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Servicios de inteligencia, más allá del morbo

Luis de la Corte Ibáñez
domingo 03 de noviembre de 2013, 18:52h
En el acto V escena V de una de sus clásicas obras clásicas el genial Shakespeare puso en boca de su protagonista un terrible y bello discurso que ganaría fama con el correr del tiempo. Es allí donde Macbeth dio en definir la existencia humana como un "cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada". No se puede discutir que, cuando menos algunas veces, la vida y el mundo llegan a adoptar una apariencia verdaderamente desordenada y caótica; en suma, ininteligible. Y, sin embargo…

Sin embargo, el impulso de entender nunca ha abandonado totalmente a los seres humanos. Antes bien, si algo diferencia al Homo Sapiens del resto de las especies es su dotación para la inteligencia. Potencia del alma, en expresión aristotélica, facultad del alma, como la llamarían los escolásticos, la inteligencia puede ser definida de forma contemporánea y genérica como una capacidad. Capacidad para entender y comprender, o para resolver problemas, según rezan respectivamente la primera y segunda acepción de la Real Academia Española de la Lengua.

Impulso y capacidad, la inteligencia constituye en verdad una necesidad consustancial a la existencia humana. Como solía advertir Ortega, al resultar los instintos humanos insuficientes para darle resuelta su vida el hombre se ve obligado a decidir a cada momento qué va a hacer al siguiente. A su vez, esa obligación le impone la necesidad previa de “saber a qué atenerse”, forjando para ello una visión lo más precisa, amplia y depurada posible del mundo en el que vive. De ahí que la historia haya ido haciendo aparecer instituciones y profesiones dedicadas al cultivo de la inteligencia. De ese modo se explica, claro está, la fundación de la Universidad y la ciencia. Con el tiempo, y debido al interés de Estados y gobiernos por garantizar su propia supervivencia institucional, sacar ventaja a sus adversarios y preservar la seguridad de súbditos y ciudadanos, el vocablo inteligencia iría adquiriendo un significado nuevo, parcialmente distinto al de su acepción general y originaria. Llegó un día en que, al ser empleada en el contexto de las instituciones y profesiones a las que se les encomienda velar por la seguridad y la defensa colectivas, la palabra inteligencia dejó de designar una mera cualidad o atributo mental para pasar a denominar un uso delimitado suyo, así como el producto específico arrojado por tal aplicación. Aunque cueste creerlo, ese y no otro es el origen de los servicios de inteligencia, surgidos en su forma moderna a mitad del pasado siglo. No está de más recordarlo estos días en los que el escándalodesatado en torno al caso Snowden ha venido a resucitar viejos estereotipos. Dejando a otros la reflexión sobre si las reacciones suscitadas por noticias recientes estén o no justificadas, convendría despejar algún que otro malentendido sobre lo que los servicios de inteligencia son y hacen (o lo que deben hacer).

La idea de que los servicios de inteligencia son entidades dañinas, por perversas o inútiles, parece hallarse bienarraigada en una porciónsignificativa de la opinión pública. No nos referimos a juicios sobre hechos y acciones concretas sino a un concepto general. Las causas de esa opinión pueden desgranarse fácilmente a poco que se indague en la historia de los propios servicios, se considere la principal premisa que guía su actuación y se repare en cuáles son las fuentes de información de las que se nutre su imagen pública. Puesto en telegrama, la historia de los servicios de inteligencia es hija de la evolución de los Estados, de sus formas políticas y de sus conflictos internos y externos y acumula un número no despreciable de fracasos y perversiones cuyo grado de conocimiento es netamente superior al de sus éxitos, dada la obligación de actuar bajo condiciones de secreto. A ello hay que añadir el influjo ejercido por la industria del entretenimiento y por información intermitente y escasa aportada por los medios de comunicación, habitualmente sesgadas a favor de las dos temáticas privilegiadas por el cine, la literatura y por los telediarios. Me refiero a los casos de espionaje y “operaciones encubiertas”, misiones secretas de propaganda e influencia política, junto a otras de índole militar o paramilitar.

