ANÁLISIS
Áspera resaca de las elecciones primarias en Argentina
miércoles 28 de agosto de 2013, 19:42h
Argentina vive estos días bajo la conmoción de los resultados de las urnas, que están provocando una intensa reseca postelectoral. Se perfila un cambio profundo en las fuerzas políticas de la nación y un desmoronamiento de todas las aspiraciones de Cristina Fernández de Kirchner para retener indefinidamente el poder de la presidencia, o orquestar una salida negociada de ella.
Las Elecciones Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), en condiciones normales, no deberían convulsionar la vida política argentina al tratarse únicamente de una votación preliminar para seleccionar a los candidatos que se presentarán a las elecciones legislativas del próximo 27 de octubre.
Pero las circunstancias que han concurrido en la convocatoria de este mes de agosto han sido tan excepcionales que han causado un seísmo político que no deja de proporcionar cada día nuevos titulares. La agitada resaca poselectoral no da síntomas de tocar a su fin después de que casi todas las aspiraciones oficialistas de la “K” –como se conoce al conglomerado de intereses en torno al partido del “Frente para la Victoria” (FPV), liderado por la viuda de Néstor Kirchner-, hayan sido duramente vapuleados.
La actual presidencia afrontó los comicios de estas primarias con el optimista propósito de dar un golpe de timón que neutralizase los innumerables síntomas adversos que venían acumulándose en su contra durante el último tramo de su mandato: las acusaciones cada vez más graves y explícitas de corrupción y enriquecimiento ilícito, el descontrol de la seguridad ciudadana, el deterioro económico –donde una inflación galopante se encubre en los documentos oficiales pero esquilma de forma inclemente el bolsillo de la población-. También el severo revés de la Corte Suprema tras declarar inconstitucional la ley que el Gobierno denominó “Democratización de la Justicia” y en cuyo fondo se escondía el objetivo de facilitar a Cristina Fernández un tercer mandato presidencial, hoy prohibido por la ley.
A nadie se le escapa que acceder a una tercera elección, o mejor aún, a una posible reelección indefinida, después de reescribir las leyes constitucionales, es el deseo último de la actual presidenta y el motivo de fondo de la actual borrasca poselectoral. Cristina Fernández de Kirchner sigue los pasos dados por Hugo Chávez en Venezuela, por Rafael Correa en Ecuador, o, de un modo infructuoso, por Álvaro Uribe en Colombia. También los de su esposo Néstor Kirchner al frente del gobierno de la provincia de Santa Cruz, donde removió la legislación electoral para conseguir la reelección indefinida y suprimir la clausula de consanguinidad que impedía la sucesión de familiares al frente del poder ejecutivo. Es un secreto a voces la habilidad del kirchnerismo para hacer fintas jurídicas y su ambición de construir una saga en el poder sin limitaciones en el tiempo ni impedimentos de consanguinidad o familiares.
Tras el varapalo de la Corte Suprema, la estrategia de la presidenta se centró en animar a políticos e intelectuales de la “K” a mantener vivo el debate de la reelección indefinida. Simultáneamente obtener un aluvión de votos a favor de su “Frente para la Victoria” como vía de control de la Asamblea Legislativa que le permita una reforma de la Carta Magna antes de 2015. Para ello el oficialismo ha reformulado las normas electorales del país concediendo el voto a extranjeros, y muy significativamente, adelantando la edad electoral a los 16 años, con la esperanza de capitalizar la simpatía y adhesión de los adolescentes habilitados para votar antes de la mayoría de edad. El resto lo confió a la atracción de su oratoria anclada en un relato populista de la reciente historia argentina y en un retórico desafío al enemigo exterior, animada por esa temeraria seguridad en sí misma que le hizo proclamar no hace mucho ante su Gabinete: “Solo hay que tenerle temor a Dios y a mí un poquito.”
