. Sin embargo, nada garantiza que vayamos a vivir más (esta semana hemos sabido que la esperanza de vida ha disminuido en España en el último año) y, desde luego, es más que discutible que eso sea lo mejor que nos puede pasar. El verso de Lowell continúa vigente: “Ser viejo en buenos tiempos sigue siendo peor que ser joven en malos”. ¿Se han parado a pensar lo que significa que en España haya hoy seiscientas mil personas diagnosticadas de alzhéimer? El dato resulta estremecedor porque cada uno de los afectados necesita al menos una persona que lo atienda día y noche. Me estoy refiriendo a individuos completamente perdidos, gente que ni siquiera puede adentrarse en sí misma porque ya no tienen un yo, a los que vivir más les ha privado incluso del triste consuelo del soliloquio. Naturalmente, es lógico que uno sienta la mosca detrás de la oreja en cuanto se le olvidan dos veces seguidas las gafas.
El despiste tiene, no obstante, un lado simpático. A los periódicos saltan a veces casos asombrosos. Muy comentado fue hace unos meses el de una señora belga de sesenta y siete años que salió en coche a recoger a una amiga que llegaba a Bruselas en tren y acabó no se sabe cómo en Croacia. La señora parece que no tenía un sentido de la orientación demasiado desarrollado. Personalmente, dudo que tal cosa haya sucedido, aunque todos conocemos de primera mano anécdotas por el estilo. Yo traté a un profesor de filosofía que dejó abandonada a su mujer en una gasolinera al no darse cuenta, mientras repostaba, de que había ido al baño. Hora y media después se percató de su ausencia. El hecho ocurrió de verdad (él mismo me lo confirmó) y no debe ser inusual cuando una anécdota parecida sirve de punto de partida a una película de Silvio Soldini que en España pasó sin pena ni gloria, pero que a mí me gustó mucho: Pane e tulipani.
Todo el mundo y a toda edad tenemos despistes. Es normal e incluso saludable. Nadie puede mantener la atención y la concentración permanentemente. Los despistes son producto la mayoría de las veces no de un deterioro, sino de un conflicto de intereses. Olvidamos algo porque estábamos más pendientes de otra cosa. Una esclava se rió de Tales cuando se cayó en un hoyo que había en MIleto. A ella le hizo mucha gracia el despiste, pero no hubo tal, pues el filósofo estaba ocupándose en ese momento de algo más importante para él: el cielo. Esto no quita, claro, que en cualquier momento nuestro cerebro empiece a funcionar mal. El deterioro neuronal debido a la edad o la enfermedad puede provocar que seamos incapaces de procesar adecuadamente la información. Semejante fallo resulta particularmente grave en una época que otorga tanta importancia a esta, pero consolémonos pensando que, igual que la tontería, son los demás los que sufren, no el afectado.
Algunos científicos sostienen que el despiste funciona como una válvula de escape al estrés. Quizá tengan razón. Me pregunto, sin embargo, cómo interpretarán el reciente caso del chino que pensaba que era un hombre y resultó ser una mujer. El individuo acudió al hospital aquejado de un dolor abdominal y, tras la correspondiente exploración, se le diagnosticó un quiste en el ovario. ¿Qué ovarios?, preguntó. ¡Llevaba sesenta y seis años sobre la Tierra y no se había enterado todavía de que era una señora!, ¡vaya cabeza!