Gibraltar y el Enano de la Venta
miércoles 14 de agosto de 2013, 20:03h
En Luces de bohemia, don Ramón del Valle-Inclán nos presenta a un tragicómico Coro de Modernistas que en el transcurso de una cruenta confrontación popular contra las fuerzas del orden, se enfrentan al Gobierno cantando durante la madrugada en la Puerta del Sol una jocosa canción titulada los Nuevos Gozos del Enano de la Venta, hasta que logran la salida del retén policial del Ministerio de Gobernación. Este “Enano de la Venta” no carecía de satírico abolengo. Era el proverbial personaje dotado de un cuerpo diminuto pero voz estruendosa que asomaba la cabeza por la ventana de una venta para amedrentar a los viajeros al son de los gritos: “-¡Ay, si bajo¡ ¡Si bajo allá!”. Bravatas atronadoras para intimidar a quienes se imaginaban escuchar a un gigante. Juan Eugenio Hartzenbuch o Manuel de Palacio habían hecho populares coplillas sobre las inútiles bravuconadas de ese “Enano de la Venta”, y Valle-Inclán las reutiliza como sarcasmo contra una figura militar de la época, tan jactancioso como cabeza hueca e inoperante para mantener el orden público.
Últimamente España tiene que soportar las destempladas voces de un nuevo “Enano de la Venta”, afincado en este caso en el Peñón de Gibraltar. Desde una diminuta capital de provincias hemos de sufrir ruidosas fanfarronadas del ministro principal gibraltareño Fabián Picardo que engola sus desplantes recurriendo a las cuerdas vocales británicas. La jactancia con que viene comportándose encaja como un guante en el soneto satírico de Manuel de Palacio: “No sé si fue en Carmona o en Utrera / donde hubo un fantasmón tan arrogante, / que en cuerpo enano y en la voz gigante / susto y terror de los contornos era…”
La insolencia del Peñón bajo el disfraz de gigante le permite actuar como colonizador de la costa gaditana, creando empresas fantasma para eludir la fiscalidad, ensanchando su territorio de forma burda, imponiendo su ley en aguas que no le pertenecen, arrojando bloques de cemento erizados de puntas metálicas que hacen inviable la pesca, contratando personal español en condiciones tercermundistas que no respetan los más elementales derechos laborales, moviéndose, en fin, por la costa andaluza como trasnochados ciudadanos de un fantasmagórico imperio que trata con desdén a los infelices subalternos nativos.
La izquierda española siempre ha subrayado -con bastante razón- que el cierre de la Verja en la época franquista causó entre los “llanitos” un sentimiento nacionalista hostil hacia España. No sabemos si esa misma izquierda está en condiciones de comprender que las cesiones del exministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, al Peñón y el comportamiento soberbio de la Colonia, está originando, a la inmersa, un fuerte sentimiento desfavorable contra el gibraltareño. Un sentimiento que antes no existía y cuyas consecuencias a medio plazo no serán en nada beneficiosas para el enclave colonial.
Algo está cambiando en la sentimentalidad nacionalista de la zona. Hasta ayer, el litigio se centraba frente al Reino Unido. Ahora amenaza con ampliarse hacia los habitantes de Gibraltar suscitando una animadversión de nuevo cuño, fraguada en la política desnortada y de cabeza hueca de las autoridades coloniales, que han perdido el más mínimo tacto diplomático para las normas de buena vecindad. Una animadversión que, de consolidarse, tendría para todos secuelas catastróficas y que, sin embargo, Fabián Picardo alimenta ciegamente paso a paso.
Cuando su máscara de Hércules asomado a la ventana de la venta deja de surtir efecto, el ministro principal no duda en cambiar de rol y pedir auxilio, ahora con el rostro de pequeña población a la que fuesen a aniquilar a sangre y fuego. Lo que, a su vez, origina esa estrambótica imagen de naves británicas surcando el mar hacia la costa andaluza para tocar el puerto gibraltareño vendida para consumo interno como una supuesta protección, cuando no pasa de ser la iconografía trivial de unas simples maniobras rutinarias. Sería aconsejable ahorrar esa vacua altanería de consumo interno cuando las tasas fronterizas no se van a impedir a cañonazos, los controles aduaneros no se agilizarán con obuses o el servicio telefónico que España regala a Gibraltar no se va a sostener gracias a un duelo artillero.
Don Ramón del Valle-Inclán incluía en su inmortal esperpento Luces de bohemia la siguiente versión bufonesca de “El Enano de la Venta”, entonada a dúo entre el extravagante Dorio de Gadex y un Coro de poetas modernistas:
“Dorio de Gadex.-El Enano de la Venta...
Coro de Modernistas.- ¡Cuenta! ¡Cuenta! ¡Cuenta!
Dorio de Gadex.- Con bravatas de valiente…
Coro de Modernistas.- ¡Miente! ¡Miente! ¡Miente!
Dorio de Gadex.- Quiere gobernar la Charca
Coro de Modernistas.- ¡Charca! ¡Charca! ¡Charca!
Dorio de Gadex.- Y es un Tartufo malsín….
Coro de Modernistas.- ¡Sin! ¡Sin! ¡Sin!
Dorio de Gadex.- Sin un adarme de seso.
Coro de Modernistas.- ¡Eso! ¡Eso! ¡Eso!”
Solo una fuerza política enana podrá gobernar la “Charca” -o la bahía de Algeciras- si logra amedrentar a un gobierno que se deje intimidar por el susto que le causa una vacía careta de gigante. Como ya ocurrió en otra ocasión.
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Profesor universitario y crítico
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