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"Lo Barroco"

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 06 de septiembre de 2013, 20:18h
El pequeño libro sobre la interpretación de lo barroco del gran Eugenio D´Ors nos sigue fascinando, a pesar de las múltiples lecturas que de esta obrita genial hemos hecho. Este trabajo, publicado en 1923, por los que cumple hoy su nonagésimo cumpleaños, nos sobrecoge por su lucidez estética y filosófica. Su tono, siempre doctamente didáctico, que a veces puede resultar casi pedantesco, es decir, profesoral, se compensa sobradamente con los hallazgos de ingenio, con la metáfora brillante o el aforismo rotundo.

Frente al preciso y sistemático análisis de Woëlflin, absolutamente germánico en su rectilíneo desarrollo, D´Ors, en este estudio de lo barroco como inclinación constante de la naturaleza humana, da una impresión que podría decirse impresionista, saltando de la filosofía a la historia, de la escultura o la arquitectura a la lírica, de la pintura a la matemática moderna; desplegando su amplísimo abanico de referencias múltiples, insertadas en la llamada “ciencia de la cultura”, aspiración la más rotunda de su espíritu, tendente a la unidad sintética y analógica, pero partiendo siempre de lo más menudo, “la Anécdota”, para elevarla a la “Categoría”.

Efectivamente las páginas de “Lo Barroco”, como dijera Alfonso E. Pérez Sánchez, están llenas de imperecedera fascinación. Lo barroco late agazapado en nuestra sangre; es una inclinación que nos acecha. Como en el vino, vive Dionisios en la sangre. El caos barroco está siempre centinela alerta en las bodegas de la mansión del Cosmos. Nuestra barbarie profunda es la garantía de nuestra civilización eminente. Es llamada barroca la gruesa perla irregular. Pero más barroca, más irregular todavía, el agua del océano que la ostra metamorfosea en perla, y a veces, inclusive, en los casos de logro feliz, en perla perfecta.

El eterno femenino, ese famoso “ewig-weibliche”, participa de lo barroco. Frente a la jerarquía masculina trae los ideales de la Humanidad y la Democracia. Lo barroco es el domingo después de seis días de trabajo, es la sombra de un Jardín Botánico.

Con Rousseau regresa lo barraco al mundo, en cuanto que fue a partir de él cuando el romanticismo empezó a exaltar el valor de lo espontáneo y de lo inculto para el acceso a la felicidad y al bien. Su hombre primitivo y natural representó la fuerza de un huracán que si con su corriente de aire no resfrió a todos, por lo menos se les llevó a todos la peluca.

Lo Barroco, que iba pronto a encarnar en el romanticismo, recogió y adoró, a la vez como una novedad a la moda y como una eterna imagen, el grupo delicioso de Pablo y Virginia, de las madres viudas y de los negros honrados, columpiándose todo en el propio dolor, al cobijo de una naturaleza caliente, impregnada de lascivia secreta, bajo un dosel de palmeras pomposas y de meteoros…

La historia de las ciencias ha conocido generaciones de sabios, atentos a traducir a su manera las inquietudes del barroquismo. Tras de los Buffon y los Linneo, decoradores y clasificadores de la naturaleza, guardapaseos sublimes, ayos y vigilantes de flores y de troncos, pacientes colgadores de etiquetas, un Camper o un Blumenbach nos aparecen como unos buenos contemporáneos de Rousseau, colocados ante la vida en una actitud semejante a la suya, turbados profundamente por la variedad; enamorados, no sin cierta preocupación oscura y cierto pánico terror, de todo lo primitivo y salvaje; soñando en la libertad del parque inglés, superadora de lo que es aún policía académica, en los Jardines Botánicos.

D´Ors interpreta lo barroco como una constante histórica de carácter eterno, que aunque a veces puede estar sumergida u oculta, nunca está muerta, y puede en cualquier momento por las circunstancias volver a ocupar el trono: bajo las cenizas respira el fuego y cualquier viento favorable reanimará las llamas. Acontecimientos históricos, personajes, sistemas políticos, estéticas, se repiten una y otra vez a lo largo de la historia humana, no como un ciclo, de aquellos famosos “ricorsi” que imaginó Giambatista Vico, o como un “eterno recomenzar de las cosas” del sueño platónico del Año Perfecto, o como el “Ring des Ringes” nietzscheano, sino como un canal; la presencia de elementos fijos, que limitan y dan cauce al curso de los acontecimientos históricos, proporcionando así la razón, por encima del torrente de la vida, puntos de apoyo y de referencia.

En toda la vida cósmica, al lado de elementos mudables, se insertan elementos de fijeza, cuya perpetuación constituye precisamente el tipo y permite dar de la especie una definición nueva.

Toda esta magnífica hermenéutica de las estéticas distintas que se repiten en el tiempo, entre ellas la barroca, se enmarca dentro de esa filosofía estética que inventa D´Ors y que se funda en la realidad metafísica e histórica de los eones, término neoplatónico empleado sobre todo por la escuela de Alejandría. Un eón para los alejandrinos significa una categoría que, a pesar de su carácter metafísico – es decir, a pesar de constituir estrictamente una categoría -, tenía un desarrollo inscrito en el tiempo, tenía una manera de historia. En el eón, lo permanente tiene una historia, la eternidad conoce vicisitudes. D´Ors demuestra que Federación, Feudalidad, Roma, Babel, Clasicismo, Barroquismo…son tipos de eones. Y todos ellos, valga la paradoja, tienen sus clásicos.

¿Y cuál es el eón que hoy domina nuestro presente tumultuario? Esto sería objeto de otro artículo largo.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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