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La Tricentenaria cuestión

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 09 de agosto de 2013, 19:56h
Gibraltar español? Sí, por supuesto. Se encuentra fuera de toda discusión –suceso, en verdad, raro en la actualidad nacional- que el retorno de la “Roca” a su geografía física e histórica natural entrañaría un precioso regalo a la descangayada cohesión del país y, por ello, un estímulo incomparable al descaecido patriotismo ibérico, sin cuya pulsión ninguna meta de mínima entidad resulta alcanzable.

Anhelo, de otra parte, apenas atalañable al más ardido sentimiento de identidad española, pero al que tal vez la actitud adoptada por el gobierno Rajoy contribuya a devolverle visibilidad en una opinión pública hastiada de frustraciones y derrotismos. Bien es cierto, sin embargo, que la postura ministerial –debido entre otras causas a ese mismo pesimismo- corre el alto riesgo de que toda la operación montada estas semanas estivales acabe en un fiasco que sumergiría a extensos sectores sociales en la hondonera más entenebrecida de la postración nacional. Si toda la amplia y muy razonable batería argumental esgrimida desde el Palacio de Santa Cruz se redujera finalmente a humo de pajas, es seguro que, en la coyuntura hodierna, la crisis de conciencia colectiva descendería varios peldaños más, a la espera de que el desenvolvimiento de la “cuestión catalana” la arrastrara a un nadir difícil de imaginar.

Mas por el momento dicho horizonte es sólo un futurible nada deseable, y el más exiguo pálpito de identidad española –por lo demás, muy lejos de nacionalismos altisonantes y estériles- exige respaldar globalmente la posición mantenida por el gobierno en un jalón más del interminable tema cuya reanudación corresponde por entero al Reino Unido que ha creído hallar vado para su iniciativa en la evidente debilidad de la diplomacia madrileña con una “Marca España” que no termina de alzar el vuelo. Nada nuevo, como se ve, en la historia. En una tesitura crucial para nuestro país como la de su ingreso en la por entonces Unión Europea, la verja cerrada por el sagaz hombre de Estado que fuese el bilbaíno Castiella hubo abrirse en 1985, ante la firme amenaza de veto del lado de la Gran Bretaña de la Sra. Tatcher… Desde entonces, salvo algún espasmo esperanzador a cargo de otro inteligente y muy capaz titular de la cartera de Exteriores, el catalán Josep Piqué, todo quedó por hacer en sentar las bases de una política que, en el plazo de dos generaciones como máximo, pusiera término a un problema por entero arcaico e ilógico en el tercer milenio de la historia del Viejo Continente.

Pero por incontable vez vuelve a constatarse aquí que poderoso caballero es don Dinero. La supervivencia de la colonia inglesa une en estas horas su suerte a los paraísos fiscales y a su atractivo régimen financiero. Y vaya Vd. a saber si los demiúrgicos socios del Club de Bigberder se hallan en la sombra del asunto y mueven sus hilos más recónditos. Mas al margen de tan morbosa y excitante cuestión, se aparece, desde otro ángulo del mismo planteamiento económico, como irrefutable que si Gibraltar lindara con un territorio español caracterizado por su dinamismo y capacidad empresarial, el contencioso se hubiere decantado ha tiempo a favor de su inclinación gravitatoria.

Paciencia, pues, y barajar con maña que disimule únicamente lo indispensable de la fuerza de la razón y la historia.
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