Poncio Pilato y el proceso a Jesús de Nazaret
jueves 26 de diciembre de 2013, 19:33h
El primer siglo de la era cristiana marcó un cambio total en el devenir de la historia y solo acercándose a ella con una mente abierta y libre de prejuicios –las posiciones extremas de vía estrecha, tanto de ateos intransigentes como de católicos recalcitrantes– uno puede llegar a calibrar la importancia que tuvo la crucifixión de Jesús de Nazaret en el universo geopolítico, aquel orbe que tanto ambicionaban los emperadores Augusto, Tiberio y Calígula. Cómo un humilde carpintero rutiló en las tinieblas de arrogancia de aquel mundo antiguo sigue siendo motivo de análisis y de controversia.
El tiempo de Jesús, envuelto en la desastrosa guerra que la comunidad judía mantuvo durante décadas contra Roma, culminó con una situación de ruptura, que provocó en el 70 d.C. la desaparición y ruina definitiva del templo de Jerusalén y el nacimiento del cristianismo. Pero más allá de la emergencia de una nueva fe, el telón de fondo de aquel tiempo convulso lo constituyó el conflictivo enfrentamiento entre dos maneras opuestas de entender el mundo: el ideal religioso del judaísmo y la novedad cultural de aspiración universal conocida como helenismo –nacido del legado de Alejandro Magno–. Con Tiberio, Herodes Antipas, Pilato, Jesús, el revolucionario Judas y el delincuente Barrabás la comunidad judía –formada no solo por judíos, sino por griegos y sirios helenizados– pasó de un “equilibrio” político a otro bien distinto, en el preciso momento en que la comunidad cristiana se separaba y nacía con ella... bajo y contra el amparo de Roma.
Molestaba al Imperio Romano y al Sanedrín, congregaba miles de personas a su alrededor y no reconocía más ley que la del amor: un individuo peligroso para las autoridades, un hombre al que los fariseos le atribuían la vanidosa complacencia del librepensador. El juicio contra Jesús de Nazaret, uno de los episodios históricos más trascendentales de la humanidad, se produjo en un momento extraordinariamente crítico de la dominación de Roma sobre los territorios de Judea y Oriente Medio. No solo por las fuentes históricas y evangélicas, sino por una inscripción descubierta en 1961 en el teatro de Cesarea, se sabe que Poncio Pilato fue praefectus judaeae durante una década, desde el 26 al 36. Pero la raíz de la nueva estructura política de los territorios judíos hay que buscarla unos años antes, cuando el terrible Herodes el Grande, servidor de Augusto, condenó a muerte a tres de sus herederos –Alejandro, Aristóbalo y Herodes Antípatro–, poco antes de morir a los setenta años, y su reino quedó dividido entre Arquelao, Filipo y Antipas, quien heredó el título de rey por ser el primogénito. Herodes Antipas, el gran constructor, fue destituido por Calígula en el 39 y exilado a la Galia, en Lugdunum Convenarum, en los Pirineos centrales. Lugar en el que precisamente acabó sus días Poncio Pilato.
Un prefecto como Poncio Pilato se ocupaba de los temas militares, jurídicos y financieros del territorio; durante las grandes festividades judías, Pilato hacía su entrada en Jerusalén escoltado de forma preventiva y se alojaba en el antiguo palacio real o en la fortaleza Antonia, cerca del templo. Este pequeño destacamento militar estaba constituido por una cohorte permanente en Jerusalén más tropas auxiliares reclutadas en Siria y Palestina que jamás estaban integradas por soldados judíos, exentos del servicio militar del Imperio.
La cuestión palpitante en torno al juicio de Jesús de Nazaret gira en torno a su acción –o a su “indiferencia”–: el Sanedrín o Consejo era el órgano regulador de la justicia, según la ley judía, que se organizaba en tribunales locales. Los historiadores aún no se ponen de acuerdo. ¿Fue Poncio Pilato –a través del poder que le confería el César Tiberio, según el evangelista Juan (19, 31)– quien dictó sentencia de muerte contra el alborotador e incitador, el sereno hijo del carpintero? Era obligatorio para los judíos rezar por el emperador romano; ¿qué reacción cabía por parte del gobernador ante un hombre que se proclamaba el hijo de Dios, un dios que no era Tiberio? Jesús respondió ante las preguntas del Sanedrín y del propio Pilato con agudeza, indicio de su carisma y liderazgo, lo que de nuevo lo situaba en la lista negra de hombres peligrosos –más que Barrabás, al que sin duda no hubiese dejado libre si hubiese supuesto un riesgo mayor que el de liberar a Jesús–. Pilato, previendo más revueltas, confundió al de Nazaret con un hombre esencialmente político y la aversión a los judíos se impuso sobre el sentido común que le decía que aquel hombre azotado y escarnecido era un visionario, un inocente. Eclipsadas las voces de sus seguidores por los jaleadores pagados por Caifás y el Sanedrín, Jesús fue condenado a muerte.
El poder de decisión era absoluto, bajo capa de respeto a las creencias ancestrales de los judíos. Si Poncio Pilato –como el resto de procuradores– nombró y depuso en varias ocasiones a los sumos sacerdotes del Sanedrín –lo que ocurrió hasta en ocho ocasiones entre los años 6 y 41, ¿el gesto de lavarse las manos que ejecutó el prefecto no oculta una decisión tomada de antemano? Jesús, que vio en sus ojos el espanto de la muerte, estaba ya condenado a la pena capital cuando fue detenido y ya en el juicio y ambos –acusado y gobernador– sabían el desenlace. Pilato, provocador nato –según los historiadores Flavio Josefo y Filón de Alejandría–, tenía por costumbre entrar insolente en Jerusalén con las enseñas al descubierto y haciendo ostentación de la efigie y los estandartes imperiales, cuando los judíos no toleraban por cuestiones de fe ninguna imagen por parte de la administración romana. Ni siquiera las monedas de cobre acuñadas en los territorios palestinos llevaban grabado el rostro de Tiberio. El retrato que hace de él Filón en Legatio ad Gaium, 302, no deja lugar a dudas acerca de la falta de escrúpulos del personaje al atribuirle todo tipo de “malversaciones, violencias, rapiñas, brutalidades, torturas, ejecuciones sin juicio previo, crueldad espantosa e inacabable”.
Pilato, según cuenta Lucas (13, 1), se hizo tan odiado entre el pueblo judío –tras reprimir con extrema dureza a los samaritanos en el monte Garizim y crucificarlos a todos–, que el legado de Siria Vitelio lo envió a Roma en el 36 para rendir cuentas de su conducta al emperador. Calígula lo desterró a las Galias y dos años más tarde se suicidó con veneno en el campamento militar donde su tumba fue hallada. Mientras, el mensaje de Jesús de Nazaret se extendía por todo el orbe.