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Blas de Lezo y las conmemoraciones nacionales

Alfonso Cuenca Miranda
lunes 04 de noviembre de 2013, 20:18h
La exposición inaugurada hace unas semanas en el Museo Naval sobre Blas de Lezo es un recordatorio de nuestra cliofobia o clioamnesia, especialmente referida, por sorprendente que pudiera parecer, a las partes más memorables del pasado hispano. Extraño fenómeno propio de la piel de toro, desconocido en otras latitudes, prestas a honrar los hechos de un pasado “glorioso”.

La figura de Blas de Lezo merece con creces ser evocada. El conocimiento de la biografía de un personaje como aquél hace tiempo que en otros países ya habría dado como fruto múltiples libros y películas (al estilo de “Master and Commander”): marino a los 12 años, participante en múltiples acciones bélicas, herido y mutilado en varias ocasiones, vencedor en casi todos su combates, especialmente destacable su victoria, en una clara posición de desventaja, ante una de las mayores flotas de la historia, etc…

Pero, más allá de su trayectoria personal, el repaso de ésta refleja dos aspectos que, con frecuencia, suelen ser olvidados. En primer término, frente a lo que es común creer –incluso desde un sector de la historiografía “profesional”- el siglo XVIII asiste al fracaso de los sucesivos intentos ingleses por arrebatar la supremacía de España en el mar. Gracias, entre otros, a Blas de Lezo se consiguió retrasar el reloj hasta la hora de Trafalgar. Una centuria, pues, en la que nuestro país va a continuar siendo el señor del océano y, por tanto y, en cierto sentido, el “hegemon” mundial. Ello contrasta con la visión tradicional de una España como potencia de segundo nivel desde la inauguración de la monarquía borbónica.

En segundo lugar, y lo que es aún más significativo, la peripecia vital del marino guipuzcoano traslada al hombre de hoy un momento histórico en el que nuestros compatriotas se movían con comodidad por el mundo. Siempre se ha admirado de los británicos el hecho de que a lo largo del XIX y la primera mitad del XX viajaran de una parte del mundo a otra –normalmente dentro de su extenso y diseminado Imperio- con absoluta naturalidad -la biografía del joven Churchill es un ejemplo tardío de ello. Sin embargo, no debe olvidarse que los españoles fueron los primeros en conseguir esa “naturalidad”, con medios más precarios y durante más tiempo. El hecho de que los “vientos” llevaran a Blas de Lezo, entre otros lugares, a Tolón, Barcelona, Rochefort, Orán, Buenos Aires, Cádiz o Cartagena de Indias –en muchos de los cuales residió períodos más o menos prolongados de tiempo- es fiel exponente de una época en la que el mundo fue nuestro “patio de atrás”. Y, por encima de lo apuntado, da buena muestra de la formidable consecución histórica que fue la aventura española en las Indias. Precisamente, la conmemoración en estas fechas del quinto centenario del descubrimiento del Océano Pacífico por Núñez de Balboa remite a otro hecho histórico de extraordinaria significación (en relación con ello, basta hablar con cualquier marino experimentado para hacerse una idea del indudable mérito que tuvo el descubrimiento, por un español, de la ruta de vuelta desde Cipango a América).

Sin embargo, a pesar de lo señalado y de otras muchas aportaciones hispanas a la historia del mundo, hay que constatar que los españoles tendemos a minusvalorar nuestras consecuciones pretéritas. En las ya de por sí escasas ocasiones en las que se rememoran las mismas el tipismo en la evocación sustituye al análisis y al recuerdo frío y serio. Es muy elocuente al respecto, por citar un ejemplo reciente, la conmemoración de los 200 años de la primera Constitución contemporánea europea -con exclusión de las francesas del período revolucionario. La Pepa por encima de Cádiz, la anécdota por delante del logro, la delgada superficie oculta el profundo fondo. Parece que no terminamos de creernos nuestras realizaciones o gestas –la propia palabra ya sería objeto de sonrisa condescendiente en muchos ámbitos- y, por eso, las “adornamos en menos”. Nos hallamos muy lejos, por tanto, de lo que sucede en Gran Bretaña, Francia o Estados Unidos en donde el rigor y el legítimo orgullo de sus logros pasados colectivos están presentes en cualquier efemérides que se conmemore.

Los españoles tenemos un problema con nuestro pasado, al que la sociedad da la espalda como si no hubiera existido. De ahí que cuando se le recuerdan determinados hechos loables la respuesta sea la incredulidad. Piénsese en lo que supondría para cada uno de nosotros el que no fuéramos conscientes de lo que hicimos ayer o que tuviéramos por completo borrada de la memoria nuestra infancia o nuestra adolescencia. Algo similar nos sucede en el terreno histórico. Guste o no, “nosotros no sólo somos nosotros” –tomando prestada en sentido en cierto modo opuesto la célebre frase maurista-, somos también los que fueron antes y los que serán después.
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