Universidades chilenas y españolas
lunes 20 de enero de 2014, 20:15h
Este jueves 23 y viernes 24 de enero se celebrará en Madrid la I Cumbre de Rectores de Universidades de Chile y España, en lo que constituye una gran oportunidad para acercar a ambos países en instituciones que son cruciales por distintos aspectos. El desarrollo económico y el progreso social de las naciones pasan en parte importante por la universidad, porque a ella está reservada la valiosa tarea de transmitir y acrecentar el conocimiento, de completar la formación de alto nivel de sus ciudadanos, de permitir la consolidación de la vocación profesional de muchas personas.
Es clásica esa fórmula que planteó hace ya décadas Ortega y Gasset en Misión de la Universidad, cuando señalaba los tres fines principales que la definen: la docencia, la investigación y la transmisión de la cultura. A comienzos del siglo XXI podemos decir que esos ideales siguen vivos, aunque se puede complementar con otros aspectos que han devenido importantes con el paso del tiempo, como la movilidad social, el fomento de las relaciones internacionales o la conservación del patrimonio de los pueblos, entre otros.
Por eso resulta necesario volver a pensar la Universidad como institución, así como realizar acciones prácticas que permitan su mejor desarrollo y el aporte a sus respectivos pueblos. Acercar y buscar acuerdos y proyectos comunes entre las instituciones de educación superior españolas y chilenas tiene un sentido profundo y contienen un enorme potencial hacia el futuro.
En primer lugar, esto es así por un hecho de la causa, cual es la internacionalización de la educación. No se puede entender la enseñanza universitaria de manera autárquica, sino que debe tener una clara dimensión de apertura. Es un hecho desde hace décadas que los estudiantes y profesores procuran realizar estudios de posgrado, así como realizar investigación o grupos de trabajo que incluyen personas de diversos países.
En segundo término, es necesario proyectar la educación superior en español, como una gran área de trabajo común. Sabemos que hay 500 millones de personas que hablan este idioma en el mundo, pero eso no se refleja necesariamente en la importancia de la lengua de Cervantes en la diplomacia, los negocios o la investigación científica. Por razones culturales e históricas es muy habitual que los países latinoamericanos miren a España, pero también es posible presentar hoy la vía inversa, y que los académicos y estudiantes españoles se dirijan a Chile con interés.
Todo esto, obviamente, requiere un salto de calidad, tanto en las publicaciones como en los programas de posgrado de los países de habla hispana, para mejorar su incidencia en el concierto internacional. En el caso chileno y español, se puede proyectar un beneficio recíproco si se hacen bien las cosas.
Chile tiene hoy el sistema educacional que cuenta con las mejores universidades en América Latina, junto con Brasil, si utilizamos los rankings internacionales que incluyen diversos indicadores y que ordenan las instituciones de acuerdo a su calidad. Por ejemplo, en el Ranking QS de universidades latinoamericanas se puede observar el resultado para el 2013, que ilustra que entre las cinco primeras universidades se ubican dos chilenas (la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Universidad de Chile), dos brasileñas (la Universidad de Sao Paulo y la Estadual de Campiñas) y una colombiana (Universidad de Los Andes). Si miramos las quince mejores hay seis instituciones brasileños y Chile añade otras dos: la Universidad de Santiago de Chile y la Universidad de Concepción.
España, por su parte, tiene una tradición reconocida en el ámbito universitario. La Universidad de Salamanca cumplirá en cuatro años más ¡ocho siglos de vida! Cada año el Paraninfo de la Universidad de Alcalá recibe al ganador del Premio Cervantes, el “Premio Nobel en español”, como se le conoce a esta prestigiosa fiesta de la literatura. Otras tantas instituciones se ubican entre las 500 mejores universidades del mundo de acuerdo al ranking Shanghái, entre las que podemos mencionar a la de Barcelona, la Autónoma de Madrid, la Completense, la de Valencia y la Autónoma de Barcelona como las mejor ubicadas. Si se analiza por área de conocimiento –ejercicio de debemos hacer– muchas se encuentran incluso mejor ubicadas, entre las cincuenta o cien mejores.
Es evidente que nada de esto debe llevar a una peligrosa y absurda autocomplacencia. Cualquier análisis serio del tema demuestra que las mejores universidades del mundo en este momento, son las norteamericanas y las británicas. Prácticamente en cualquier buen indicador que se utilice hoy internacionalmente aparecen como las mejor ubicadas, y casi todas ellas se repiten entre las 10 primeras: Harvard, Stanford, California Berkeley, MIT, California Institute of Technology, Princeton, Columbia y Chicago en los Estados Unidos, las universidades de Oxford y Cambridge en Reino Unido (utilizo el ranking Shangai 2013 en esta ocasión). Después aparecen instituciones de Canadá, Alemania, Japón o Israel, para mencionar algunas que están en el “top 100” mundial.
Dentro de las 500 mejores universidades hay muy pocas universidades iberoamericanas, frente a otros países y regiones que han alcanzado un desarrollo impresionante en pocas décadas, en parte debido a que esas sociedades han puesto a las universidades y la generación de conocimiento como factores centrales de su propio desarrollo. Pensemos en Hong Kong, Corea del Sur, Japón, Taiwan o China, por mencionar casos emblemáticos.
Sin embargo, tampoco se puede caer en un pesimismo que suele acompañar a las autocríticas más feroces y menos propositivas. El crecimiento de las instituciones, la cantidad y calidad de los posgraduados de ambos países, entre otros factores demuestran que se han producido avances importantes.
Las universidades hacen un gran bien social y tienen enormes desafíos que deben ser asumidos con sentido de Estado, vocación de servicio y clara conciencia sobre la trascendencia de la institución universitaria. Por ello los países iberoamericanos, y muy especialmente España y Chile, deben proponerse metas realistas aunque ambiciosas para los próximos años. Entre ellas resulta clave un mejoramiento gradual en su calidad y en su impacto (medible en los rankings, por ejemplo), así como la decisión sin vuelta atrás de priorizar la educación como motor de desarrollo.
Contar con mejores universidades y asegurar el acceso a ellas para aquellos que tengan los méritos académicos es un deber de justicia y la mejor manera de aprovechar los talentos de las personas, en beneficio de toda la sociedad. Esto no se da solo: requiere de un Estado activo y una sociedad comprometida, una adecuada institucionalidad, cuantiosos recursos (y buen uso de ellos), trabajo constante y articulación de los distintos actores involucrados en la enseñanza superior.
Y, por supuesto, requiere el compromiso de profesores y estudiantes, que son el corazón de la universidad desde su creación y el fundamento para su progreso hacia el futuro.