El déspota democrático
martes 02 de julio de 2013, 20:23h
Hace unos días escuchaba una conferencia de Javier Gomá en la que recordaba, con cierto tono humorístico, la frase con la que Descartes arranca el Discurso del método: “La inteligencia es el don que mejor repartido está entre todo el mundo, pues cada cual piensa que posee tan buena provisión de ella que, aun los más descontentadizos respecto a cualquier otra cosa, no suelen apetecer más de la que ya tienen”.
La ironía de la afirmación me hizo volver sobre cierta creencia que he podido escuchar en algunas ocasiones. Una creencia, por fortuna, muy minoritaria, pero que sigue existiendo. Una convicción que no suele manifestarse a bocajarro, como comienzo de una conversación, pero que no es del todo imposible hallar cuando se rasca un poco. Pasado un rato de charla, es incluso probable que haya quien ya lo admita sinceramente. Me refiero al convencimiento que algunos tienen de que el voto de todos no debería valer igual, el convencimiento de que habría que aplicar no sé qué tipo de “coeficiente de valor” a cada voto o de que directamente habría que dividir la sociedad entre quienes pueden votar y quienes no. Una versión supuestamente light de este mismo tema es la que consiste en tolerar que todos puedan votar, porque parece grave el prohibírselo a alguien, pero albergar en el fondo la opinión de que, en realidad, el voto de todos los ciudadanos no debería valer lo mismo.
No se me ocurriría insultar la inteligencia y el espíritu democrático de los lectores (si es que este artículo tuviera la suerte de encontrarlos) con una explicación casi escolar de por qué el mejor modo de organizarnos es aquel capaz de dar voz a todos los ciudadanos. Únicamente quiero hacer hincapié en dos aspectos.
El primero de ellos es el que conecta con la cita de Descartes: indefectiblemente, ninguna persona en absoluto de las que he escuchado que sostienen esta opinión considera que, de aplicarse su fantástico método, pudiera llegar a engrosar el grupo de los “no votantes”. Por el contrario, todos son ciudadanos encantados de haberse conocido y, repasando la trayectoria de algunos, la verdad es que asombra el pensar en qué lugar de su fantasiosa mente puedan esconder tan altos méritos que los hagan tan diferentes de muchos de sus conciudadanos.
El segundo aspecto es más serio y sirve –aunque sea por paradoja– para certificar el triunfo de la idea democrática, al menos en una parte. En sociedades no democráticas, el poder insufla en las conciencias de los súbditos un sentimiento de menosprecio hacia sí mismos y trata de hacerles creer que no son dignos de detentar el poder y que caudillos más preparados que ellos son los que tienen, de manera natural, reservada esa función. Aquellos que creen que su voto debería valer más que el del vecino no se dan cuenta de que en ellos se cumple el triunfo de la idea y la educación democráticas consistentes en difundir la convicción de que todos ostentamos el derecho a participar en la política. Son personas que hace trescientos años habrían bajado sumisamente la cerviz ante el poderoso. Hoy, sin embargo, han entendido que tienen el derecho a formar parte de ese poder. Les queda reconocer, claro, el pequeño detalle de que su vecino tiene ese mismo derecho.