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Chile: ¿ganó la izquierda o la experiencia?

Marcos Marín Amezcua
martes 17 de diciembre de 2013, 21:20h
Un borracho no come fuego, reza el adagio. Los votantes chilenos han ido a la segura alejados de aventuras o de apuestas insondables, sufragando a favor de una opción más certera por conocida, pareciendo que ha ganado una propuesta sin arriesgar mucho, entre la búsqueda de certidumbre ante escenarios mundiales propensos a cambiar vertiginosamente y para mal.

Chile se juega una estabilidad macroeconómica reconocida, que no admite experimentaciones. Michelle Bachelet ha ganado las elecciones presidenciales chilenas y su triunfo merece unas cuantas reflexiones, tratándose de una mujer, una exjefe de estado que regresa al Palacio de la Moneda, de izquierda y con un prestigio medianamente soportado y avalado por su trayectoria. Al menos, así la vemos desde México. Que no están los chilenos para exponerse otra vez y había facturas que cobrar al grupo de Piñera, como para negarle el triunfo a la candidata oficialista.

La Bachelet ha ganado a una contrincante de temer, desde luego, y, claro, sin duda, se alza victoriosa en una necesaria segunda vuelta electoral, al no convencer a la primera, ante la incertidumbre de saber qué vertiente política ganaría la presidencia, en medio de los devaneos que aún causa entre la clase política chilena –reflejo de su sociedad– el saber si se guardan nexos o no con Pinochet y de qué manera. Con sus más y sus menos, desde luego, y lo sucedido remarca que persiste esa división. Con todo, Chile camina por el sendero democrático y gracias a ello exorciza cualesquier fantasmas.

Chile no nos es indiferente. Y es que pese a su enorme lejanía respecto a México –un vuelo a Santiago dura un equivalente en horas a uno efectuado a Madrid– nos conocemos bastante bien o en ello trabajamos arduamente, y la andadura democrática chilena aquí siempre es tema, por varias razones. Al aparente magnífico cartel que México siempre ha tenido en tan lejano país con el que guardamos especial relación y un cariño que estoy cierto, es sincero, Chile es, visto desde México, como un país que ha dado grandes lecciones en el proceso democrático iberoamericano –incluyendo el postular dos mujeres a la presidencia al mismo tiempo– e incluso dadas antes de la elección de Salvador Allende y del consiguiente golpe de 1973 que instauró el gorilato del impresentable Pinochet.

Precisamente, Allende llegó al cargo por esa capacidad democrática rotativa de los chilenos, escasa y admirable en el mundo iberoamericano, después de todo. De Chile nos han llegado del 73 no solo un nutrido exilio que hace a México para los chilenos, un referente obligado –como sucediera en su época con los republicanos españoles– y que hasta su servicio exterior pondera en la calidad y cantidad con el que fluye el trato bilateral; que de Chile también nos han llegado lo mismo un buen vino de mesa y manzanas verdes, que el cuestionable sistema de UDIS, los mal copiados juicios orales, que igual lecciones de democracia plantando cara en plebiscito a sujetos como Pinochet, cosa que sí debimos de aprenderle a los chilenos para no permitir cierta clase de gobernantes de reciente cuyo y decisiones que comprometen irresponsablemente el futuro económico de México.

Me centro en Bachelet. No es solo que repita ejerciendo la más alta magistratura y sea considerada como una mujer de gran calado internacional, que se yergue con un prestigio que la precede y para bien de su propio país, se entiende. Es que también supone experiencia. Que sí, que ya sé sabe que muchos jefes de Estado siempre parecen tener mejor cartel afuera que adentro de sus fronteras. Si no, pregúntele a Gorbachov, a Lula, a Felipe González y hasta al mexicano Peña Nieto, que pese a la grisura y mediocridad de su primer año de gobierno –poseyendo una alarmante impopularidad del 50%, enorme al iniciar un sexenio, anticipando cómo acabará– algunos despistados dicen en el extranjero que Peña es sensacional. Eso sí, en Colombia lo calificaron de llamativo, no de líder ni de pensante. Quizás a la Bachelet le sucede lo mismo y fuera de Chile tal vez goza de mejor popularidad que adentro (claro, no nos gobierna y acaso esa sea la razón).

Su triunfo mirado a la distancia conduce a apuntar que deberá atender pendientes que dejó de su anterior gestión, debiendo demostrar que es diferente a sí misma. Su victoria provoca una alternancia no solo de ida, sino de vuelta, que augura la capacidad de los chilenos para no permitir que se enquisten en el poder público ni los de un bando ni los del otro y eso me parece muy positivo. Y reitero que su condición de mujer iguala el acceso al poder a un grupo tradicionalmente marginado de él en Iberoamérica, donde por activa y por pasiva, en la vida política no es nada frecuente apostar por mujeres para ocupar cargos de alta investidura, pese a que las decisiones públicas nos afectan a todos por igual y no las hacemos partícipes de tomarlas. Y pese a que hoy gobernarán las mujeres a cuatro países de la región: Argentina, Brasil, Chile y Costa Rica. Una lección para el resto, que apremia a seguir ese camino.

Resulta muy valioso que la democracia chilena apostara por dos mujeres al cargo, pues no es que sea un canto de sirenas, es que es un derecho pleno. Era una apuesta audaz y plausible. Bienvenido el ejercicio femenino. Chile refrenda su vocación democrática, igualitaria y equitativa.

Y la pregunta en definitiva queda allí: ¿qué ha ganado en Chile? Visto que se requirió una segunda vuelta; a que ya se conocía a Bachelet para bien y para mal; a que Piñera no las tenía todas consigo y su candidata tampoco y pese a los resquemores que despertaba Bachelet, sacada de la ONU para reforzar a una izquierda tal vez sin liderazgos contundentes y que comprendió muy bien el laberinto en que se hallaba el gobierno de Piñera, el resultado es como una mezcla de factores en que la experiencia ha marcado el rumbo. Lo que parece haber es contundencia relativa y eso ya tendremos ocasión de comprobarlo más temprano que tarde. Que la izquierda regional no se equivoque en su diagnóstico triunfalista valorando lo ocurrido. Quizás no hay mucho qué celebrar.
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