Empero, la realidad de los servicios de inteligencia no puede ser equiparada sin error a la que sugieren las pantallas, los libros y la prensa. Las morbosas acciones con participación de comandos u orientadas a la influencia política, que tanto brillan en la pantalla y que arrojan tanta letra impresa, no constituyen la única ni tampoco la primera prioridad para los servicios de naciones democráticas, salvo cuando éstas se ven involucradas en conflictos armados o deben afrontar amenazas con origen en países ajenos, adversarios y beligerantes. En todo caso, aquí hay variaciones sustanciales entre países y también entre agencias. Por ejemplo, en Estados Unidos la CIA cuenta con un largo currículum de operaciones encubiertas en otros países (en el que no faltan fracasos bien conocidos y algunas inmoralidades). En cambio la NSA (National Security Agency), de donde provienen las filtraciones de Snowden, es del todo ajena a cualquier otra función que vaya más allá de la interceptación de información para su posterior análisis (en eso consisten las llamadas Covert Internet Operations). En cuanto al espionaje, incluido el tecnológico, se trata de un procedimiento de obtención de información entre otros. A decir verdad, la vigilancia ilegal, irrestricta y masiva a los ciudadanos del propio país es una pauta únicamente representativa de las policías políticas y las agencias de seguridad de regímenes totalitarios y autoritarios, antes que de los servicios de inteligencia de países democráticos. Por otro lado, solo quienes ignoren la dinámica hobbesiana que naturalmente caracteriza a las relaciones internacionales y desprecien los desafíos a los que nos aboca la sociedad de la información pueden cometer la ingenuidad de reclamar que uno u otro Estado suspenda sus actividades de vigilancia sobre los flujos de información cibernética. Por último, tampoco sobra apuntar que el contraespionaje (protección frente a intentos de vigilancia y espionaje) es otra de las atribuciones encomendadas a los servicios de inteligencia. Calcúlense las consecuencias que en términos de espionaje traería la desaparición de tales servicios traería para los países que se atrevieran a abolirlos.

Lo cierto es que la suposición de que la actuación de los servicios de inteligencia es siempre y necesariamente ilegal ydeshonesta resulta profundamente parcial y desorientadora. Además de que lo legal y ético en sus actividades suela permanecer oculto o pasar desapercibido, normalmente su margen para operar a espaldas del Estado (como Estados dentro de los Estados, según una expresión corriente) resultabastante estrecho. Por lo general, los servicios y sus miembros hacen (bueno o malo) o dejan de hacer lo que deciden sus gobiernos. Lo cual, por cierto, no impide que éstos les conviertan a menudo en chivos expiatorios de sus propios fracasos. Por su parte, en las democracias asentadas las ilegalidades y perversiones cometidas por miembros de sus agencias de inteligencia no suelen marcar la regla sino más bien la excepción. Primero, porque si descartamos las excepciones naturales que puedan encontrarse en cualquier organización, quienes trabajan para esos servicios son personas honradas que comparten los valores propios de su país y su tiempo. Y, segundo, porque su actuación se ajusta suele ajustarse a diversos controles políticos y legales. Por cierto, bastante férreos en algunas naciones (léase la reforma legal que dio origen a la constitución de nuestro CNI (Ley 11/2002, 6 de mayo).

En suma, los servicios de inteligencia democráticos que realmente lo son (los que no emplean esa expresión como un mero eufemismo) tienen (o deben tener) la prioridad absoluta de analizar la realidad circundante y aportar conocimiento útil y oportuno para la toma de decisiones relacionadas con la defensa y la seguridad nacional. No son las únicas estructuras capaces de contribuir a ese fin, en verdad irrenunciable para cualquier país. Las fuentes reales y potenciales de información y conocimiento a las que pueden acceder los Estados para satisfacer ese fin son diversas. Sin embargo, la existencia y continuidad de los servicios de inteligencia viene justificada por la necesidad de trabajar en condiciones de secreto, ante todo debido al carácter particularmente sensible de ciertas informaciones relevantes y la discreción que debe aplicarse a su obtención y manejo. Por supuesto, aunque rara vez hagan públicos sus éxitos (y así debe ser),a veces fracasan. Como en cierto grado fallan asimismo la democracia y el Estado de Derecho y fallamos los ciudadanos. Pero en el fondo su servicio, inspirado por la insobornable necesidad humana de saber (y saber para actuar), es un servicio prestado a todos.
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