Los resultados de las primarias de PASO han sido un soplo de aire fresco contra ese castillo de naipes. Ninguna de las estrategias ideadas surtió el efecto esperado. Ni el voto adolescente ni la oratoria oficialista pudieron contener una hemorragia de votos muy superior a sus peores pronósticos. Es cierto que el gobernante FPV obtuvo el mayor número de papeletas en el conjunto del país, pero esto es algo por descontado al tratarse de la única formación política que se presentaba en todas las circunscripciones. Los medios oficialistas están esgrimiendo este ambivalente dato para no reconocer una derrota que en términos políticos alcanza proporciones monumentales. El kirchnerismo ha perdido prácticamente cuatro millones de votos y ha pasado a un segundo plano en las circunscripciones más importantes de Argentina, comenzando por Buenos Aires y terminando por la tierra natal de Néstor Kirchner, Santa Cruz.
Ser la fuerza más votada en estas circunstancias no sirve para ninguno de los objetivos oficialistas y anuncia el principio del fin de los intereses de la “K”. De repetirse estos resultados en octubre, Cristina Fernández no solo quedará atada de pies y manos para hacer cualquier reforma constitucional, sino que también se verá en la cuneta para acordar un candidato a la presidencia en 2015 con el que pactar un cierre de candados frente a las investigaciones sobre negocios sucios y la larga estela de corrupción que la opinión pública le atribuye. En un final de mandato de esta naturaleza, se cierne de un modo amenazador la sombra de la condena en los tribunales de justica contra el expresidente Carlos Menem. El último año de legislatura se convertiría en sí mismo en todo un calvario muy difícil de sobrellevar.
La reacción desabrida y crispadamente soberbia que estos días está protagonizando Fernández de Kirchner responde a esa frustración. Sus pronunciamientos han exhibido sus peores formas. La oposición habla de una respuesta histérica. Innumerables analistas independientes han coincido en situar sus réplicas en el hemisferio cerebral izquierdo -el de las emociones-, más que en el hemisferio derecho de la racionalidad y la lógica. Sin digerir todavía los resultados del escrutinio, Cristina Fernández ha realizado una alocución en Tecnópolis donde parece haber perdido los papeles. En ella acusa a los medios de comunicación de ocultar su victoria en la Antártida -donde, por cierto, solo hay poco más de cien votantes-, además de augurar que si perdiese el poder se retornaría a un “corralito” financiero que destruirá los ahorros de los ciudadanos argentinos. Y políticamente mucho más grave, en una ráfaga de soberbia pintoresca, la presidenta menospreció a todos sus oponentes ideológicos considerándoles como paniaguados de la oligarquía y anticipando que no dialogará con suplentes sino con “los dueños de la pelota”.
Esta descalificación de la democracia representativa se está realizando de un modo mucho más bronco en el entorno de otros políticos kirchneristas, como el diputado Carlos Kunel que ha juzgado al vencedor no oficialista de Buenos Aires, Sergio Massa, en estos términos: “Massita es un vocero de algunos sectores de la oligarquía y no le da el piné para ser representante formal de nadie.” El senador del FPV Aníbal Fernández se ha llevado la palma en el concurso de exabruptos al proclamar, de modo contundente, en una emisora de radio: “Me importa un carajo los votos que sacaron los otros”. Parece obvio que la resaca electoral no solo ha sacado de quicio a la presidenta sino a todo el oficialismo. Niega haber perdido pero atisba lo que se le viene encima.
El conjunto de la oposición se prepara para una renovación política que reactive los mejores principios republicanos de la nación. En su aparición junto a “los dueños de la pelota” -empresarios, financieros-, Cristina Fernández ha dulcificado su imagen televisiva sin tomar nota del aviso del electorado, quizá pensando en morir con las botas puestas y aprovechar la división de sus oponentes para abandonar la presidencia únicamente cuando todo esté atado y bien atado. Los golpes adversos arrecian sin embargo a diario: deserciones políticas, acusaciones de esconder dinero ilícito en el paraíso fiscal de las Islas Syechelles donde hizo escala en el transcurso de un viaje oficial, el dictamen de la Cámara Nacional de Apelaciones que acaba de suspender la ley con la que el Gobierno trataba de controlar los medios de comunicación críticos frente al poder.
Un goteo de acontecimientos que no calma sino que embravece aún más la reseca postelectoral y convence cada día más a la oposición de que la supervivencia de la saga kirchnerista -sea de manera directa o embozada en pactos-, hace peligrar los valores republicanos del país. Las espadas siguen en alto y aunque persista el temor a Dios parece que el temor a la presidenta Cristina Fernández se volatiliza de forma irreversible.